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Otra interpretación del Alarde

 

Teresa del Valle
Catedrática de Antropología Social

- Egin, 10 de julio de 1996

La lluvia de aportaciones al debate suscitado por Bidasoaldeko Emakumeak ha puesto de manifiesto varias cosas: que el tema en sí traspasa el ámbito local por tratarse de reivindicaciones a ejercer un derecho; que mientras que el debate feminista – a juzgar por la cantidad de opiniones que he leído y oído en los contextos más diversos – ha calado en sectores amplios de la población, no ocurre lo mismo con su práctica; que las mujeres somos un colectivo muy variado en el que puede haber posicionamientos dispares sobre un mismo tema y, finalmente, que los cambios son costosos y minoritarios. Saber captar la riqueza de un cambio a través de una acción impopular es marginal y subversivo.

Se han lanzado varias interpretaciones en un intento de explicar la oposición desmedida a la decisión de participar de una forma nueva en la fiesta. Todas ellas aportan a la comprensión del fenómeno, ya que la complejidad de todo lo vivido desde que comenzó la polémica hasta su clímax el día 30 de junio, representan muchos ángulos que van desde lo observable, cuantificable, hasta la densidad de los significados y los símbolos. En esta línea incorporo otra interpretación que tiene que ver con lo que representa el Alarde y la reacción a admitir que las mujeres participen de una forma distinta que las cantineras.

El Alarde por su propia génesis y desarrollo, su estética se presenta como un todo organizado. Sus movimientos responden a una organización estructurada y jerárquica. El paso marcial, las descargas al unísono, las enseñas que tienen en lo militar su referencia ofrecen un festejo compacto. Se pasa revista, se dan y acatan órdenes; se juega a militares victoriosos.

Tal como lo percibo y como lo presentan los y las de Irun es una acción en la que se ritualiza el orden más que la batalla, el acatamiento más que la disidencia. De ahí que en los momentos álgidos del debate, cuando se esgrimían argumentos contrarios a incorporar los cambios que propugnaban las mujeres de Bidasoaldeko Emakumeak, se haya mencionado que eso lo transformaría en un carnaval, recalcando con fuerza la contraposición alarde-carnaval. Asumo que era porque el carnaval ritualiza precisamente todo lo contrario: la inversión, la descontextualización, el desmadre. No he hecho un estudio exhaustivo de todos los alardes pero es fácil que sea sólo Tolosa la ciudad con capacidad de aunar los opuestos: el Alarde y el Carnaval, un tema de gran interés para un futuro estudio.

El Alarde de Irun, tal como se ha venido viviendo y en la expresión de su población en los momentos del debate y la confrontación, se ha erigido en una festividad que resume la identidad local como apuntó en su momento Margaret Bullen. Es un caso que se repite con frecuencia en otros lugares Sin embargo, no todas las localidades que tienen una fiesta como referencia principal interpretan como una agresión a su identidad el introducir cambios. De ahí que no podamos establecer relaciones de causa-efecto en este caso. Es por ello que busco en la situación actual de Irun algunas claves interpretativas.

Si tomamos los últimos quince años vemos que muchas poblaciones de Euskadi han experimentado cambios asombrosos como resultado de la incorporación del Estado español a la Unión Europea. El efecto directo de la reconversión industrial ha tenido su efecto salvaje principalmente en Bizkaia: Bilbo y márgenes de la ría para constatarlo sin tener que acudir a cifras del INEM. Los cambios resultantes de la reconversión industrial se han aireado, la gente ha luchado contra ello en la calle; el puente de Deusto fue el espacio de la última contestación fuerte a la reconversión. Se ha terminado una época como hemos visto con la desaparición del horno «María Angeles» de Altos Hornos pero ha sido público el rechazo y la resistencia. Sin embargo, no descubro que en dichos momentos de cambio se hiciera un trasvase de la resistencia a la fijación de festividades locales. Es más, si algo ha ido cambiando ha sido la Aste Nagusia de Bilbo que desde la década de los 70 se ha ido presentando como acción festiva alternativa, en una reinterpretación popular del elitismo de las festividades anteriores. Al tiempo que mantiene aspectos anteriores, incorpora nuevos, crea un concepto de espacio festivo. La Aste Nagusia es una muestra de presencias distintas de una identidad local pluriforme más que unitaria. A un nivel más amplio se está dando toda una reestructuración de símbolos: el paso de una imagen industrial a una de servicios.

