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Dime de qué alardeas

Xabier Kerexeta Erro

Historiador

 

 

Indice

  1. PRESENTACION

  2. EPISTOLARIO

  3. IRUN, CIUDAD FRONTERIZA

  4. FOLKLORE Y SOCIEDAD

  5. LA HISTORIA LOS JUZGARÁ... O AL REVÉS

  6. LA HISTORIA OFICIAL

  7. IZENA DUEN GUZTIA OMEN DA... BAI, BAINA ZER DA?

  8. CUANDO LA HISTORIA SE SUSTENTA EN PALABRAS, NO EN DATOS

  9. DE TOPONIMIA Y ALGO MÁS

  10. HISTORIA SAGRADA

  11. ¿Y DESDE LA PARTICIPACIÓN FEMENINA IGUALITARIA?

  12. BIBLIOGRAFIA

 

 

LA HISTORIA LOS JUZGARÁ... O AL REVÉS

La tradición folklórica no ha sido la gran máscara de discurso oficial en torno al Alarde. Ese honor ha recaído en la historia, y no ha surgido en 1996, sino dos décadas antes. Aquí hay dos versiones, la que defiende que el Alarde es una escenificación de los acontecimientos de 1522, y la que busca el origen en las milicias forales. La Ordenanza Municipal de 1980 mezcla las dos sin el menor pudor histórico:

  Art. 1º - El Alarde de San Marcial es la rememoración de la Muestra de Armas y Revista de gentes de las Milicias Forales.

Desde 1804 se unificaron este Alarde y el voto emitido por los Cabildos eclesiástico y secular de Irún, para ser celebrados el día 30 de Junio de cada año.

1. Artikulua.- San Martzialeko Alardea Foru Milizietako Jendearen Arma Erakustaldi eta Begiztapenaren oroitzapena da.

1804tik aurrera, Alarde honek eta Irungo apaiz eta herrigizonek zin egindakoak bat egin eta urtero ekainaren 30ean ospatzeko erabakia hartu zuten.[1]

           

Olvida la Ordenanza que la Muestra y el Voto se unieron en 1804... hasta 1807, y de hecho aquel año la procesión se celebró el seis de julio con el habitual acompañamiento armado de ochenta mozos (OASM, 126), no con un alarde foral obligatorio para todos los varones hábiles. Iguiñiz, que da por buena la versión de Aramburu, llega a hablar de que en 1804 se unen “definitivamente” voto y muestra, justo dos páginas antes de contarnos cómo tal unión duró tres años (Iguiñiz, Un día, 20; incluso esto merece matización, como desarrollo después). Más grave es lo que hace la Ordenanza, puesto que también ha olvidado explicar a santo de qué viene lo del voto, y por qué el día 30 de junio.

La petición de prueba pericial

En la demanda que interpuso BAE, el Ayuntamiento e Irungo Betiko Alardearen Alde basaron su defensa en argumentos históricos, y aquí la confusión roza el escándalo. Que el bajo el nombre de Alarde la revista de armas foral y la procesión se unieran podía ocurrir, aunque entonces el sentido de una u otra o ambas hubiera de transformarse para hacerlas compatibles en un solo acto. Pero lo que pidieron se peritara es lo siguiente:[2]

            a) Que el Alarde de San Marcial es la rememoración de la victoria del 30 de Junio de 1.522, día de San Marcial, por parte de las milicias forales o populares de Irún, sobre tropas francesas, con escenificación de dichas milicias tal como aconteció en el pasado histórico.

Esto no son dos cosas diferentes que se unen en 1804, sino que las palabras se mezclan sin sentido. Intentaré desglosarlas.

Ahora, aunque la Ordenanza dice otra cosa, la Rememoración no es de las milicias forales, sino de la victoria. Dicen que victoria de las milicias forales, pero para recordarlas no hacía falta ninguna victoria, pues la muestra de armas y revista de gentes, es decir, el alarde, se celebraba todos los años, antes y después de 1522.

¿Victoria de las milicias forales? Peor aún, se atreven a escribir Milicias forales o populares (¿qué documentación cita la palabra populares?[3]). ¿Quiénes las formaban? Ellos mismos proponen, en el apartado c) de su petición de peritaje:

            Que el que se ha denominado como sistema de milicias forales o populares consistía en que, como consecuencia de los Fueros de Gipuzkoa, se llamaba en todos los municipios a los varones comprendidos entre las edades de 18 y 60 años, anualmente, con el fin de que tuviesen el armamento preparado en caso de necesidad y que ellos mismos estuviesen adiestrados en su uso. Pero que la desaparición posterior del sistema de milicias forales o populares, haya situado en el Alarde de San Marcial en el elemento principal que supone la rememoración de la victoria obtenida por las milicias forales el 30 de Junio de 1.522. Que por esa razón, el Alarde de San Marcial se ha orientado a la rememoración de aquella vistoria (sic) del 30 de Junio de 1.522, rememoración que exige la presencia de las milicias forales o populares que fueron las que consiguieron la victoria. Que, por tanto, el Alarde de San Marcial se asienta en la rememoración de la victoria de San Marcial, por las milicias forales o populares entonces existentes.

