Dime de qué alardeasXabier Kerexeta ErroHistoriador |
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¿Y DESDE LA PARTICIPACIÓN FEMENINA IGUALITARIA?Sólo unas notas acerca de la percepción histórica del problema desde el lado de quienes apoyan la participación femenina. Los conocimientos de historia, es decir, de más o menos datos mejor o peor encuadrados cronológicamente, no son mayores que los del resto de irundarras. Estoy convencido de que los “betikos” no lo son por motivos históricos, pese a su discurso. Lo mismo ocurre con los no “betikos”. Pero el recurso a la historia no es cinismo, o por lo menos, no sólo cinismo. Los “betikos” creen, de otro modo no habrían basado en ella casi toda su defensa jurídica, que los demás también tienen en cuenta la historia. Y en gran medida les doy la razón. Aunque la sentencia afirmaba que la historia no puede ser determinante, el Tribunal aceptó la propuesta de peritación histórica. Tampoco BAE, que no ha basado su reivindicación en la historia, ha renunciado a rebatir los argumentos históricos “betikos”, y para ello ha recurrido, entre otros, a datos popularizados por Aramburu hace años. ¿Cuál es el gran argumento de quienes defienden la integración femenina? Como ocurre con “los betikos”, está muy unido a la propia percepción de la realidad: primero se está de acuerdo, y luego se justifica. En este caso, la justificación no está basada en la permanencia inmutable durante siglos del Alarde, sino en todo lo contrario: si el Alarde “siempre”, desde que nació, se ha estado modificando, ¿por qué va a ser la incorporación de la mujer el único cambio que destruya la naturaleza del Alarde? Por supuesto, ese “siempre” se refiere a la vida de las personas que lo cuentan, al Alarde que “siempre” han conocido directamente o por tradición oral, que rara vez va más allá de la guerra. La propuesta feminista que cita Aramburu (OASM, 244) de incorporar mujeres o realizar el Alarde como en 1400, a falta de más datos, en fecha tan redonda que no corresponde a ningún acontecimiento concreto, más bien parece una referencia de antigüedad. La interpreto, pues, como respuesta a una posible objeción histórica que se les habría hecho, porque a nadie, feminista o no, se le ocurre pensar que el Alarde ha sido un acto inmutable en el tiempo, y eso es lo que me imagino se querría evidenciar. Cuenta Aramburu que en 1939, gran parte de los irundarras que tomaron parte en la guerra civil defendiendo el bando republicano, se negaron a ponerse la boina roja, por entenderlo como símbolo de una de las facciones vencedoras de la contienda (OASM, 219). No sé si en 1939 quedaba en Irun mucho republicano en libertad y con ganas de fiesta, independientemente de la boina, pero posiblemente sí habría algunos en los años posteriores.[1] De ser cierto lo que dice Aramburu, nos hallaríamos ante un caso de una percepción posterior (boina roja = carlista) que transforma la del pasado, haciendo inadmisible vestir una prenda que hasta entonces se identificaba, entre otros varios usos, con el Alarde. No es el único ejemplo. Estaba yo en la pescadería un sábado de junio en 1996, cuando una clienta comenzó a despotricar contra las mujeres que querían participar en el Alarde. Se pueden imaginar que yo no me quedé callado. Terció otra señora: ¿que las mujeres no pueden salir en el Alarde, que no había mujeres soldados, que no llevaban armas? ¿Y las milicianas que lucharon en el Monte San Marcial, y las que fusilaron en Pikoketa, no eran mujeres de Irun? ¿Para dar su vida por la libertad sí valen y luego para salir en el Alarde no? Como historiador, nunca se me habría ocurrido validar la presencia de mujeres en un hecho que nada tenía que ver con el Alarde, e incluso cronológicamente era muy posterior. Pero para aquella mujer la imagen de mujeres armadas defendiendo Irun en el monte San Marcial -mujeres que por aquel acto sufrieron muerte, vejaciones, ostracismo y olvido durante décadas- era tan fuerte, estaba tan presente, que no necesitaba más para encontrar absolutamente natural ver mujeres escopeteras en el Alarde, fuera cual fuera su origen o motivo de celebración. Tal vez incluso añadía un matiz reivindicativo “histórico” que nada tenía que ver con la intención de las actuales participantes. Seguramente a la mayoría de los “betikos”, la imagen de mujeres “disfrazadas” de algo que ellos/ellas unen tan íntimamente a la virilidad, les producirá el efecto contrario. Y como están tan convencidos/as de que su Alarde es el único posible hoy día, son incapaces de imaginar que en el pasado pudiera no haber sido igual. Luego dirán que nadie estuvo en contra. ¿Que no? Al tiempo Los nietos y nietas de las emakumes irundarras y las Hondarribiko emakumeak ni siquiera podrán creer que sus abuelas, que votaban y se presentaban de candidatas a las elecciones y algunas llegaban al Ayuntamiento, la Diputación y Juntas generales, el Gobierno, el Parlamento, el Senado; que ocupaban cargos públicos y privados de cada vez mayor responsabilidad; que