Volver a Página principal
 

Dime de qué alardeas

Xabier Kerexeta Erro

Historiador

 

 

Indice

  1. PRESENTACION

  2. EPISTOLARIO

  3. IRUN, CIUDAD FRONTERIZA

  4. FOLKLORE Y SOCIEDAD

  5. LA HISTORIA LOS JUZGARÁ... O AL REVÉS

  6. LA HISTORIA OFICIAL

  7. IZENA DUEN GUZTIA OMEN DA... BAI, BAINA ZER DA?

  8. CUANDO LA HISTORIA SE SUSTENTA EN PALABRAS, NO EN DATOS

  9. DE TOPONIMIA Y ALGO MÁS

  10. HISTORIA SAGRADA

  11. ¿Y DESDE LA PARTICIPACIÓN FEMENINA IGUALITARIA?

  12. BIBLIOGRAFIA

 

 

IRUN, CIUDAD FRONTERIZA

Todo empezó muy de mañana el día 30 de junio de 1522, festividad de San Marcial en el calendario católico. Según cuentan las crónicas, las de Esteban de Garibay y Zamalloa principalmente, repetidas una y otra vez en libros y artículos acerca del Alarde, fue entonces cuando “los nuestros” derrotaron al enemigo y lo expulsaron al otro lado del Bidasoa. Esta batalla se conoce con el nombre de San Marcial por la fecha en que se produjo. También el monte donde ocurrieron los hechos adquirió este nombre por la ermita que se construyó en honor al santo. Existe otra batalla de mismo nombre, ocurrida en el mismo sitio el 31 de agosto de 1813, en la que participaron unos 40.000 soldados, franceses de un lado y el ejército hispano-luso-británico de otro. Se podría decir que una ha pasado a la historia y la otra, en cambio, a la Historia.[1] Ahora, sin embargo, es la batalla pequeña la que nos interesa. Desde entonces se celebra en Irun el día de San Marcial, y hay un elemento que nos ha llegado hasta hoy: la procesión[2] anual que los cabildos secular (componentes del Ayuntamiento) y eclesiástico (componentes de la parroquia), en cumplimiento del voto de agradecimiento, realizan desde Irun hasta la ermita conmemorativa de la batalla. Todo esto resultará muy familiar a quien se haya interesado siquiera una pizca por el origen del Alarde.

Sin embargo, me llama profundamente la atención qué poco se han analizado estos datos, repetidos una y otra vez. A la inmensa mayoría le basta con la mera descripción de los hechos. A mí, no. ¿Qué motivó el voto? Es cierto que Irun había quedado abandonado y destruido, talados sus frutales, robados sus ganados y cosechas, desperdigados sus habitantes. Pero no era la primera vez que pasaba en su historia, había ocurrido con resultados más o menos graves en 1476, en 1512, volvería a ocurrir en 1638, y en 1719, y en 1813, y en 1837, y en 1874, y en 1936. Algunas de estas fechas no resultaron especialmente heroicas, en otras no son los cabildos de Irun sino el rey quien decide el modo de recordarlas, como son los títulos de muy benemérita y generosa otorgados a Irun por la batalla de 1813, o el de heroica por el sitio de 1874. ¿Por qué ese voto, y según parece puesto en vigor unas décadas después? ¿Sólo por la batalla de 1522, de una repercusión limitada, ya que la vecina Hondarribia estuvo en manos del enemigo hasta 1524, con el consiguiente peligro y falta de garantías de reconstrucción de Irun? Yo tengo mi propia hipótesis. No es una verdad absoluta, ni falta que le hace, y está abierta a cualquier crítica fundada en datos e interpretaciones plausibles.

Desde que en 1203 Alfonso VIII de Castilla concede a Hondarribia su Carta Puebla fundacional, donde por primera vez se cita a Irun, precisamente para someter a sus habitantes a la jurisdicción de las autoridades hondarribiarras, la historia de Irun va a ser la de sus intentos de desanexión[3]. Ese deseo, por lo que sabemos, ya aparece en el siglo XV, y es cada vez más patente en el XVI. Hasta 1766 Irun mantuvo una lucha larga, difícil y onerosa contra Hondarribia, las más de las veces por vías judiciales, pero también arma en mano, incluso se llegó a matar a un alcalde hondarribiarra. En el siglo XIII el Bidasoa tenía un estuario muy ancho, difícil de atravesar. Había algunos vados, el más importante el de Hondarribia, -ibi significa vado-.[4] Otro paso era el de Santiago, cuyo nombre también resulta significativo, que unía Hendaia e Irun. Tras las murallas de Hondarribia crecía un poderoso centro defensivo y comercial. Pero los años no pasan en balde, y menos los siglos. Poco a poco, el eje de comunicaciones se fue trasladando a Behobia -otro topónimo con el componente ibi-. Por eso en 1497 (Soraluce, t. I, pág. 207) se traslada a Behobia la Alcaldía de Sacas, [5]  una especie de aduana foral que impedía el paso de mercancías vedadas, como el dinero o metales preciosos. Allí decidió Fernando el Católico en 1512 que sobre este paso se construyera un castillo, después conocido como Gazteluzar. Allí se instaló la gabarra oficial de la Provincia -Gipuzkoa es conocida con ese título mucho antes de la división territorial en provincias del Estado liberal, ya en el XIX-, pese a que los hondarribiarras mantuvieron la suya en el Puntal (el Puntal de España, como era conocido hasta no hace tanto tiempo), lo que produjo un pleito en 1566.