Antes confusión, ahora caos. Queriendo o sin querer, mezclan conceptos nuevos en la acepción de los antiguos, y los antiguos con nuevo significado: Alarde = Revista; milicias = Alarde; Alarde de San Marcial =  Alarde foral el día de San Marcial.  De hecho, los mismos términos se repiten constantemente (en las 9 líneas del texto original, 4 veces milicias forales o populares, otras tantas victoria y rememoración; 3 veces Alarde de San Marcial y otro San Marcial más, de propina). No es de extrañar que el profano en la materia, es decir, la inmensa mayoría de la gente, se pierda en la maleza. Pero el perito no se desorientó.

La revista o alarde, como dice el apartado c), debía realizarse anualmente en cada municipio (ahora no entro en controversias acerca de la municipalidad irundarra). En Irun, obviamente, participaban los de Irun, en Oiartzun los oiartzuarras, etc. Pero si había amenaza de invasión o guerra, todos los guipuzcoanos estaban obligados a vigilar la frontera. Es evidente que irundarras y hondarribiarras tenían especial interés en ello, pero no estaban solos a la hora de luchar. Por lo tanto, no hay que presuponer al hablar de victoria de las milicias forales el día de San Marcial que sólo gentes de Irun y de ningún otro sitio participaron en ella, pese a que así lo afirma el apartado a). Por ejemplo, en Garibay, 532: Para esta sazon ya las gêtes de la tierra de las compañias del sueldo de los dichos dos Capitanes Azcue y Ambulodi, y las demas de la tierra de Yrun y Ojarçû y Rêteria. Ya entre los propios guipuzcoanos participantes en la batalla se distinguían los paisanos que se adhieren a este ataque concreto, y los que andaban encuadrados en compañías a cambio de una paga, instigando constantemente al enemigo. Sin embargo, en la defensa judicial “betiko”, al definir las milicias se habla sólo del alarde anual en tiempo de paz, y no de toda la organización bélica foral. Esto es como afirmar que la “mili” y el Ministerio de Defensa son la misma cosa.[4]

Más grave todavía. Si la victoria la consiguieron las milicias forales, y sin tener en cuenta que estaban formadas por guipuzcoanos, que por supuesto ni formaban parte ni falta que les hacía en los alardes organizados por el concejo irundarra, ¿dónde quedan las tropas a sueldo del rey, que habitualmente se alojaban en Hondarribia y San Sebastián? El responsable de tales tropas, D. Beltrán de la Cueva,  ...estuuo atras, respondiendo, auerle embiado el Emperador, mas a defender la villa de San Sebastian, que a la tierra llana, y a esta causa, don Beltran no tenia a esta sazon de sueldo ordinario mas gente que esta (...) Con esto, don Beltran, mas por ver el animo de las gentes de la tierra, que por conseguir su parecer, saliò de la Renteria con la mayor parte de sus soldados, y obra de ciento y cincuenta hombres de a cauallo, haziendo este numero los veynte y quatro ginetes,que Ruy Diaz de Rojas tenia en Yrû. (Garibay, 532)

No es de extrañar que tampoco citen el nutrido grupo de mujeres y niños organizado por el clérigo renteriano Pedro de Hiriçar, que con hachones encendidos se dedicaron la noche de San Pedro a San Marcial a realizar maniobras de distracción ante el enemigo con riesgo de su vida, ya que, como bien dice Pedro Mª Esarte, podría haber ocurrido una carnicería si les hubieran atacado en la oscuridad. Así lo cuenta Garibay, pág. 533: ...resultando este ardid y cautela en mucha vtilidad: porque como despues los mesmos enemigos confessaron, todo su recelo era por la parte de Yrun, y no por lo alto de la montaña, de donde les vino el daño.

Volviendo al apartado a), la victoria se logró sobre tropas francesas. Ya he dicho que se ha discutido mucho acerca de si estos franceses eran navarros, pro-navarros, vascos continentales, gascones, lansquenetes alemanes, etc. Un tema apasionante, el de la evolución que ha sufrido la conquista de Navarra en la historiografía según los condicionantes políticos de cada época; pero como los “betikos” lo eluden, lo dejo sin desarrollar.

