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Mertxe Tranche
Opinión en la radio libre "Alabedi" de Gasteiz.
Junio 2002.
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Las veré levantarse muy temprano, antes del amanecer. Tomarán
un tranquilizante con el desayuno y plancharán despacio la ropa
que lleva días colgada de una puerta. La ropa que se guarda en
una bolsa en el armario de los trastos, la ropa que es el símbolo
de una lucha, la ropa que está prohibido llevar.
Algunas llevan la misma camisa de hace seis años, la chaqueta de
un hermano que murió, los pantalones de una amiga. Fetiches, pequeños
amuletos para espantar premoniciones. Se visten deprisa, no quieren pensar
demasiado en lo que están haciendo.
Luego, cogen una escopeta de mentiras, hecha hace cinco años en
los montes, a escondidas, con un trozo de madera y unos tubos de fontanería.
Hicieron cientos, pero quedan ya pocas, porque en los tumultos, en los
golpes de la Hertzaina, en las carreras ante los beltzas se rompen o se
pierden. No importa: cada vez viene menos gente a ayudarles y no hacen
falta tantas escopetas. Tampoco pensarán mucho en esto: sería
terrible sumar la soledad al miedo.
Saldrán a la calle para llegar al punto de reunión: una
casa para esperar al momento indicado, un rincón en una calle poco
transitada o algún bar de la zona propia de esta ciudad partida
en dos.
La espera se pasa mejor en compañía, siempre hay alguien
animoso que finge mejor y convence a todos de que aquello es una fiesta,
que nada va a pasar. Fuera, la musica, los disparos, el ajetreo de ocho
mil hombres reunidos van subiendo el volumen. Suena un móvil: hay
que salir ya. Bajan corriendo, alcanzan la calle, hay un momento de alegría:
otra columna se une al pasar por una bocacalle y juntos, chocan contra
la ignorancia; retroceden y chocan otra vez, ahora contra la violencia
organizada. Retroceden, dan un rodeo, avanzan y chocan contra la represión.
Casi no quedan fuerzas, pero avanzan otra vez y chocan, choca, choca hasta
que ya no hay con quien chocar, hasta que hay mujeres detenidas, mujeres
heridas, mujeres llorando.
Siempre ha sido así, recuerdan, conseguir el voto significó
muertes y sesenta años sacrificados a la burocracia, que mata tanto
como las balas. Todo lo que las mujeres tienen, lo que todos tenemos,
se ha arrebatado sufriendo y olvidarlo es perderlo, perdernos. Y esta
idea, lejos de entristecerlas, les da esperanzas, alegría: esto
también se logrará, costará más o menos, pero
se logrará y todos seremos algo más libres.
Ha pasado el día, todo el mundo está vivo, es una victoria.
Algunas siguen vestidas, otras han tratado de borrar con una ducha y un
cambio de ropa las cicatrices de la jornada, pero el sabor a tierra en
la garganta sigue ahí, porque aún habrá muchos días
como éste en sus vidas. Mas treintas de junio para sufrir, mas
treintas para hacer frente al miedo, mas treintas para sentir vergüenza
de este pueblo que es el suyo, más treintas para saber que aunque
luchan por todas y todos, nosotros les dejamos solas. Para el próximo
treinta faltan sólo veintiseis días. Ellas no faltarán
a la cita: domingo 30 de junio a las 8 de la mañana en Irun. No
faltemos los demás.
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