En 1508 comenzaron las obras de edificación de la nueva iglesia, una de las mayores de Gipuzkoa, que durarían más de cien años. En el XVII se añadieron el reloj, el órgano, la sacristía y un monumental retablo barroco, forrado de oro ya en el XVIII. No está mal para una población que Hondarribia mencionaba como “mi aldea”, con una parroquia que no conseguiría ser totalmente independiente de la hondarribiarra hasta mediados del XVI (incluso siguió cediendo la mayor parte de sus diezmos a la parroquia matriz) y con una población que sufría el peso constante de la guerra en saqueos o en gastos de mantenimiento de soldados ante la menor amenaza. A falta de ayuntamiento independiente, la parroquia era el lugar de reunión físico y simbólico de los vecinos de Irun. De hecho, el patrono[6] era el concejo; la primitiva casa consistorial estaba junto a la iglesia y se llamaba Serorategia (casa de la serora o encargada de la iglesia) y las reuniones de vecinos se celebraban en el cementerio, es decir, ante la iglesia, o alguna vez en la torre del campanario.

La parroquia no era la única manifestación simbólica de la identidad irundarra. Ya se ha dicho que se levantó la ermita de San Marcial y se realizó el voto por la batalla de 1522. También los oiartzuarras pusieron en fuga al enemigo, y eso que se levantaron en camisa de noche al oír las campanas de alarma; pero no me consta que concedieran especial importancia al hecho. También he dicho que Hondarribia permaneció aún dos años en manos de los “franceses”.

Si eran franceses, mercenarios alemanes, navarros, laburdinos, gascones o de todo un poco, es otro interesante tema en el que ahora no me voy a detener. Ahí están las polémicas de Aramburu con Olaizola y Esarte en los periódicos, por ejemplo.[7] También se puede conocer la verdad histórica en el foro de debate electrónico del Diario Vasco. Se puede apreciar el interés que suscita el tema y la importancia que concede al origen del Alarde un sector de la población en la resolución el actual conflicto. Es un sector que se interesa sinceramente por la historia, pero con una percepción transida de ideología y hasta de experiencias personales. Las reinterpretaciones de este hecho histórico son analizadas por Estornés en un ilustrativo artículo, "Desagraviando navarros, eliminamos mujeres".

Hasta las reinterpretaciones en clave nacionalista, primero española y después vasca, los historiadores no han dudado en insertar nuestra batalla en el proceso de conquista e intentos de reconquista del reino de Navarra, a su vez inserta en las luchas por la hegemonía católica en el Occidente europeo y mediterráneo que mantenían ya los antecesores del emperador Carlos y su colega y por tanto enemigo Francisco I de Francia. De hecho, Navarra no fue sino el agravante de una anterior rivalidad (Gainza, 109).

Desde que a mediados del XV el reino de Francia desalojara a los ingleses de Baiona y toda Gascuña, la cada vez más débil Navarra comenzó a ser un estorbo entre las expansionistas Francia y Castilla, y la montañosa Gipuzkoa, hasta entonces un obstáculo entre la Meseta y los puertos del Cantábrico, va a adquirir mayor importancia estratégica.[8] Ahora esas mismas montañas son un pasillo directo entre las dos potencias, mucho más franqueables que el Pirineo, pero lo suficientemente incómodas como para que sus habitantes detengan con facilidad a la caballería y artillería francesas, temibles efectivos militares en espacios abiertos. Y esto es así no sólo para Castilla, sino incluso para Navarra, mucho más accesible para un ejército desde el Bidasoa que desde Roncesvalles, cerrado por la nieve durante meses. Y la puerta de Gipuzkoa, cómo no, es el Bidasoa. Así lo explica Jon Andoni Fernández de Larrea[9] cuando nos remite al documento nº 248, un memorial de 1476 presentado a Juan II de Aragón, rey de Navarra por matrimonio, aunque ya era viudo; su fijo es Fernando, rey de Castiella por matrimonio con Isabel:

Acerca d’esta necesidat que causa la venida de los franceses e attendiendo el sitio que han puesto sobre la villa de Fontarrauia (adivinen qué localidad vecina que ni siquiera menciona este documento fue arrasada en el sitio), parece que la magestat del rey nuestro sennor deua poner muy grande diligencia assi por sí e sus sennorios como con el sennor rey de castiella, su fijo, para que aquella villa sea soccorrida e los enemigos fallen resistencia antes que passen los puertos e montaynas muy grandes que ay, siquiere a la parte de Castiella, siquiere a la parte de Nauarra, porque en perderse aquella villa se pierde toda la prouincia de Guipuzcoa e quedales la entrada plana para Castiella e Nauarra.

Item, que meior e mas facilmente pueden resistir dentro de la dicha prouincia de Guipuzcoa XM hombres que despues de passados los montes cinquoanta mil, por la aspereza et strechura de la tierra e non auer disposicion de poder pelear multitud de gente, en especial a caballo.

Volviendo a nuestra batalla, así encuadra Yanguas y Miranda (pág. 432) la toma de Hondarribia -y consiguientemente la de Irun- en el intento de reconquistar Navarra:

La intención del general frances era apoderarse de Fuenterrabía, como en efecto lo consiguió, diciendo que lo hacía en nombre del rey D. Enrique de Labrit.

Durante esos acontecimientos el Emperador y el rey de Francia trataron de la paz por mediacion del ingles; y ya estaban convenidos en las bases cuando llegó al de Francia la noticia de la toma de Fuenterrabía. El Emperador pidió al frances que le restituyese esta plaza: el rey Francisco contestó que el Emperador restituyese el reino de Navarra a D. Enrique; y de esta manera se rompieron las negociaciones.

