Dime de qué alardeasXabier Kerexeta ErroHistoriadorE-mail: zorrotz@terra.es |
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Indice
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PRESENTACIÓN Dime de qué alardeas y te diré de qué careces. Lo oí por primera vez en el colegio Ubani, oficialmente conocido como Santo Ángel de la Guarda. Sería el año 72 ó 73. Yo pregunté qué significaba alardear, y la señorita Elena respondió que hacer alarde, presumir de algo. Todavía entendí menos. Presumir era una cosa muy fea, y hacer alarde para un niño de Irun podía tener cualquier connotación menos negativa. Al fin y al cabo, alarde sólo se hacía una vez al año, y no se hacía alarde de nada, sino que se hacía el Alarde. ¿Alarde del Alarde? Tardé algunos años en entender el verdadero significado de la enigmática frase. Tardé unos cuantos más en darme cuenta de que el Alarde, independientemente de su nombre, respondía a la definición de la señorita Elena, era un acto de autoafirmación colectiva, en el que una comunidad mostraba lo mejor de sí misma. O lo que creía que era lo mejor de sí misma. Tardé unos años más en comenzar a hacer crítica y por tanto autocrítica, como miembro de la colectividad y del Alarde. Cada año se me presentaba con mayor claridad un ritual con numerosas carencias. Cuando compañeros antimilitaristas del KEM nos preguntaban a los bidasoarras por qué participábamos en un desfile militar que rememoraba una victoria, yo les respondía que el origen teórico no tenía nada que ver con la realidad actual, ya que la inmensa mayoría de los participantes no celebraba una victoria de sus antepasados simple y llanamente porque sus antepasados ni habían residido ni habrían podido residir en Irun en época foral. El aspecto militar del desfile es indudable,[i] pero la verdadera militarización -jerarquización, sexismo, amiguismo, clasismo, falta de democracia interna, oscurantismo, "endogamia"- no era evidente para los de fuera. El componente “armado” de escopetas para salvas de honor, las más de ellas inútiles, era el menos militarizado del Alarde, por ser el más popular, espontáneo y abierto a todo el mundo... masculino. Les decía que era mucho más sexista que militarista; pero me refería a la figura de la cantinera, proyección del poder masculino de algunos grupúsculos, y prototipo femenino más que discutible en una sociedad supuestamente igualitaria. Yo no estaba dispuesto a desvincularme de algo muy criticable, pero que sentía muy mío, y menos a dejarlo única y exclusivamente en manos de quienes ya entonces temía querían convertir el Alarde en una especie de coto privado. Tampoco es que pretendiera “luchar desde dentro” ni nada parecido. Simplemente mi presencia en una compañía de caseros y obreros, en la que llevar galones no era un privilegio sino una responsabilidad poco apetecida y que yo no tenía, en cuya elección de cantineras no participaba, me hacía pensar que yo no colaboraba en lo que de negativo veía en el Alarde, que no era poco, pero de ningún modo comparable a su lado positivo. En 1996 perdí la inocencia definitivamente, al menos en lo que respecta al Alarde, y creo que también en otras cuestiones, ya que me resulta hoy día una excelente metáfora de la vida. Hasta entonces la participación femenina igualitaria me parecía una cuestión teórica: ¿quién era yo para negarle a nadie, varón o hembra, la presencia en un acto público e institucional al que yo no estaba dispuesto a renunciar? De hecho, una vez una chica desfiló entre nosotros durante un trecho. Primero la duda, ¿era realmente una chica? Luego la seguridad, ante los murmullos de otros que habían reparado en ella. A mí me causó gran extrañeza, pero pasar, lo que se dice pasar, no pasaba absolutamente nada. Es cierto que tras la llegada a la iglesia la perdí de vista y no sé qué pasó después. Tal vez fue “invitada” a dejar el Alarde con discreción. Me consta que otras veces ha ocurrido. También había visto algún cartel invitando a debatir la cuestión. No acudí, me parecía un tema interesante en teoría, pero fuera de la realidad en la práctica. En 1996, la realidad se nos echó encima. Era el Alarde el que de año en año se estaba alejando de la realidad, y el ejemplo de las mujeres resultaba el más escandaloso, pero no el único. Tal vez debería decir de mi realidad, visto lo visto. Pero hay algo que ya nadie duda, piense lo que piense, sienta lo que sienta: el Alarde ya nunca va a volver a ser el de 1995. Será mejor, peor, diferente, pero más ajustado a nuestra realidad, eso seguro. O dejará de ser, aunque no creo que ni el más "betiko" lo desee, por mucho que digan que "será otra cosa" de nombre Alarde. Luego les hablo del nominalismo Yo tengo mi propia opinión de cómo se va a acabar resolviendo el conflicto. En cambio, el objetivo de este trabajo no es estudiar el futuro, sino el pasado y el presente, en concreto la percepción que del pasado y del presente del Alarde, y en consecuencia de Irun, nos ofrece la opción excluyente. A nuestros vecinos y sin embargo buenos amigos hondarribiarras sólo les dedico