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MUJERES Y TRADICIÓN - LAS MUJERES EN EL AMBITO PUBLICO

 

 

Fecha: 16-02-2000

Escrito de la Asamblea para la Gaceta Municipal de Vitoria-Gasteiz (Arabako Emakumeen Asanblada - Asamblea Mujeres Alava)

 

 

Cultura y tradiciones constituyen un patrimonio colectivo que nos sirve para identificarnos como integrantes de un grupo social o humano. Aunque el mundo es cada vez más global y cada vez nos es más fácil conocer distintas culturas, todavía nos extrañamos por costumbres de otros pueblos o grupos y, en similar manera, nos reconocemos en las nuestras. Y ese juego de extrañarse / reconocerse no pocas veces está cargado de juicios (o más exactamente, prejuicios) y valoraciones que tienden a validar lo nuestro y a denostar lo extraño y ajeno.

Las tradiciones y las costumbres, en la medida en que responden a una forma de relacionarse y entender la vida en sus distintas facetas, no son estáticas, cambian. Aún más, existen numerosas tradiciones que desde nuestra sensibilidad actual criticamos y tratamos de erradicar o cambiar por distintos motivos: porque humillan o denigran a personas o colectivos, porque son crueles con humanos o con animales, porque fomentan situaciones injustas o discriminatorias, etc.

La clitoridectomía es una costumbre que consiste en la mutilación genital femenina. Aún se práctica en 26 países a pesar de los esfuerzos que vienen realizandose desde distintas instancias para su erradicación. En la India existe una tradición llamada 'sati' según la cuál cuando un hombre muere, la viuda, de forma voluntaria o forzada, es quemada viva en la pira funeraria de su marido. Son, sin duda, ejemplos extremos que nos horrorizan, pero que es probable que que en el lugar donde se practican sean vistas con toda "normalidad".

Parece que en esta materia, cuando nos situamos frente a tradiciones externas no nos cuesta discernir sobre lo correcto o incorrecto de esas tradiciones, a veces incluso con excesiva ligereza o con pocos datos, mientras que cuando nos adentramos a juzgar nuestras propias costumbres somos bastante menos críticas/os. Por eso nos extraña que en Arabia Saudí a las mujeres se les prohiba obtener el carnet de conducir o estudiar carreras de ingeniería. Nos parece injusto que en muchos países de tradición musulmana a las mujeres no les esté permitido ser juezas y, sin embargo nos parece normal que las mujeres en la Iglesia Católica oficial no puedan ser curas, obispas o papisas. Es injusto, decimos, que en muchos países islámicos la herencia de las mujeres sea la mitad de la de sus hermanos, pero no nos llama la atención que en el reino de España la Constitución de preferencia en la línea sucesoria a la Corona a los herederos hombres sobre sus hermanas. Protestamos vigorosamente por prácticas machistas en mundos lejanos y nos resulta natural por ejemplo que los portavoces de partidos y sindicatos aquí sean prácticamente solo hombres.

En definitiva, tiene su cierta lógica que no nos llame la atención una situación de discriminación cuando forma parte de nuestro entorno cotidiano ya que siempre la hemos visto así. Lo que es más difícilmente justificable es que, una vez alertada la sociedad o el grupo que practica esa costumbre sobre la injusticia o el carácter discriminatorio que subyace bajo la misma, surjan sectores sociales empeñados en mantener la situación. Pero esto sucede. Y sucede habitualmente cuando mujeres y otros sectores progresistas tratan de superar la discriminación.

Ha sido el caso de las mujeres que querían participar de las fiestas de Hondarribia e Irun en las mismas condiciones que los hombres, desfilando en los alardes y que han tenido que soportar la descalificación e incluso las agresiones de una parte de la ciudadanía de sus pueblos. Es también el caso de las mujeres de la Albufera de Valencia, lugar en el que el derecho a pescar se hereda de padres a hijos solo varones y que han tenido que defender su derecho a pescar, en igualdad de condiciones a los hombres contra la incomprensión y las acusaciones de mucha gente, hombres y también mujeres.

Una premisa aparentemente tan incuestionable como la no discriminación por razones de sexo, se vuelve polémica, enardece los ánimos y acaba en violencia física y psíquica contra las mujeres que pretenden superar la situación y contra los hombres que las apoyan. Los tribunales, como no podía ser de otra forma, han dado la razón a las mujeres de Hondarribia, Irún y La Albufera, pero aún así, sectores recalcitrantes de sus respectivas sociedades, apoyados tristemente por cargos públicos de partidos políticos que dicen estar por la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres, siguen vejando y agrediendo a las mujeres que pretenden llevar a la práctica sus derechos.

El próximo día 7 de marzo, a las 19:30 de la tarde en el Palacio Villa Suso mujeres de La Albufera, de Irún y de Hondarribia nos contarán su experiencia y la situación actual de estos conflictos que vienen desde el año 1995 y 1997 respectivamente.

ARABAKO EMAKUMEEN ASANBLADA

ASAMBLEA DE MUJERES DE ALAVA

 

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