Aramburu (“Inexactitudes”. Bidasoan, Fiestas de Hondarribia ’96, pág. 55) se empeña en que la batalla de San Marcial no tuvo nada que ver con los navarros porque si éstos hubieran querido entrar en Navarra no habrían atacado Irun y Hondarribia. ¿Por qué no? ¿De verdad piensa que habrían entrado por Roncesvalles o Baztan, siguiendo el camino a Pamplona desde la importante fuente de suministros que era Baiona, dejando a su retaguardia intactas las guarniciones de Hondarribia y San Sebastián? La ocupación de territorio guipuzcoano inmovilizaba esas tropas y los paisanos armados encuadrados en la organización militar foral, ya que, mientras parte de su territorio estuviera ocupado, no se adentrarían en Navarra como había ocurrido diez años antes, llevándose doce cañones que durante siglos lucieron en su escudo. Así lo describe Soraluce en su Historia de Guipúzcoa de 1870, cuando el nacionalismo vasco todavía no había nacido y el español reinterpretaba los intentos de reconquista navarra como invasiones extranjeras: Tras esto fingió dirigirse a Pamplona, por Maya, cuyo desprevenido fuerte tambien se rindió. Y entre tanto que las fuerzas de estas Provincias Vascongadas acudian en socorro de Navarra, contramarchó Bonivet con su ejército, que no tardó en sitiar a Fuenterrabía (Soraluce, Historia t. I, pág. 217).[10]

¿De verdad piensa alguien que podían sentir escrúpulos de involucrar en sus estrategias de muerte y destrucción a un villorrio y su aldea los mismos católicos monarcas que durante décadas convirtieron a Italia en su campo de batalla y que en 1527 consintieron que tropas luteranas saquearan Roma y apresaran al mismísimo Papa? No somos tan importantes, ni lo hemos sido, y dudo que lo seamos alguna vez. Si alguien quiere profundizar en el conocimiento del Irun de aquellos años, recomiendo el libro de Tellechea sobre el epistolario de Hernán Pérez de Yarza, alcaide del castillo de Behobia. Comprobará que la Provincia estaba más implicada en los avatares políticos internos castellanos de lo que en principio pudiera parecer.

Volviendo al origen histórico del voto y procesión, a mi entender ahí está la clave de la cuestión: del mismo modo que nuestros antepasados no fueron protagonistas, sino meros ejecutores de decisiones tomadas muy lejos, el “francés” no es motivo real, sino anual excusa de un rito de autoafirmación. Irun había conseguido lo que la amurallada Hondarribia no, expulsar al enemigo al otro lado del Bidasoa: Muchos lances refiere dicho Garibay sucedidos en Yrû, y todos felices executados por sus naturales, y los Guipuzcoanos en el tiempo, que Fuenterravia estubo por la Francia (Gainza, 115). Y eso se celebraba: nosotros somos la puerta de España, los encargados de guardarla, Vigilantiae custos, como reza el escudo de Irun, que representa un castillo.[11] Hondarribia está al lado, pero ya no es la puerta, ya no es el lugar de paso, no al menos el más importante: ...el castillo de Beoyuia, que era llaue de la entrada del camino Real y passo destosreynos a los de Francia (...) porq­­­­­­­­­­­ue ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ si exercitos han de entrar en esta prouincia, este solo es el passo de su transito, y no hay otro ninguno, porque Fuenterrauia queda a media legua desuiada del camino Real, puesta sobre el mar (Garibay, 530).[12]

La rememoración de la victoria de 1522 con la construcción de una ermita y procesión hasta ella, según Aramburu, comienza 65 años después de la batalla. No se puede descartar que antes celebraran algo, pero es significativo que el paso del tiempo, en vez de alejar de la memoria un hecho que ya pocos habrían visto con sus propios ojos, fuera revitalizado en un momento de auge económico, auge que tampoco es casual, sino que se debe en gran medida a la anulación de las trabas comerciales que se le habían impuesto a Irun por presiones de Hondarribia. Todavía quedaba largo camino por recorrer hasta la independencia total; pero, en mi opinión, los dos cabildos de Irun deciden enviar todos los años a sí mismas, a Hondarribia y a Gipuzkoa un mensaje de autoafirmación.[13] Irun utiliza su condición fronteriza para reafirmarse, pero no ante los del otro lado de la frontera laburdina o navarra, sino ante la “rival” de este lado.

Ni siquiera el concepto de frontera era igual antes que ahora.[14] Ni ahora, estando como estamos en la Unión Europea, es igual que en 1881, cuando la cada vez mayor presencia del Estado tras la abolición foral se acrecentaba en Irun precisamente por su carácter fronterizo: militares, aduaneros, guardias civiles, carabineros, terminal ferroviaria con vía de diferente ancho que la francesa para entorpecer invasiones, etc. Algo parecido le estaba ocurriendo a Hendaia.

En los siglos anteriores no era así. Aunque los textos oficiales, escritos por y para una élite, hablen de franceses y españoles, y aunque las capas más populares asumían con naturalidad ese esquema, no hay que pensar que tenían un concepto de españolidad, de francesidad o de vasquidad, no al menos como ahora los entendemos.[15] También la guipuzcoanidad, navarridad o laburdinidad eran conceptos en la práctica casi exclusivos de esas élites, élites que se empeñan en reforzar su poder marcando límites más nítidos, como la adecuación en 1566 de las diócesis de Baiona y Pamplona a la frontera política al socaire del peligro protestante. Los procesos de identificación con las unidades político-administrativas, incluyendo los municipios, son procesos largos y en los que influyen muchos factores, entre ellos la propia existencia de frontera, que acentúa la guipuzcoanidad y españolidad de Irun. Ser guipuzcoano era más significativo en Irun que en Bidania. A su vez, la irunesidad se ve alimentada sobre todo por su enfrentamiento a Hondarribia. Las conciencias de identidad propia se desarrollan por contraste con las existencias ajenas. De todos modos, en el caso de Irun y Hondarribia habríamos de plantearnos hasta qué punto esa rivalidad no era, al menos en su origen, más una rivalidad entre élites locales que se disputan el poder, que sentimientos de amor patrio.