Mucho más importante es destacar con escenificación de dichas milicias tal como aconteció en el pasado histórico. Queda más claro en el apartado d) de la petición de peritaje:

            Que la rememoración mencionada se realiza mediante la escenificación del hecho histórico tal como fue, lo que supone escenificar el acceso al lugar de la ermita de San Marcial, y escenificar a los participantes de la victoria, que fueron las milicias forales o populares.

            No hay que ser un experto en historia para saber que el Alarde no escenifica una batalla, ni mucho menos una victoria. ¿Dónde están los ropajes, las armas, las músicas del siglo XVI? La coreografía del Alarde es decimonónica, porque se crea a partir de 1881 sobre patrones novedosos en la escenificación del voto.[5] El escenario del Alarde no es el monte, sino la calle, concretamente muchas calles que en el XVI ni existían. Teniendo en cuenta que estos puntos pretenden ser un argumento legal de discriminación femenina, no se puede descartar la mala fe cuando se plantean de este modo las cuestiones a dilucidar en un informe pericial.

            Si se lee con cuidado, se aprecia que no se cita la batalla de San Marcial, el término usual hasta ahora al hablar de aquel hecho, sino la victoria, palabra repetida hasta la saciedad, del mismo modo que milicias forales o populares. ¿Tal vez para menospreciar la imprescindible colaboración de mujeres y niños, entendiendo por victoria sólo el momento culmen de puesta en fuga del enemigo? Así lo defiende Aramburu en “A quien miente por sistema se le llama mentiroso, o mentirosa”, Bidasoan, Primavera 2001, pág. 66:  Además, estos “mozos y mujeres”, lógicamente, no participaron en la batalla, sino como táctica de desorientar al enemigo, a respetable distancia, recorriendo el camino real con hacha ardiendo. ¿Qué necesita Aramburu para considerar  que se ha participado en la batalla, lucha cuerpo a cuerpo, o al menos lanzamiento de proyectiles? Me da la impresión de que es más estricto que los contemporáneos, ya que según Garibay, resultando este ardid y cautela en mucha vtilidad: porque como despues los mesmos enemigos confessaron, todo su recelo era por la parte de Yrun, y no por lo alto de la montaña, de donde les vino el daño (Garibay, 533). No es sólo la interpretación de un historiador de época confrontada con otro actual. El capitán general D. Beltrán de la Cueva, cuando daba las gracias a los participantes en la batalla, dirigió estas palabras a Pedro de Hiriçar: a Mossen Pedro de Hiriçar, no podra dezir el Emperador, que en este dia nos da en balde de comer (ib., 535). Hiriçar fue quien proveyó de teas y dirigió a aquellas mujeres y mozos por un camino por el que el enemigo, acantonado en Hondarribia, ya había efectuado incursiones nocturnas. Que los tiros y las estocadas acabaran dándose a respetable distancia -¿a qué distancia de un frente de batalla se acercarían ustedes de noche y con teas para llamar la atención del enemigo?- es algo que se supo después.

El caso es que en la reinterpretación histórica de la batalla sólo quedan las famosas milicias forales o populares, y en aquellas milicias no había mujeres, volviendo a despreciar a Garibay. Aunque en Irun es ya un clásico reeditado, la monografía histórica de Múgica recoge una cita de Garibay y comentario posterior del propio Múgica que no ha salido a relucir en toda esta polémica histórica sobre la mujer en el Alarde. Que los “betikos” ni lo mencionen era de esperar, negando como niegan la evidencia en el propio desarrollo de la batalla; pero que BAE no la haya utilizado demuestra que no son los argumentos históricos los que legitiman su postura. Les recuerdo esto porque Aramburu les acusa de mentir y tergiversar la historia constantemente. Lean a Garibay y juzguen ustedes:

hablando de solas las mujeres y doncellas de la misma región (Oiartzun), puedo como testigo ocular afirmar que cuando el 31 de julio, sábado del año 1558 los hijosdalgo de Guipúzcoa entraron en Francia (...) que así entraban ellas en tierras de los enemigos como si fueran a bodas. Esto, aun si sucediera con buen temporal, parece que no era de tanto encarecimiento, pero aunque nuestra entrada fue con aguas muy crecidas, atravesaban ellas el río Vidaso con ánimo más que de mujeres, yendo las unas cargadas de vituallas, otras de vestidos, otras de armas, otras de otras cosas necesarias para la milicia, sirviendo las unas a sus padres, las otras a sus hermanos, deudos, parientes o amos.[6] 