vestían pantalones, fumaban y se pintaban la cara; que se exhibían casi desnudas al sol y bebían alcohol entre hombres en establecimientos públicos a veces hasta intoxicarse; que se separaban de sus maridos, utilizaban métodos anticonceptivos y abortaban los hijos que no deseaban; que no cumplían con el precepto de ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar pese a estar bautizadas y utilizar las instalaciones religiosas para bodas, bautizos, funerales y otros actos sociales; que viajaban y vivían solas; que administraban sus propios bienes sin permiso del padre o el esposo... Sus nietos y nietas, digo, ni siquiera podrán creer que rechazaran con odio y violencia la incorporación de otras mujeres al Alarde, y en defensa de qué y en defensa de un tradicional modelo de mujer en el Alarde que era el de las abuelas de esas abuelas, las que si hubieran cometido, o siquiera reivindicado uno solo de los “delitos” que ahora son derechos, habrían sido expulsadas de la comunidad como decía Iztueta, a patadas en el culo. Y es que, como bien decía Baroja en La leyenda de Jaun de Alzate, los vascos son tan tradicionales, que a veces saben lo que han hecho sus padres, pero nunca lo que hicieron sus abuelos. De todo lo anteriormente expuesto, mis abuelas sólo ejercieron el derecho al voto, y, cómo no, para votar lo que les decían. La de Irun, por supuesto muchísimo más moderna que su consuegra baztandarra, incluso llegó a ir varias veces al cine, siempre a ver la misma película, Ramuntcho, una imagen idealizada de aquel mundo que ella había conocido y que tan rápidamente estaba cambiando. La otra, la baztandarra, más aferrada a la tradición oral, tenía costumbre de rematar la charla de este modo: Holaxeko kontuak ernatzeko tontuak [1] Felipe Iguiñiz (Un día de San Marcial... pág. 188) recoge en 1978 un artículo de J. L. Seisdedos sobre la participación clandestina en el Alarde de exiliados por la guerra mientras las autoridades hacían la vista gorda. Sin negar que se diera algún caso concreto en algún año concreto, me temo que éste es uno de los ejemplos de cómo el paso del tiempo y las circunstancias modelan la percepción de los hechos. En plena transición es comprensible la idealización, incluso la búsqueda de puntos comunes que favorezcan la convivencia de un bando perdedor que recobra legitimidad y otro ganador que la necesita para acomodarse a la nueva situación. En ese sentido hay que entender un artículo que olvida lo hasta entonces negativo de un rojo-separatista, o el rencor, revanchismo y prepotencia que demostraron, en mayor o menor medida, los franquistas encarcelados en el fuerte de Guadalupe -algunos de los cuales sufrieron “martirio”- que habían visto calcinadas sus casas justo la víspera de que entraran “los suyos” desde Navarra monte San Marcial abajo. Uno de aquellos encarcelados fue el tristemente célebre Melitón Manzanas, activo policía franquista, colaborador de la Gestapo y conocido torturador. ¿Se lo imaginan ustedes haciendo la vista gorda sólo porque era el día de San Marcial? A mí me cuesta creerlo, y no sólo por el carácter personal y político del difunto Melitón, sino sobre todo porque el Alarde no había alcanzado el grado de sacralización que habría hecho siquiera creíble la anécdota, grado que sí se había alcanzado cuando se escribió: San Marcial tiene eso, la irrenunciable unión de los iruneses en torno a un objetivo fundamental: defender y mantener por encima de tirios y troyanos, por encima de las tempestades y de todas las furias de Zeus, la celebración del alarde en toda su hermosura y plenitud, sin que nada empañe su alegría. El mismo autor destila esa sacralización incluso antes de morir el dictador, cuando el 29 de junio de 1975 (pág. 757 de “Crónicas del Bidasoa”; ver bibliografía) se atrevió a escribir algo tan bien intencionado pero tan alejado de la realidad histórica del Alarde: Aquel desfile del año 44 se desarrolló para él -se refiere a Pacho Rodríguez- bajo el signo de las ausencias -los muertos, presos y exiliados, pese al mito del clandestino arriba relatado por él mismo-. Pero había que continuar manteniendo a toda costa el espíritu democrático y fraternal del Alarde, que seguiría siendo una de las pocas cosas que no habían cambiado. ¿Espíritu democrático en 1944, en el Alarde de los vencedores? La propia muerte de Melitón es un buen ejemplo de cómo el mismo hecho es percibido de muy distinto modo tres décadas después. En una moción de protesta por la medalla que le ha sido concedida por su condición de víctima del terrorismo, los grupos municipales de EAJ-EA, PSE-EE y EH manifestaron no estar de acuerdo con el asesinato (ver Irunero nº 71 de febrero de 2001, pág. 10). Esta consideración previa de los detractores de la medalla ha sido generalizada, y no niego que hoy día sea sincera. Sin embargo, mi suegra asegura que nunca sirvieron tanto champán, copas y puros, ni en fiestas, como el día que mataron a Manzanas.
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