El error consiste en creer que en aquella época la identidad personal y colectiva se basaba en la adscripción nacional, fuera ésta cual fuera. Para nuestros antepasados era mucho más importante la pertenencia a una misma religión o estamento que compartir una lengua o ser súbdito del mismo soberano. Hasta para los Parientes Mayores, señores feudales que se dedicaron a combatirse durante toda la Baja Edad Media, era más importante la adscripción a un bando u otro (Agramont/Beaumont, Guevara/Mendoza, Oñaz/Gamboa, Butron/Muxica... los nombres varían según territorios) que las demás consideraciones. Se habla mucho de la traición de los beaumonteses a los legítimos reyes de Navarra al favorecer la conquista castellana. Los agramonteses, al contrario, serían patriotas navarros. Poco se acuerdan que una generación antes fueron los agramonteses los que defendieron al usurpador Juan II de Aragón, viudo de la reina navarra Blanca, casado de nuevo y padre del luego conquistador de Navarra Fernando el Católico, contra los legítimos derechos de Carlos, príncipe de Viana y heredero al trono. Los nobles apoyaban a la majestad que les favoreciera.  

Los lazos vasalláticos podían enfrentar a familiares en momentos concretos: en 1476 el oñacino Juan López de Lazcano se enfrentó en el termino de Yrun a una banda de mil Franceses Labortanos de la frontera de Francia (Gainza, 110). ¿Y? Pues que era el suegro del señor de Urtubia, cabeza del bando oñacino en Lapurdi. Unas décadas después juntaron mil hombres de las gentes de la mesma frontera suya de la tierra, que llaman Labort, del apellido (en el sentido de llamada, convocatoria) de las casas de Ortubia y Semper, que son las mas principales de parientes mayores de aquella tierra de Francia (Garibay, 531). 

Pero los lazos de sangre y las enemistades banderizas podían sobreponerse a esos lazos vasalláticos. Un ejemplo en Irun mismo en la guerra que enmarca la batalla de San Marcial: Auia tenido los años passados Pedro de Vrdaniuia, señor de Arançate en el regimiento (no en su actual sentido militar, sino concejo de Irun, con regidores o ediles) de Yrun rezias palabras con Iuan de Aeça, dueño de la casa de Ibarrola (...) y tales fueron las razones, que atrauessaron, que el señor de Arançate dio un bofeton en publico regimiento a Iuan de Aeça. (...) Era Iuan de Aeça por linea paterna de nacion estrangero, porque su padre, siendo Frances, auia venido por matrimonio a la casa de Ybarrola, y como vio a Fuenterrauia en poder de Franceses, siendo punçado de la sangre de sus passados, [16] determino de passar a seruir al Rey de Francia, y mediâte esto, tomar vengança de su enemigo (Garibay, 528). 

La sangre y sobre todo el honor[17] (Garibay vuelve a hacer varias referencias a la venganza, como verán si siguen leyendo) se anteponen a otras cuestiones. Les constaba que las frecuentes guerras podían poner en situación de enemistad a las familias, pero las alianzas matrimoniales no se estipulaban según consideraciones bélicas coyunturales en un grupo social para el que la guerra constituía una honorable fuente de ingresos. Tampoco las relaciones intrafamiliares, aunque creaban fuertes vínculos de solidaridad frente a elementos externos, eran modelo de convivencia, sino de continua lucha jerárquica.

La frontera y las continuas guerras justificaban por seguridad que los franceses, y hasta sus hijos y nietos, fueran excluidos de alardes, Concejos y Juntas aunque fueran hijos dalgo (Aramburu, Antonio: Orígenes del Alarde de San Marcial. Las milicias forales, pág. 114. A partir de ahora esta obra será citada con las iniciales OASM). La sangre tiraba más que la tierra, y la verdadera frontera era más social que geográfica. El francés señor de Ahetza se casaría con la de Ibarrola o cualquier otra española, vasca o no vasca, de su condición, pero difícilmente con una campesina de su localidad, o con una judía de Baiona, o con la hija del poderoso señor de Agramont desde que esta familia se convirtió a la fe calvinista, si el propio clan de Ahetza no se convertía también.

Respecto a la territorialidad, el ámbito de desarrollo vital de la mayoría se limitaba a 1) la vecindad,[18] 2) la parroquia -éste sí que era un vínculo de identificación importante, que tanto ha influido en la conciencia de personalidad propia de Irun y Hendaia, más que la municipalidad, fenómenos tardíos en ambas localidades- y 3) la comarca, reducida a lo que se podía recorrer a pie en una jornada, aproximadamente un radio de unos 15 km. de casa. Por ejemplo, tratando de los cónyuges que se casan a Irun, la proporción de "franceses" (en su inmensa mayoría laburdinos, al igual que los cónyuges navarros eran mayoritariamente del Bidasoa y los guipuzcoanos de Hondarribia y Oiartzun) entre 1760 y 1850 es bastante alta, oscila entre el 4,1 % en la década de 1801-10 al 15,9 en 1760-1800. (Urrutikoetxea, 380-383). Es la población masculina la más propensa a este tipo de desplazamientos, y poco importa que se interfieran en su camino límites provinciales o fronteras estatales. La fluidez real de la vida diaria pasa por encima de unos lindes de corte administrativo o político cuya rigidez está aún lejos de suponer un escollo insalvable (ib. 381). ¿Cuántos matrimonios de cónyuges de ambos lados del Bidasoa conocen ustedes actualmente? Yo, poquísimos.