Y añade Múgica, que es quien inserta este texto en su Monografía Histórica de Irun: No nos parece aventurado ni temerario suponer, que no serían las de Oyarzun las únicas que observasen tan varonil comportamiento en aquella ocasión, sino que las hijas de Irún rivalizarían con ellas en celo y decisión por prestar ayuda a las fuerzas guipuzcoanas, que entraban en territorio labortano, sembrando en torno suyo el terror y la alarma. (pág. 125)

Lo que no cuenta es que seguramente se dieron al robo y saqueo,[7] como las hondarribiarras en 1636: los guipuzcoanos, pasado el río Andaya, a pesar de los franceses, con el agua a los pechos. Luego tomaron el lugar de Urruña, entrando los hombres por una puerta a cuchilladas, y trescientas mujeres que los seguían por otra con asadores y piedras y palos, y éstas hicieron grande estrago, saquearon el lugar y le pusieron fuego. Pesóle al coronel don Diego de Isasi, mandólas retirar que no siguiesen.[8] (Quevedo, F. 1960: Obras completas, 938-953, citado en el informe de Eusko Ikaskuntza). Como en el sitio de 1638, las mujeres aparecen obedeciendo órdenes de militares, cosa pretendidamente ridícula y carnavalesca si el militar es de mentirijillas, como nuestro general o burgomaestre. En aquel sitio,[9] tal vez fue el miedo a una segura revancha lo que animó a unas cien mujeres a presentarse formadas y armadas, dispuestas a la defensa de la muralla y a asistir a enfermos y recoger cadáveres y entregarse sin descanso a trabajos de fortificación en el sitio, ya que, según Moret:[10] 

Advirtiose tambien, que al punto que se dio fuego á las minas, se metieron en chalupas mas de cien mugeres de Endaya. Tan satisfechos estaban del vencimiento, que asta las mugeres se remangaban para el saquéo.

Las mujeres de Irun, Oiartzun, Hondarribia y Hendaia se dedicaban 1) a las tareas de intendencia, encargándose de comida, vestido y armas para que los hombres se pudieran dedicar exclusivamente a guerrear; 2) a fortificar posiciones para que los hombres guerrearan con mayor seguridad; 3) a distraer tropas enemigas con añagazas para que los hombres pudieran guerrear desde una posición ventajosa; 4) a curar enfermos y heridos, muchos de los cuales habrían muerto sin tal asistencia -amén de dar digno trato a los muertos, fundamental en el pensamiento cristiano de la época- para que los hombres pudieran seguir guerreando con mayor comodidad y estímulo; 5) a recoger el botín y ponerlo a buen recaudo en la retaguardia para que los hombres siguieran guerreando sin arriesgar lo ya ganado. Es decir, las mujeres de la frontera rara vez (¿quién pondría su mano en el fuego jurando que nunca lanzaron una estocada o un disparo?) luchaban directamente con armas “oficiales” en la mano, pero sin ellas el sistema de defensa fronterizo no habría sido tan eficaz como lo fue hasta el siglo XVIII. Hay que reconocer que su trabajo era el menos lucido, pero imprescindible para cumplir los objetivos militares.

            El siguiente punto a dilucidar en el informe pericial me reafirma en la interpretación de mala fe que he hecho anteriormente:

            Que la escenificación de esas milicias forales o populares, supone reproducir a las mismas tal como fueron, y como estaban formadas únicamente por varones, tal como se ha dicho, su escenificación exige poner en escena, única y exclusivamente, a varones.

¿Dónde quedan entonces las cantineras? ¿Y los hombres que en aquella época foral no tenían derecho de vecindad, ni siquiera de residencia, y que desde hace más de siglo y medio se avecindan y residen en Irun, acaso tienen derecho a participar en el Alarde? ¿Que quiénes son? Todos los de origen africano, asiático, americano o de Oceanía, aun siendo católicos, pues serían “cristianos nuevos”, no cristianos “desde siempre”. Entre los de origen europeo, quedaban descartados todos los no católicos, y por el mismo motivo que los de otros continentes, todos los católicos que tuvieran siquiera un solo antepasado moro, judío, penitenciado del Santo Oficio, ya sea por brujería o cualquier otra disidencia herética, agote, gitano o cualquier otro origen “oscuro”. Todos los que no pudieran demostrar “limpieza de sangre” era excluidos. ¿Cómo saber quién era “limpio de sangre”? Fácil, exigiendo demostración de hidalguía, que es el grado mínimo de nobleza:

