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Una metáfora

 

 

Mertxe Tranche
Opinión en la radio libre "Alabedi" de Gasteiz.
Mayo 2002.

 

El pasado sábado "El país" publicaba en su contraportada la historia de Esther Chumillas, una chica de dieciocho años que padece una rara enfermedad, agnosia visual. La enfermedad consiste en que Esther ve, pero la información que llega a su cerebro no le permite interpretar o reconocer lo que ve. Puede leer y escribir, pero no sabe por qué calle va ni puede reconocer a su padre, por ejemplo.
Es una de esas cosas que cuesta comprender, te pasas el rato diciéndote ¿cómo será eso de no reconocer lo que ves, no saber que eso es un coche, esto un dedo, aquello una casa y sin embargo verlo? Y en esto se me fue el sábado por la tarde.
Sin embargo, pienso, no es tan raro, en realidad nos pasa continuamente; de hecho, sigo pensando, es una buena metáfora para describirnos a muchos de nosotros, quizá a la sociedad entera.
Por ejemplo, vemos a Chirac y su aplastante triunfo y no vemos en ello una desgracia; vemos a Aznar con sus Leyes de partidos o de calidad y no reconocemos a un fascista; los israelíes ven el sufrimiento de los palestinos y no se reconocen a sí mismos hace algunos años; miramos el caso de Nevenka Fernández y sólo vemos un fiscal destituido por torpe y sincero pero ya no reconocemos al acosador alcalde de Ponferrada. Claro que quizá todos estos casos sean en realidad agnosia visual inducida, fruto de la labor de los medios de comunicación, como en el caso de Esther es fruto de una meningitis.
Un caso sorprendente de agnosia visual, en este caso selectiva, es el recién asesinado líder ultraderechista holandés. Un homosexual racista con los musulmanes por que ellos son intolerantes con la homosexualidad. Igual que Esther Chumillas sabe que eso que se mueve es un coche sólo por que lleva matricula, este hombre sabía a quién despreciar por que creía que le despreciaban, pero no reconocía el desprecio por sí mismo ni a las personas por sí mismas.
Si pienso en mi pueblo, en Irun, me doy cuenta de que quizá estamos ante una epidemia de una variante mutante de la enfermedad: la agnosia visual voluntaria. Se trata de que a uno en realidad no le pasa nada físico en el cerebro, puede ver y podría interpretar lo que ve, pero decide no hacerlo. Decide que lo que tiene delante no es discriminación - aunque no se pueda entrar en el Alarde sólo por razón de sexo-, sino tradición; decide que las mujeres que luchan por sus derechos no son del pueblo - aunque las conozca de toda la vida-, sino lesbianas resentidas hacheberas de Renteria; decide que los defensores del Alarde mixto no son un grupo heterogéneo de progresistas, sino una mafia rosa digna de figurar en pasquines; decide que aunque el acto que realizarán el próximo 30 de junio en casi nada se parece al Alarde de siempre, ES el Alarde de siempre y así sucesivamente.
Esta mañana he hablado con mi madre de todo esto, podéis creer que me preocupa. Le he expuesto cuidadosamente mi metáfora, mi hipótesis, de la que llevo buscando casos todo el fin de semana. Me ha dicho: "Hija, mira que eres rara de ponerte a darle vueltas a eso como si hubieras descubierto la pólvora. Si ya lo dice el refrán: "No hay peor ciego que el que no quiere ver."

 

 

 


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