Nuestros antepasados eran capaces de matarse en nombre de sus respectivos soberanos y aprovechar la situación pasa saquear al vecino. Pero en época de paz sus relaciones eran mucho más estrechas que las actuales. La irundarra casa solar de Lastaola, ribereña del Bidasoa, tenía sepultura en la laburdina parroquia de Biriatu, pagaba allí sus diezmos a la Iglesia y hasta tenía derecho en el goce de aguas, yerbas y montes del propio lugar de Biriatu (SBI, 72). Cuando las autoridades irundarras prohibieron correr los gansos y tocar música en Behobia, los mozos y mozas se trasladaron hasta Francia y siguieron la fiesta... sin salir de Behobia, con sólo cruzar el río (SBI, 583). Pasar la frontera en gabarra era tan fácil que incluso una esclava mulata afincada en Irun lo hacía sola sin pasaporte (Azpiazu, Esclavos y traficantes, 163).

El trato con los de Labort era cotidiano. Como bien dice Gorosabel (Noticias, t. III, 312), ambas comarcas, como que tienen un mismo origen, hablan la propia lengua, y guardan costumbres parecidas. La imploración a un ídolo como benefactor/a oficial de localidad concreta, por ejemplo contra ataques fronterizos, no le restaba devociones "extranjeras": los irundarras pasaban en masa a la romería de San Vicente en Urruña. En cuanto a la iglesia de Irun, ha tenido y tiene una imagen de grande devoción de la invocación Santa de Nuestra Señora del Juncal muy frecuentada en velas y otras devociones, no sólo en la dicha provincia, sino también de los Reynos de Francia (OASM, 61).

De todos modos, me temo que la siguiente explicación de Gorosabel (ib.) fue un argumento de mayor peso que las anteriores consideraciones:

Su intereses recíprocos de subsitencia, industria y comercio, no podían por menos, por la otra, de moverlos á conservarse en este estado de buena correspondencia. Esta provincia necesitaba los cereales, legumbres y otros bastimentos que les faltaban para su manutención, y abundaban entonces en el territorio francés. No podía, por lo tanto, prescindir de procurar la benevolencia y amistad de los habitantes de la mencionada provincia francesa y otros pueblos inmediatos á ella. A estos, por su parte, hacía falta el hierro, acero y algunos otros productos de la industria guipuzcoana, y sobre todo les convenía sus géneros. (...)

Esta mutua comunicación de bastimentos y demás cosas necesarias para la subsistencia humana no se limitaba á los tiempos normales, ó de paz, entre las coronas de España y Francia. Se ve, en efecto, que desde una época remota usaron de ella aun durante las guerras declaradas entre ambas naciones, celebrándose para el efecto los oportunos tratados conocidos con el nombre de “conversas” con autorización de los respectivos soberanos (ib. 313).

Una vez más Garibay nos vuelve a dar una pista sobre aquel sentido de frontera, tan diferente al actual o al que hasta hace tan poco hemos conocido en Irun. De nuevo nos retrotrae a 1522, y muestra que la prioridad del comercio no se limitaba a productos de primera necesidad, ni siquiera de consumo interno. Iuan de Aeça se acercó con seiscientos soldados a Oiartzun de noche a tomar venganza de su enemigo Arançate. La cosa salió mal y tuvo que salir corriendo, y le salió peor porque sus tropas pusieron mayor empeño en robar que en pelear: auiendo alli ciertas cargas de mercadurias, que con saluo conduto venian de Leon de Francia (Lyon), para Medina del Campo, començaron a robar de aquella hazienda (Garibay, 529). Los “franceses” no tenían ningún problema violar el salvoconducto otrogado por la Majestad cuyos intereses defendían porque la captura de botín era uno de los principales objetivos de cualquier combatiente, reyes y emperadores incluidos. Sin embargo, los lugareños, que compartían esos mismos criterios, sabían que las guerras eran entre coronas, y que sus súbditos se enfrentarían sólo en la medida en que lo exigieran los monarcas, pero no tenían por qué sentir ni animadversión ni simpatía por enemigos circunstanciales. Por ello respetaban el patrimonio de aquellas personas con quienes tendrían que seguir negociando en momentos de paz.

Y mucho más estrechas habrían sido las relaciones intervecinales si no hubiera mediado constante enemistad entre los dos Estados:

testigo es de esta verdad Martín de Aróstegui consegero de guerra de V.M. que el año 1625 siendo Coronel nombrado por la provincia de Guipúzcoa en la levantada de gente de guerra que ella hizo, mandó echar del lugar de Irún y su contorno a más de cien franceses que estaban avecindados, y es cierto que hoy se hallan ellos y más, y no hay duda que si se da lugar a la esepcion que pretende se acabará de poblar de gente francesa y de toda suerte en gran deservicio de V.M. (OASM, 59. Cita de un documento de Hondarribia contra Irun).