La Recopilación de Leyes y Ordenanzas de la M.N. y M.L. provincia de Guipúzcoa de 1583, hecha por López de Zandategui y Cruzat, reza en su título XLI:“de los que no se pueden avecindar en esta provincia de Guipúzcoa”, ley 1ª: Que ningún cristiano nuevo ni de linaje de ellos no se pueda avecindar en Guipúzcoa y que los que estuvieren, salgan dentro de seis meses. Primeramente, porque la limpieza de los caballeros hijos dalgo de esta muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa en tantos años con tanta integridad conservada no sea ensuciada con alguna mixtura de judíos o moros o de alguna raza de ellos...  Ley 2ª: Que ninguno que no sea hijo dalgo, sea admitido en Guipúzcoa y, cuando viniere de fuera, los alcaldes a costa del concejo averigüen si es hijodalgo y, no lo siendo, lo echen y, si por falsa relación se averiguare que está alguno, sea echado y pierda los bienes que tuviere. ...en esta provincia y en las villas y lugares de ella no sea admitido ninguno que no sea hijo dalgo por vecino de ella ni tenga ni pueda tener domicilio ni naturaleza en la dicha provincia... y a los que no fueren hijos dalgo y no mostraren su hidalguía, los echen de la provincia...”

Comprendía, por consiguiente, no solamente á los extranjeros de España, sino también á los navarros, castellanos, aragoneses y demás nacionales, que no acreditasen su nobleza e hidalguía, declarada y reconocida en virtud de una sentencia ejecutoria en tribunal competente (Gorosabel, Noticias, t. I. pág. 297).

Por ejemplo, nuestro actual alcalde, Francisco Alberto Buen Lacambra, de origen aragonés, no sólo no podría haber sido alcalde, que eso en la práctica era muy difícil incluso para la mayoría de naturales de la Provincia, ni siquiera vecino, a no ser que demostrara ser de familia hidalga. Y los expedientes de hidalguía solían ser muy caros, con lo que se cerraba el paso a inmigrantes de pocos recursos, que es uno de los motivos que en el fondo se escondían tras ese afán de pureza. Gipuzkoa y Bizkaia eran territorios pobres en cereales, pero ricos en hierro y puertos comerciales; por ello interesaba a la Corona de Castilla que disfrutara de ventajas fiscales y aduaneras una población relativamente abundante y estable asentada en terreno poco fértil. Tal vez nuestro señor alcalde habría conseguido estar de paso, o de forma ilegal, siempre a merced de unas autoridades hipócritas que hacían la vista gorda en tiempos de bonanza, pero reservándose el derecho a aplicar la ley a quien les resultara molesto.[11] Más o menos como ahora; ¿conocen ustedes a algún extranjero de estancia ilegal que haya hecho la mili? Pues apliquen otro tanto al alarde. Si hoy día se aplicara con rigor ese criterio histórico, ¿cuántos iruneses “de verdad” quedarían para representar en el Alarde las milicias forales -históricamente el término populares para referirse a dichas milicias es una falsedad- que escenificaran la victoria tal como aconteció en el pasado histórico?

Bien es cierto que el mismo Gorosabel, en el párrafo siguiente, afirma:

Felizmente la provincia ha sido en general bastante tolerante y aun prudente en el uso de tan terrible facultad gubernativa. Si es cierto que ha exigido la circunstancia de posesión de la hidalguía para el ejercicio de los cargos públicos municipales y provinciales, apenas se citará un ejemplar de que jamás haya decretado la expulsión de ningún español de su territorio, por el solo hecho de no tener aquella calidad.

Nuestro actual alcalde no lo habría sido hace dos siglos, pero habría podido “residir”, al igual que muchos extranjeros en la actualidad, sin derechos políticos. ¿Habría podido integrarse en el alarde foral sin problemas, como asegura que hizo en 1970 en la compañía de Anaka del Alarde de San Marcial?[12]  Si le aplicáramos el rigor histórico que él mismo exige al Alarde del siglo XXI, mucho me temo que no:

y que preciandose de lo que les obliga su nobleza, de que se deriva tanta en estos Reynos, estan siempre con sus armas en defensa de la entrada de naciones estrangeras á estos Reynos para acudir con suma presteza, como suelen á las partes en que se debe hazer la resistencia, no admitiendo entre si ninguno que no sea notorio hijodalgo, como tampocole admiten en los oficios, Juntas y elecciones de ellos, y que en las ocasiones ordinarias de nuestro servicio de mar, y tierra, es notorio la particularidad, y efecto con que la dicha Provincia, y los de ella, con el estimulo de su Nobleza, han acudido y acuden con tanto fruto á nuestro servicio, empleando en el, la sangre, vida, y hazienda (...) Ordenamos, y mandamos, que ningun hijo de Clerigo de Orden Sacro, pueda obtener en esta dicha Provincia, sus Villas y Lugares, ningun oficio publico, ni ser elegido para ellos, ni entrar en Concejo, Junta, ni Alarde, en que entran, y acostumbran entrar los nobles Hijosdalgo de esta dicha Provincia, sus Villas, y Lugares (Nueva Recopilación de los Fueros, págs. 9 y 10. El documento citado es de 1640).