unos apuntes. No es que no merezcan más, es que merecen algo mejor, que yo en este momento no estoy en condiciones de ofrecerles. De los dos discursos que se han construido contra la participación femenina igualitaria, el popular merece estudio desde el punto de vista antropológico. Es un tema que me apasiona desde hace mucho tiempo, antes de 1996, pero que apenas voy a tratar. Porque hay personas mucho mejor preparadas que ya lo están haciendo, y porque es un proceso inacabado. Por ahora me estoy dedicando a recoger datos. El discurso oficial me interesa porque se ha basado sobre todo en la historia. Cuando distingo oficial de popular no significa que el primero esté elaborado por profesionales, académicos, estudiosos o algo parecido. Me refiero a que es el discurso que se utiliza para justificar la exclusión apelando a disciplinas tan nobles como la historia, el folklore, el derecho, la sociología, la política... Es el discurso escrito, en apariencia culto, razonado, argumentado, supuestamente basado en datos objetivos y hechos comprobados. Sin embargo, la percepción que del Alarde y la historia en general han demostrado quienes se han dedicado a su construcción, apenas se diferencia de la percepción popular de la historia, una percepción instrumental, estrechamente unida a la propia opción ideológica y experiencia personal, acientífica, incoherente, justificadora de apriorismos. He tratado la conveniencia de analizar la percepción popular de la historia desde la perspectiva antropológica en un artículo que será publicado por la sección de antropología de Udako Euskal Unibertsitatea. La necesidad de acotar el alcance de este trabajo al discurso oficial no se debe tan sólo a que es el aspecto en que me siento más seguro; a veces traspaso la barrera y comento datos antropológicos. Pero estas páginas tienen también algo de reivindicativo de la calidad académica. Me llama profundamente la atención el desprecio que en general se nos tiene a los profesionales de la historia. Cualquier persona se cree con derecho a considerarse historiador/a por el mero hecho de leer más o menos documentos más o menos antiguos. La historia es una ciencia social, no exacta, pero tampoco carente de rigor científico. Que en el trabajo profesional se advierta una u otra ideología no significa que la labor investigadora carezca de valor. Hay que saber distinguir el método de trabajo y las conclusiones. Frecuentemente, en los trabajos de aficionados las conclusiones ya están tomadas, y la "investigación" se limita a corroborarlas. Eso no es historia. Pero son esos trabajos los que mayor éxito tienen. El interés por la historia es minoritario, pero todo el mundo tiene una percepción de su pasado individual y colectivo. Pretendo demostrar que lo que se ha escrito sobre el Alarde responde a su percepción desde la perspectiva de nuestras cortas vidas, proyectada varios siglos atrás. Posiblemente el actual interés, tras décadas de mayoritaria apatía, se deba a la necesidad de hallar seguridad en el pasado ante la zozobra presente. No es ésta una historia, ni siquiera una historiografía del Alarde. No es, pues, un trabajo de investigación en archivo ni un concienzudo examen bibliográfico. Hay mucho que hacer en ese sentido, pero ahora me he dedicado a hacer un análisis crítico de los textos que tratan del Alarde como de una realidad sacralizada, fuera del contexto en el que se desarrolla. No he resistido la tentación de detenerme en algunas "curiosidades bascongadas" cuyo valor antropológico me parece reseñable, sin ir más allá. Comencé dando una serie de conferencias sobre las incoherencias del discurso oficial de la exclusión, que pretendía aplicar a las mujeres unos criterios históricos o folklóricos que a nadie más se aplicaban ni se habían aplicado. A medida que profundizaba en el tema, descubría que no se trataba sólo de cinismo ni machismo, era algo mucho más complejo y afectaba a toda la percepción de la realidad. Podrán observar que el recurso a la historia y el folklore de particulares e instituciones, incluso en litigios judiciales, está atestiguado en Irun desde el siglo XVI. Este trabajo parte de distintos textos anteriores: las primeras conferencias, una polémica epistolar, los análisis de alegaciones judiciales o las propuestas de modificación de la Ordenanza, la traducción y ampliación del artículo antes citado, al que he cargado de ejemplos y eximido de teorizaciones, etc. Tal vez por ello el resultado sea demasiado farragoso y repetitivo, poco ordenado. Por otro lado, no hago una descripción previa ni del Alarde, ni de su evolución, ni una crónica de los hechos desde 1996, mientras me extiendo en aspectos puntuales de poco interés fuera del Bajo Bidasoa. Esto puede dificultar el entendimiento a quienes previamente no conocen el Alarde. A diferencia del artículo para UEU, donde el Alarde era el ejemplo que daba pie a reflexiones sobre la percepción popular de la historia, aquí me centro en desmontar el falso discurso que esa percepción ha construido en torno al Alarde y nuestro pasado. En