¿Ante a qué vecinos siente la necesidad de reafirmarse los Cabildos de Irun, frente a los de hendaia y Biriatu, dos aldeas dependientes de Urruña, a dos leguas tierra adentro, o ante a la prepotente (sería mejor decir, aquí también, sus Cabildos) Hondarribia, que no cesa de incordialos? Tal vez no esté interpretando correctamente la intencionalidad del voto de nuestros Cabildos; pero me reafirma en esta hipótesis el hecho de que la rivalidad de las autoridades de las dos localidades se deslizaba en aquellos años a otros aspectos simbólico-institucionales. Un ejemplo:

Las autoridades de Irun ya en 1564 habían disfrazado de símbolo su intencionalidad política cuando levantaron San Juan Arri. Los hondarribiarras comprendieron perfectamente el mensaje, y exigieron la desaparición de una picota -columna donde se ejecutaban ciertas sentencias judiciales- en un concejo sin jurisdicción civil y criminal. La respuesta irundarra no se hizo esperar: no era una picota, sino que pretendía sustituir permanentemente al árbol de San Juan que se colocaba todos los años. Esto habría transformado totalmente el simbolismo del árbol de San Juan, precisamente ligado al ciclo de renovación anual de la naturaleza... si no fuera porque sabemos que siguieron colocando el árbol como antes, por ejemplo en 1833 (OASM, 152). De hecho hoy se sigue haciendo justo al lado del supuesto árbol pétreo. Más curiosa es la versión que da Gainza casi 200 años después sobre el origen de esta columna. Es un homenaje al patriotismo de un jauntxo local que incendia su torre y abrasa vivos en ella cientos de franceses -seguramente vascos y gascones, pero eso ahora no viene al caso-. Una vez más, los iruneses dispuestos a cualquier sacrificio con tal de cumplir su cometido, guardar la frontera... en un libro escrito contra el “imperialismo” hondarribiarra.

Esto no es todo. Los alardes de aquel tiempo eran formaciones municipales de hombres armados, que según las disposiciones forales habían de demostrar una vez al año que sabían utilizar las armas. Aunque se valían de música para marcar el paso, no eran manifestaciones folklóricas. Lo que a otros municipios les suponía gasto y molestia, en Irun se convertía en una reivindicación política. Militarmente, Irun funcionaba como un ayuntamiento más,[19] y más a menudo, pues se le presentaba la excusa de hacer alardes para escoltar a personalidades hasta la frontera. Y digo excusa porque disputaba ese honor a Hondarribia, en vez de ahorrarse un importante gasto. También se realizaban alardes y otras costosas actividades paramunicipales sin necesidad, como los funerales de Felipe III en 1621.[20]

El valor simbólico de afirmación municipal de los alardes queda patente en Ezkioga.[21] Deseaba independizarse de Segura desde el siglo XV y lo consiguió en 1661. En un solo año construyó una cárcel, una picota y realizó un alarde. En 1663 se unió a Gabiria y Zumarraga, ya que no podía hacer frente a tantos gastos[22].

Hondarribia es la otra cara de la moneda. Es la puerta oficial de España, por eso dispone de recias murallas y guarnición. Pero la realidad juega en su contra. Pese a todos los mecanismos legales -prohibición de compraventa, de construir edificios de piedra y oponerse a todo aquello que sugiera independencia de Irun- no puede negar la evidencia. La Provincia se pone de parte de Irun cada vez más decididamente, aunque sus contactos en la Corte permiten a Hondarribia revalidar antiguos privilegios. Supieron aprovechar al máximo el glorioso sitio de 1638, como Irun aprovechó la batalla de 1522. Así como desde un punto de vista militar la batalla de San Marcial fue un pequeño capítulo de un proceso mucho más amplio y largo, el sitio de Hondarribia evidenció que no hacía falta que cayera en poder del enemigo para que éste se adentrara hasta el puerto de Pasajes y Hernani.[23] Un viajero ilustrado del XVIII (Alberdi, EH nº 4, 36) propuso derribar las murallas de Hondarribia para fortificar Irun, algo que en cierto modo se hizo en la Primera Guerra Carlista (1833-39). Ya en el mismo 1638 se mencionó la posibilidad de derribar las murallas, argumentando que resultaban más perjudiciales que beneficiosas (Puche, Fiestas de Hondarribia ‘97, pág. 28).

En este contexto entiendo yo las procesiones de cumplimiento del voto de los dos cabildos, tanto en Irun como en Hondarribia. De todos modos, ¿a quién le importa hoy qué había tras el voto de agradecimiento a un santo francés o una virgen extremeña? Y entro así en uno de los temas de discusión histórica con que se pretende disfrazar el problema del Alarde. Una cosa es el origen histórico en el que se forma cada uno estos dos mitos cristianos; otra, el voto que se les realiza por un motivo concreto, en nuestro caso más institucional que popular -la inmensa mayoría del “pueblo”, desde luego todas las mujeres, estaban excluidas de los cabildos secular y parroquial, aunque participen en la procesión-; otra, la evolución que sufre ese carácter identificativo del voto, que acaba trasladándose al acompañamiento honorífico de la procesión de los cabildos, que son, al menos en teoría y con la historia en la mano, los únicos que pueden y deben cumplir anualmente el voto; y otra, la función de identificación colectiva que cumplen en nuestras localidades los Alardes.

Y digo en teoría y en origen, porque es evidente que ni en Irun ni en Hondarribia esto es así actualmente. El cumplimiento del voto ha pasado de ser el núcleo a ser marginal. El mejor argumento que puedo demostrar es que ha sufrido importantísimos cambios conceptuales y formales y que no ha pasado nada. Las mujeres concejales forman parte del cabildo secular, y hay niñas monaguillos en el eclesiástico de Hondarribia. Es más, en Irun el cabildo eclesiástico no se dirige en procesión desde 1981, y creo que sólo Abdón Francés Querejeta manifestó públicamente su disconformidad por esta quiebra que sufrió la tradición.



[1] Antonio Aramburu, carta 97/02/18: Nunca e (sic) pretendido hablar de Historia, y me libraré muy bien de hacerlo. De historia (con minúscula) del Alarde de san Marcial, sí.