En OASM, 122, hallamos la siguiente cita de 1796, por si no estaba claro: el restablecimiento de los Alardes anuales, sin que puedan concurrir a ellos los que no sean Nobles, y Originarios...

El último punto planteado al informe, y así lo recoge el perito, no tiene ni sentido:

            f) Que esta rememoración se ha producido desde siempre, y desde 1881 se viene realizando en los mismos términos actuales de modo ininterrumpido.

No tiene sentido porque en historia nada es “desde siempre”. Ni siquiera es válido a partir de 1881, ya que se interrumpió durante la Primera Guerra Mundial y en la Guerra Civil; en 1976 se convierte a la tarde en una manifestación de protesta por la detención de un “soldado”, y qué les voy a contar de 1997, cuando la única compañía que hizo el Alarde fue la mixta, aunque el alcalde que en época foral no lo habría sido se negó a entregarle la bandera municipal y declaró oficialmente suspendido el Alarde. Pero eso no es lo importante. Lo importante es en los mismos términos actuales. Todos los cambios formales, funcionales y conceptuales son fruslerías. Sólo la integración de la mujer sería un cambio tal que trastocara, dejara sin sentido el fundamento mismo del Alarde. ¿Por qué? ¡Vaya usted a saber! Pero yo intuyo que los motivos no son precisamente históricos.

Semejantes “argumentos” fueron incapaces de hacer ganar el juicio. Al contrario, éste sirvió para evidenciar las contradicciones e incoherencias del discurso “betiko”, incluidas las del libro Orígenes del Alarde de San Marcial. Las milicias forales, de Aramburu, que fue incluido como “prueba histórica” por la parte demandada. De todos modos, aunque el veredicto da por bueno el informe pericial, va mucho más allá y reconoce que la realidad no se puede someter a criterios del pasado, y que los acontecimientos históricos no pueden ser esgrimidos para negar los derechos de las personas.

Y dale

Sin embargo, en el recurso 3/2241-98 interpuesto el 17 de marzo de 1998 en la sala 3ª del Tribunal Supremo de Madrid, de nuevo se recurre a la historia, una vez más utilizando un discurso embrollado que no tiene más objetivo que dar apariencia de verosimilitud a un cúmulo de falsedades históricas.

La parte recurrente (pág. 9) niega que el informe pericial aporte nada fundamental, cuando lo fundamental del informe es el reconocimiento de que el “Alarde de San Marcial” es una manifestación folklórica que cumple una función operativa en la sociedad irunesa, la de reafirmarse periódicamente. Esa manifestación folklórica, si carece de algo es precisamente de rigor histórico, un rigor histórico que sólo interesa a la parte contraria en lo que respecta a la participación femenina igualitaria. Aunque lo importante del rito es su operatividad, se parte de una premisa histórica falsa, que la rememoración histórica gira en torno a las milicias forales, y no a la batalla del 30 de junio de 1522, día de San Marcial.

El artículo segundo de la Ordenanza Municipal de 1980 explica claramente que el Alarde es un “acto de servicio voluntario encaminado a dar cumplimiento a la promesa de nuestros antepasados”. Las revistas de armas no eran un acto voluntario, sino obligatorio, y no cumplían ningún voto. Es en 1980 cuando la Ordenanza, que evidentemente no fue redactada por profesionales de la Historia, decide que oficialmente el Alarde será a partir de entonces una rememoración de dichas revistas de armas. El objetivo político de esta nueva interpretación queda suficientemente explicado en el informe pericial.

Se niega incluso rigor metodológico al informe por hacer uso de Ordenanzas que no se consideran municipales, ya que esta localidad obtuvo jurisdicción civil y criminal en 1766. Hasta entonces, las Ordenanzas de Irun se habrían hecho para Hondarribia, lo que explicaría que éstas no citaran ni el Alarde ni el voto contraído únicamente en Irun. Este argumento roza la mala fe. Que Irun no fuera un municipio totalmente independiente no significa que no tuviera su propio término limitado por mojones, sus propias autoridades civiles (dependientes en  lo que respecta a la jurisdicción civil y criminal de Hondarribia, pero con una amplia capacidad de gestión y administración de sus propios asuntos) y parroquiales. ¿Quién sino los cabildos secular y eclesiástico hicieron el voto por la victoria de San Marcial? ¿Quién sino la corporación organizaba los alardes según reglamentaba la Provincia? De hecho, no es el informe pericial, sino las cuestiones a peritar propuestas las que pretender que el actual Alarde tiene su origenen las milicias forales, ya que se llamaba en todos los municipios a los varones comprendidos entre las edades de 18 y 60 años... Luego volveré con esto, y quien lea con atención intuirá qué sesudo historiador estaba detrás de estos argumentos.