ese sentido, el interés es mucho más local y pretende ser más divulgativo, por eso está redactado en castellano. Estas páginas tienen mucho de personal, demasiado. ¿Acaso podía ser de otro modo? Cualquiera que sienta un mínimo de preocupación por lo que está ocurriendo en dos de las tres localidades del eurodistrito sabrá que no se puede hablar del Alarde con indiferencia. No pretendo ser neutro en mis posicionamientos, sí en el contraste de datos. El tono desenfadado que me he permitido busca cierta distancia respecto a un tema que pocas veces se somete al diálogo sereno, incluso es motivo de crispación. Es posible que a ratos me pase de gracioso, o de listo. Es un riesgo que asumo, porque creo que no afecta al rigor del análisis. Estoy dispuesto a encajar cualquier crítica, si tiene por objeto el debate constructivo, que ha brillado por su ausencia desde mucho antes de 1996. Para las descalificaciones personales, o las adhesiones por afinidad ideológica y/o emocional, si las hubiera, no se tomen la molestia de contar conmigo. Eso ya no aporta nada nuevo. Yo preferiría que esta lectura de nuestro pasado y presente les hiciera reflexionar sobre qué Alarde y qué Irun queremos conformar en el futuro, por qué, para qué y para quién. Agradezco las aportaciones al borrador de este texto que han hecho varias personas de mi confianza. El resultado final es sólo responsabilidad mía. Una nota: el trasvase de la interpretación del origen de este ritual de autoafirmación colectiva, de la procesión votiva por la batalla a las obligatorias muestras de armas y revistas de gentes encuadrados en la organización foral guipuzcoana, la interpreto como un problema de nominalismo (con profundo trasvase ideológico, pero eso lo dejo para después). La base del nominalismo está en la palabra ALARDE, que tiene por lo menos doble significado y múltiples matices. Para hacer más comprensible a qué me estoy refiriendo en cada momento, he decidido escribir la palabra con mayúscula, Alarde, cuando me refiero al acto folklorizado ligado a la procesión votiva. Cuando escriba alarde, con minúscula, me referiré al obligatorio ejercicio militar. De todos modos, no siempres será fácil distinguir uno de otro, y cuando haga citas textuales, puede ocurrir que el texto original tuviera el criterio contrario, o no tuviera ningún criterio. Valga esta confusión nominal como metáfora de la confusión que desde hace siglos acompaña a la interpretación del origen y significado de las fiestas del Bajo Bidasoa. [i] La confusión del fondo y la forma en el Alarde viene de viejo. Luis de Uranzu (recogido el 29 de junio de 1975 por Seisdedos, pág. 755, ver bibliografía) ya escribió: Fuera de este aspecto militar de la fiesta, todo lo demás es puro recocijo y alegría desbordante. Fermín Muguruza, en una carta al director de la revista Bidasoan, Fiestas de Fuenterrabía ‘99, se preguntaba, explicando a mis compañeros de diferentes colectivos antimilitaristas mi visión festiva del Alarde. ¿Para quién es militarista? Xabier Itzaina, en conferencia impartida en San Sebastián el 10 de noviembre de 2000 como colofón a la XXI Semana de Etnografía vasca organizada por el departamento homónimo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, y ante la actual discusión del papel de hombres armados en una procesión religiosa como es la del Corpus, consideraba el problema más complejo que una simple mención al militarismo. ¿Qué es más importante para el que participa, que lo haga con un arma, con una vara, con un tambor, con un traje de tales o cuales características, o que por medio de ese símbolo represente a su familia sustituyendo a su padre, que un día cumplió con ese mismo símbolo el mismo papel en el principal rito de autoafirmación colectiva de esa comunidad? Allí donde la tradición se ha recuperado tras una pérdida de muchas décadas, como en Ezpeleta, no se ha restituido el arma; pero donde ya existe, la ruptura es mucho mayor. La transmisión del elemento simbólico de padre a hijo no hay que entenderla sólo en sentido figurado: en Navas del Pinar, provincia de Burgos, el palo del danzante es heredado por el primogénito cuando el padre se siente incapaz de seguir danzando (dato comunicado por Ramón Marijuán y Gonzalo Pérez Trascasa, de Radio Nacional de España en Burgos, en el programa Tradición Oral de Radio Clásica del 3 de diciembre de 1992). La transmisión generacional en el Alarde, sobre todo en unidades de élite, es tema apasionante que no trataré ahora. No ha pasado desapercibido este importantísimo aspecto, ninguneado en el discurso oficial de la discriminación, a la observadora antropóloga Margaret Bullen en su artículo Hombres, mujeres, ritos y mitos: los Alardes de Irún y Hondarribia, pág. 64. También ha advertido la necesidad de analizar el carácter militar del Alarde y las contradicciones que acarrea. Todo el trabajo es de gran interés y será citado repetidas veces. Ver en bibliografía Teresa del Valle (editora): Perspectivas feministas desde la antropología social. |
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