[2] Según Aramburu, la procesión se celebró por primera vez en 1588, no en 1523. (Bidasoan, Fiestas de Irun ’98, pág. 19). No sería tan extraño como en principio pudiera parecer. En Irlanda del Norte, la procesión religiosa de los Orangistas de Portadawn, cuya tradición, supuestamente inalterable, exige el paso por un barrio católico camino de la iglesia, rememora una batalla de fines del XVII, pero fue instituida en 1807. Sobre la percepción a posteriori de la historia y la tradición, es muy recomendable el ya clásico de Hobsbawm The Invention of Tradition.

[3] La tesis que defiende Francisco de Gainza en la primera monografía histórica, si tal nombre merece este alegato ad probandum de 1736, Historia de la Universidad de Yrun Uranzu, es la siguiente: Irun = Iturissa es de nacimiento y origen tan antigua y noble como Hondarribia = Oiasso. Apenas relata nada aparte de los méritos que Irun ha acumulado durante siglos para ser un municipio independiente, y de las envidias y felonías de Hondarribia. El objetivo, como ocurre hoy, era buscar en el pasado argumentos para resolver los problemas de su presente.

[4] Sobre la etimología de Hondarribia, ver en bibliografía Loidi Bizcarrondo y Azpiroz.

 

[5] Además de dar el dato sobre la Alcaldía de sacas añade: Fuenterrabía venia siendo el pueblo de tránsito para Francia ó viceversa, hasta el año de 1497 en que se trasladó á Irun.

[6] El “dueño” por decirlo de algún modo. El sistema de patronato laico tan extendido en el País Vasco dejaba gran parte del poder de la diócesis episcopal, como la elección de párrocos o recogida de diezmos, en manos de los concejos o municipios, o de familias nobles en algunos lugares. Por ejemplo, nuestro ilustre vecino Antoine d'Abbadie d'Arrast era originario de la casa Abbadia, llamada así por ser la de los patrones laicos de  la  suletina parroquia de Ürrüxtoi (Arrast).

[7] En cierto modo Aramburu ha resumido los principales contenidos de esta polémica y la más genérica de la navarridad de Irun en su artículo Manipulaciones de “La Navarra Marítima”. Ver bibliografía.

  

[8] De hecho, a partir del matrimonio en 1160 de Alfonso VIII de Castilla con Leonor, Infanta de Inglaterra, que aportaba como herencia y dote el ducado de Gascuña, el monarca castellano comenzó una política de conexión entre sus territorios y los de su mujer. En 1200 consiguió la rendición de Vitoria y la incorporación, discutiblemente voluntaria, de Gipuzkoa, hasta  entonces sometidas al rey navarro. En 1203 concede a Hondarribia la Carta Puebla, donde el topónimo Irun es citado por primera vez. Para una aproximación al carácter de lugar de paso de Irun en esta época, con transcripción de la Carta Puebla en latín y castellano incluida, pueden leer el capítulo “La incorporación de Guipúzcoa a Castilla y el Camino de santiago, factores importantes”, del artículo de Andrés José Valencia Martín, La iglesia y la Virgen de Ntra. Sra. del Juncal. Una interpretación histórica. Ver más detalles en bibliografía.

   

[9] Pág. 30 de Los señores de la guerra y de la tierra: nuevos textos para el estudio de los Parientes Mayores guipuzcoanos (1265-1548). Ver VARIOS en bibliografía. Esta recopilación de documentos contiene dos introducciones muy interesantes, y desarrollan aspectos que yo sólo menciono acerca de la concepción de la frontera, la guerra o las relaciones familiares de la nobleza vasca de la época.

[10] Cuando me refiero a reconquista, no quiero decir que considere que aquellas tropas atacaron Irun y Hondarribia por considerarlas territorio navarro, como se defiende en La Navarra Marítima; pero pretender, como pretende Aramburu, que adentrarse en Navarra era legítima reconquista y atacar Irun y Hondarribia era ilegítima invasión, tampoco me parece una análisis certero. No es muy creíble que la recuperación de Navarra comenzara por un territorio perdido hacía más de trescientos años; pero tampoco es creíble que tropas mercenarias, que actúan según criterios militares y no patrióticos, ajusten sus objetivos a límites jurídico-administrativos, despreciando las guarniciones enemigas de retaguardia.

[11] Dice A. de Ibarrola -probablemente seudónimo de Aramburu- (Bidasoan Navidad ’1997, págs. 43-44) que tal castillo no es Gazteluzar, como él mismo creía, sino Guardiagaña, ya citado a fines del XV. Esto no haría sino reafirmar mi hipótesis de la cada vez mayor importancia estratégica de Irun. Tras una descripción de los elementos componentes del escudo, se lee el siguiente comentario en la voz IRUN-URANZU Ó IRANZU, pág. 382 del t. I del Diccionario de la Real Academia de la Historia: Parece se le concediéron por haber defendido el paso del rio Vidasoa contra los franceses.

[12] Esta idea no se devaluó con el paso de los siglos, al contrario. A mediados del XIX, cuando hacía décadas que habían desaparecido los alardes forales y se mantenía la escolta honorífica de la procesión, un francés definía así a Irun: Irun est une sentinelle de l’Espagne sur la Bidassoa. Elle n’a pas d’autre importance. Ver Cuvillier-Fleury en bibliografía.