El razonamiento de que hasta la Ordenanza de 1980 no se cita el Alarde como rememoración de las milicias forales porque en el franquismo difícilmente se podía hacer la más mínima referencia a los Fueros cae por su propio peso. Los Fueros son abolidos en 1876, incluidas las peculiaridades militares que comprendían. Aunque la parte recurrente no lo cita explícitamente, ni mucho menos lo documenta, insinúa (la insinuación es una de las grandes estrategias “betikos”, de tal modo que sin decir nada llevan a quien les escuche a conclusiones falsas; así, si alguien se las echa en cara, recurren al texto original y exigen una interpretación literal) que este hecho da origen al actual Alarde de San Marcial al quedar suprimidas las milicias forales.

De 1876 a 1936 no sólo se podía hablar de cualquier cuestión foral, sino que los Fueros, Fueros sí, Fueros no, Fueros interpretados de un modo u otro, a favor, en contra, con objeciones... eran uno de los grandes ejes de discusión política de esa época. Sin embargo, no hay ni una sola referencia a que el Alarde de San Marcial que nace y se desarrolla en la década de los 80 del XIX, justo después de la abolición foral, nazca como representación, reivindicación o rememoración de las milicias forales. Incluso se podría interpretar que el nuevo Alarde, compuesto por los elementos básicos de sus ejércitos coetáneos, tuviera como finalidad justo la contraria. No sólo no tendría un carácter foralista ante el centralismo e imposición del servicio militar español, sino más bien el de legitimar y hacer atractiva la nueva institución militar que tan mal recibimiento había tenido. Para ello se aprovechó una procesión que en 1880 celebraba no una, sino las dos batallas de San Marcial, tras los pertinentes permisos de autoridades tan poco forales como el gobernador civil y la autoridad militar de la villa (OASM, 185).

Por cierto que la última batalla, la de 31 de agosto de 1813 -el mismo día que los aliados quemaban San Sebastián tras un lustro de relativa buena vecindad con el invasor francés- fue la última gran gloria de las armas españolas contra las francesas. A partir de entonces el antagonismo francés/español se transforma en realista/constitucionalista. La nacionalidad ya no es el criterio para decidir quién es aliado o enemigo, sino la ideología. ¿Por qué creer que en 1881 esas mismas autoridades centralistas permiten un acto foral y/o foralista, en vez de jalear otro más favorable a sus intereses?

Yo planteo la hipótesis de que el nuevo Alarde sustituyera al escuadrón honorífico que escoltaba la procesión de los cabildos con la finalidad de buscar un elemento de cohesión en una sociedad dividida en vencedores y vencidos tras un conflicto especialmente sangrante en Irun como fue la Segunda Guerra Carlista: hay un enemigo histórico común claramente reconocible, el francés, pero que ya entonces, tras décadas de buena vecindad, sólo guardaba resonancias simbólicas, como pudiera ser el francés en el carnaval gallego de Liñares (Avión, provincia de Ourense),[13] el moro en las fiestas del Levante español o el turco en las pastorales suletinas.[14] En los años de la Primera Guerra Mundial el Alarde es suspendido para que los vecinos del otro lado de la frontera no sufrieran el agravio de ver celebrar una victoria contra las armas francesas en momentos tan críticos. Ninguna de las voces que se alzaron contra esta suspensión y contra intentos anteriores adujo que no se celebraba una victoria, sino que se rememoraban unas revistas de armas de época foral (OASM; 207; 214). En 1919, cuando se plantea reanudar el Alarde, se decide invitar a las autoridades de la vecina Hendaia a participar en la misa de San Marcial que se hará en recuerdo de todos los contendientes, vencedores y vencidos, de aquella batalla. No se invita a ninguna autoridad civil o militar que represente al Estado francés, heredero administrativo de aquellos monarcas (el reino de Francia y el de Navarra independiente se unieron bajo la misma Corona en 1620) que enviaron  sus tropas contra las del monarca castellano, tropas del Estado español que no son las que componen el Alarde.[15] Dos localidades que en el siglo XVI dependían administrativamente de Hondarribia y Urruña, pero que acabaron superándolas  económica y demográficamente, celebran por medio de sus autoridades un acto folklorizado del paradigma de lucha del bien contra el mal, sin que ninguna de las dos se sienta agraviada, sino al revés, reforzadas mutuamente  en su identidad gracias a la existencia de su vecina al otro lado del Bidasoa.[16]