Por el contrario, Irun ha sido el símbolo silencioso del cambio europeo. En su historia se ha vivido la permeabilidad de la frontera, la contraposición frontera-muga, el auge económico y desde unos años el declive. Datos que aparecen en los periódicos hablan de la incidencia que los cambios han tenido en la economía, el trabajo. La desaparición de la aduana ha supuesto un cambio brutal que no solamente ha afectado a la economía sino a la estructura social y a los sistemas de prestigio. Los índices de paro son altos. Todos estos cambios inciden en la identidad de una población que tiene que buscar nuevos ejes y crear una imagen acorde con los cambios, sean éstos queridos o no. Lo mismo que Bilbo y la Margen Izquierda se ven abocados al paso de una identidad industrial a una de servicios, Irun tiene necesidad de establecer su identidad no solamente respecto a Hegoalde sino también a Iparralde. Lo interesante de todo esto es que en Irun, a juzgar por lo que expresa una parte importante de su población, la fiesta anual del Alarde ha continuado como una referencia cargada de simbolismo y significados a la que aparentemente no le ha afectado ninguno de los cambios que han conmocionado a su población. El Alarde en este sentido adquiere una importancia primordial como anclaje en el tiempo y de cara al futuro inestable. Y es así como puede interpretarse el cierre frontal a cualquier cambio y, especialmente, a aquel que incide más directamente en su propia configuración: la incorporación de las mujeres como soldados al desfile.

En muchos de los artículos y debates sobre el Alarde hemos podido leer y oír interpretaciones acerca de por qué la propuesta de Bidasoaldeko Emakumeak arremetía con la estructura social que segrega a la mujer en lo cotidiano mientras la ensalza en otro momento, en el caso de Irun a través de la importancia atribuida a las cantineras y a la cantinera como símbolo de la mujer. Sin embargo me resulta difícil de entender la irracionalidad con la que ha actuado la mayoría. Porque no creo que la gente de Irun sea tan distinta del resto de los que habitamos en Euskadi y más cuando constato una sorpresa bastante generalizada ante lo acaecido en las últimas semanas. De ahí que mi interés va en buscar otras interpretaciones que puedan darnos una fotografía más amplia del fenómeno.

Por eso planteo que la adhesión estática al Alarde como ritualización del orden, la concordia o el poder sea para la población de Irun una referencia tan fuerte, tan sólida que canalice de forma simbólica la resistencia a otros cambios que han ocurrido de manera más o menos silenciosa. Y al mismo tiempo, que exprese la necesidad de controlar la identidad colectiva frente a la reestructuración que están viviendo y a la inestabilidad aguda que la desaparición de la frontera haya podido suponer en su medio. Que al constatar y sufrir la realidad de los cambios más amplios, se agarren como a una tabla de salvación a una identidad ligada a una fijación del pasado en su versión de tradición, costumbre, ritual sin pensar que ni la identidad es fija ni la fiesta estática. Frente al problema planteado por la reivindicación de Bidasoaldeko Emakumeak me parece que el reto actual está en saber distinguir con una visión amplia, los distintos niveles y áreas donde se están dando los cambios en la sociedad de Irun y examinar a su vez la naturaleza de las resistencias. Lo mismo que se ha argumentado ampliamente acerca de la flexibilidad de la tradición, igualmente puede decirse en relación a la plasticidad de la identidad, tanto a nivel individual como grupal: que ésta no desaparece sino que se enriquece con interpretaciones nuevas de derechos hasta marginados.

 

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