 

[13] Según Rilova (Dueño y señor de su estado, págs. 59-60), en un documento de 1541, Hondarribia defiende que, cuando a principios del XVI fue tomada por los franceses, los que les combatían eran gentes de Irun y Hondarribia, todas ellas agrupadas bajo el estandarte de esta última población. Como argumento a su favor, llegan a aportar el testimonio del mismísimo enemigo, “ombre muy de guerra françes”. Y añade Rilova: Ni que decir tiene los irundarras, por su parte, decían y mantenían justo todo lo contrario. Más tarde cito otros autores de la época que evidencian que tanto en la batalla de 1522 como en las anteriores y posteriores, la defensa de la frontera no era exclusiva de estas dos localidades; pero éstas, en su constante rivalidad, acaban despreciando al resto de la Provincia y no dudan en recurrir al enemigo para dar mayor fuerza a sus mutuas descalificaciones.

[14] Para otra interpretación sobre el concepto de frontera en el Bidasoa, ver bibliografía: Rilova, “Marte Cristianísimo”.

[15] Incluso en fecha tan tardía como 1936 y en circunstancias tan favorables al nacionalismo español como la rebelión contra la República, Ugarte (pág. 400) interpreta así el concepto de muga entre Etxarri Aranaz y Ataun: no estaba claro que quisieran ir más allá de las lindes de su localidad. Su propósito era controlar su espacio de identidad (la Barranca en el marco navarro; España era un universo indeterminado, una entelequia, que aparece como apelación discursiva sin que afecte a las secuencias de identidad y adhesión emotiva). Por supuesto, esto es aplicable al carlismo popular, no a sus élites, y menos a la oficialidad del ejército.

[16] Este Juan de Aeza era dueño de la casa y tierras de Ibarla por herencia de su padre, un suletino de la casa noble de Ahetzia, que se había casado con la señora de Ibarla (Uranzu, Un pueblo, 91). Pero Garibay explica que antes había sido cortesano de Fernando, como hijo de la casa de Ibarrola que era. La sangre de los antepasados no le punçó hasta que vio ocasión de tomar venganza. Otro apasionante tema que dejo aparcado, pero que no me resisto a plantear: ¿basta la mitad de la sangre para punçar, la sangre de verdad sólo se hereda por vía paterna?

[17] Para profundizar en el tema, por ejemplo, “Fueros, nobleza universal, honor y muerte”, de Rilova. Ver bibliografía.

[18] El concepto de vecindad se refiere a las casas más cercanas; el concepto de barrio era difuso, sin límites claros, al menos en Irun. Aramburu (Los siete barrios de Irun, pág. 200. A partir de ahora esta obra se citará con las iniciales SBI) confronta un plano de 1896, donde Aginagako Saroia es citado como del barrio Meacar, y el testimonio de los habitantes del caserío, que se consideran del barrio Bidasoa. Toda la obra está plagada de casos parecidos o más curiosos, como barrios enteros que aparecen y desparecen en la documentación. El Alarde de San Marcial refleja este concepto de proximidad territorial por encima de barrios "oficiales". Siguiendo con el ejemplo anterior: los habitantes de Aginagako Saroia han podido desfilar sin reparo en las compañías de Meaka, Bidasoa y/o Gaztañalde.

[19] No era caso único. Sin salir de la jurisdicción hondarribiarra: El lugar de Pasages (de San Juan, como especifica un poco más adelante) de la banda oriental, à pesar de su dependencia de la jurisdiccion de Fuenterrabia, conservó siempre su gobierno económico propio. Así es que elegía sus regidores, diputados y jurados: administraba sus propios y rentas: recibía las cuentas a quienes debían darlas: proveía los beneficios de su iglesia parroquial: en fin, ejercía los demás actos pertenecientes al régimen municipal. En cuanto al servicio militar tuvieron entre sí algunas diferencias; pretendiendo Pasages conservar igual independencia, y alegando Fuenterrabia su superioridad (Gorosabel, Diccionario, pág. 406). A este respecto: Por esta sentencia (de 1675) se declaró tambien que el lugar de Pasage en lo militar debía depender inmediatamente de la provincia y de su coronelía, salvo cuando Fuenterrabia tuviese órden de la provincia para darla á los lugares de su jurisdiccion, y en los casos de honras reales y levantamiento de pendones (ib. 184). Sobre la relaciones de Hondarribia y las localidades bajo su jurisdicción, consúltese la obra de Rilova, Dueño y señor de su estado.

[20] OASM, pág. 53. Noticias más detalladas del Irun de estos siglos en las monografías de Múgica e Izquierdo.

[21] Hoy conocida como Ezkio. Actualmente forma parte del municipio Ezkio-Itsaso.

[22] Datos citados por Manu Izagirre y Alberto Santana en la presentación del proceso restaurador del caserío Igartu Beitia en 1998. Juan Antonio Urbeltz también los recoge en Alardeak.

[23] ¿Qué habría pasado si Hondarribia hubiera cedido? Poca cosa; no se trataba de una invasión territorial permanente, sino un capítulo más de las maniobras de acoso francés a una monarquía ibérica muy debilitada por problemas internos: separación de Portugal y Cataluña -Francia se acabó quedando definitivamente con el Rosellón y la Cerdaña tras la Paz de los Pirineos de 1659, firmada en la Isla de los Faisanes-, además de revueltas nobiliares en Aragón y Andalucía. Los franceses no consiguieron conquistar la plaza, pero sí distraer tropas y dinero para levantar el sitio. Añádase la acción de una armada al mando del arzobispo de Burdeos, que se dedicó a arrasar la flota cantábrica. Todo esto se inserta en el marco europeo de la Guerra de los Treinta Años. Como en 1522, no éramos ni los peones, sólo el tablero de ajedrez de las majestades de turno.

 

 
Volver a Página principal
 
atrás
adelante