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Carta a Amaia Lorea, que se nos fue el 11 de octubre de 2003, leída en el acto de recuerdo celebrado en Irun el 19 de octubre de 2003 |
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Mertxe Tranche Por las noches te escribo y te lloro. Te recuerdo. El tiempo se llevará mi necesidad de ti seguramente, a todo nos acostumbramos; pero, igual que en otras cosas, también en esta prometo resistirme. Ahora, casi estás aún aquí, parece que pudiéramos tocarte con tan solo estirarnos un poco. Pero no podemos. Por las noches, cuando te escribo, cuando el trajín de los días deja un espacio en el que notar tu falta, sobre todo me pregunto quién eras, qué era exactamente eso que te hacía tan especial, eso que ha hecho que tantas personas hayan sentido sincera y profundamente tu muerte. Aquí los tienes, Amaia, y son solo una parte. Quizá ahora me creas por fin cuando te hable de cuánto te quiere tanta gente. Pero no es fácil encontrar la respuesta; empiezo por hablarme de tu coherencia, de tus luchas, de esa valentía tuya que sólo la enfermedad supo poner a prueba. Me cuento tu curriculum: te veo encima de una bobina en la Babcock Wilcox con 20 años, hablando a tus compañeros de los derechos de las mujeres y te veo en el Alarde de este año, no sólo saltando al son de la música, incapaz de percibir tu propia importancia y, por tanto, sin entender porque te tocábamos la diana a ti, si, a ti, como no dejabas de repetir incrédula, sino también luchando junto a tus compañeras de BAE por entrar en una compañía tradicional el día de San Pedro. En los 28 años que separan estas imágenes, no ha habido un sólo conflicto moral, social o político en nuestro pueblo en el que no te hayas posicionado y siempre con entera libertad y valentía. Con entera coherencia. Muchas personas que hoy están aquí te han conocido negociando el convenio de la Kutxa, defendiendo la Escuela Pública Vasca, la participación de las mujeres en el Alarde u otros derechos fundamentales. Porque Amaia, no te recluías - como hacemos tantos - en tu grupo de amigos, donde podías brillar por tus opiniones. Tu actuabas, el pensamiento te llevaba a la acción y creías que todo, la sociedad especialmente, podía mejorar y en eso ponías tu empeño. En estos tiempos, esa es una hermosa fe, quizá la más difícil de mantener. Las palabras han perdido fuerza, Amaia, lamento decírtelo, a ti, que las amabas. Quizá por eso mucha gente no entienda lo que quiero decir si digo que para mí eras una ciudadana. Tu comportamiento cívico, tu compromiso, tu confianza en la acción y en la conversación hacen de ti un ejemplo. Al menos lo eres para mí. Pero todo esto, Amaia, con ser excepcional, casi único en nuestra sociedad, es en tu caso como no decir nada. Todo esto, me digo, ni siquiera le roza. Habla de ella, de uno de los aspectos más importantes de su vida, es cierto. Pero hay otra gente así, implicada, comprometida, que no deja el poso que tu has dejado. Y es de eso de lo que me gustaría hablar, de tu poso. Quisiera poder coger entre mis manos, con mucha suavidad, esas partes de ti que han hecho que nuestros corazones tiemblen, en la seguridad de que al mirarlas estaría mirándote realmente a ti. Pero se me escapan entre los dedos, como te has escapado tú. Creo que son demasiadas. Pasa una imagen. Te veo riéndote de mí, con tu humor cáustico e inteligente. Pienso: aquí hay algo. Esto era. Te oigo decir: "algo se nos ocurrirá"; en los peores momentos, cuando perdida ya la fe nos sentíamos disminuidas y derrotadas, allí estaba tu confianza en las demás. Pienso: esto era. Te veo con Lur, diciendo palabras dulces y pienso: esto era. Te veo dando importancia, empaque, respeto a cada persona que tenías enfrente y me digo, sí, sin duda, eso era. Te imagino educando a Oihana en la libertad y la responsabilidad, dándole todo el cariño de que eras capaz, y no hay duda, era también eso. Veo tu relación con Tere, de tantos años, y recuerdo tu agradecimiento por su calor y compañía y, cómo no verlo, desde luego era eso. También te imagino con Miren y Jon, con Ane, con Maricarmen, con Marisol, con Marivi, con Gotzone, con Mariajesus, con Maitetxu y con tantas y tantos mas, abriendo tu corazón y tu casa, ofreciéndote siempre entera y generosa a tus amigas entre las que creo haber tenido el privilegio de encontrarme siquiera tardíamente y salta la evidencia: era eso. Y así, Amaia, tengo que aceptar que, en realidad, era la justa alquimia de todas esas cosas lo que te hacía querida a nuestros corazones; lo que ha hecho que al marcharte todos hayamos sentido que te llevabas algo de nosotras, de nosotros. Pero ¿Y todo lo que nos has dado a cambio? Podría hablar de la enorme cantidad de cosas que he recibido de ti; pero no lo haré ¿para qué? Eso queda entre tu y yo, arquitecta. Me basta con saber que todos los que hoy están aquí te deben algo; han venido a saldar o reconocer una deuda. Y si nos miramos bien dentro, no tendremos más remedio que admitir que es una deuda de amor. Y, ahora sí, por fin lo he encontrado, eso era: el amor. El respeto, la escucha, el aprecio, la atención, la generosidad: ¿que otra cosa es eso sino amor? Tu lo ponías allí donde estuvieras y se ha quedado en nosotros. Eso si que es una herencia, eso si que es un señor poso, arquitecta. Siempre eras la primera en irte, de las fiestas, de las reuniones; nunca lo comprendimos. Te insistíamos para que te quedaras porque tu presencia nos tranquilizaba y, de algún modo, teníamos necesidad de ti. Ahora comprendo que quizá nos estabas acostumbrando a tu ausencia. "Harta de veros" nos decías al despedirte; pero eso no me consolaba ni lo hace ahora. Sin embargo, Amaia, al recordarlo, no puedo evitar sonreír. Y mi sonrisa te canta, mi sonrisa baila contigo, mi sonrisa te acompaña y me acompaña. Abre caminos, remansa fuentes, surca ríos y te alcanza. Ahora ya no hay soledad. Mi sonrisa es tu regalo.
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