De 1936 a 1975, en el franquismo difícilmente se podría hablar de milicias forales. ¿Por qué no? Desde luego, de Fueros se hablaba. En los libros (ver bibliografía) que tratan de la organización militar en época foral, no se hace referencia a la relación con sus supuestas manifestaciones folklóricas.[17] Entre las tropas que tomaron Irun en septiembre de 1936 tuvieron especial protagonismo los carlistas de Navarra, y entre las primeras autoridades que el nuevo régimen impuso en esta localidad no faltaban carlistas. Es sabido que el carlismo defendía los Fueros públicamente y sin reparo. ¿Por qué habrían de ocultar en Irun que el motivo principal de sus fiestas rememoraba un acto foral, por miedo a que se interpretara como un acto de deslegitimación o subestima del ejército español? Las milicias forales guipuzcoanas colaboraban con las tropas del monarca castellano acantonadas en San Sebastián y Hondarribia cada vez que la frontera se veía amenazada, entre otras muchas batallas, en la de San Marcial de 1522, donde las milicias guipuzcoanas[18] y las tropas reales, como habían hecho antes y harían después, combatieron juntas contra las tropas pagadas por el monarca francés, sin preocuparles lo más mínimo que entre ellas se encontraran navarros o laburdinos, que desde un punto de vista lingüístico y cultural formaban parte del pueblo vasco, o que buscaran la reconquista del Reino de Navarra.

Es entre 1976 y 1980 cuando se crea la teoría de que los Alardes de Irun y Hondarribia rememoran las revistas de armas forales, en plena transición política y fortalecimiento del nacionalismo vasco.[19] La explicación de por qué se da un nuevo sentido “foralista” al Alarde, también recogida en el informe pericial, está íntimamente ligada al concepto de “Pueblo Vasco” que utiliza la parte recurrente. Hablar de pueblo vasco, con minúsculas, como concepto étnico, lingüístico, cultural, etc. es legítimo en la actualidad y en el pasado. Pero hablar de “Pueblo Vasco”, con mayúsculas, y como si tuviera una identidad jurídica propia para referirse a la abolición foral es históricamente reprobable. Los regímenes forales abolidos fueron los de cada uno de los tres territorios que actualmente conforman la Comunidad Autónoma Vasca. Navarra mantuvo su propio régimen foral consecuencia de la “Ley de modificación de los Fueros” de 1841, y los territorios que ocupa el pueblo vasco en el Estado Francés habían perdido sus respectivos regímenes jurídicos en 1789. Más grave es la afirmación “en contra de la voluntad del Pueblo Vasco”, porque presupone que todo el conjunto de personas que lo conforman tenía exactamente la misma opinión, o peor aún, que existe una “voluntad del Pueblo Vasco” que está por encima de la suma de voluntades de las personas que conforman dicho pueblo. Independientemente de que la población vasca de otros territorios no se vio afectada por esta medida; independientemente de que la voluntad política de las mujeres no fue tenida en cuenta en las Provincias Vascongadas hasta bien entrado el siglo XX; independientemente de que muchos liberales vascos deploraron la pérdida de los Fueros tanto o más que muchos carlistas, hablar de “voluntad del Pueblo Vasco” es una aberración jurídica e histórica. Guste o no guste a ciertas personas, no todos los ciudadanos vascos fueron contrarios a la abolición foral. La teoría de las milicias forales nace en la Transición, cuando la resurgente ideología nacionalista vasca transforma los Alardes de Irun y Hondarribia en exponentes de un pasado autogobierno en materia militar.

El informe pericial es acusado de “innumerables inexactitudes”, pero lo que se rechaza de él es que niegue al Alarde “una connotación foral”. Sin embargo, no se da ni un solo argumento que pueda rebatir esta conclusión, sólo se insiste en que sí la tiene, y que las contradicciones en la práctica con lo que teóricamente debería ser una rememoración de las milicias forales son muy puntuales, insuficientes para descalificarlo como tal rememoración.

Si los datos sobre las inexistentes corazas[20] o Cruz Roja[21] que cita el informe pericial como ejemplo de incongruencias en un supuesto alarde foral son anecdóticos, no los son, ni muchísimo menos, otros datos que, en gracia a la brevedad, la parte demandada oculta: la presencia en el Alarde de San Marcial de cantineras y hacheros o archeros, caballería, artillería, banda y tamborrada, así como un gran número de pífanos, parches y redobles por compañía que ha tenido que ser limitado para que no adquieran demasiado protagonismo. Ninguno de estos elementos existía en las milicias forales, ni general, comandante y Estado Mayor.

Tampoco es anecdótica la presencia de una compañía llamada Real Unión (equipo de fútbol local), o la de otra formada por los miembros de la sociedad Buenos Amigos, ambas inexistentes en época foral. Incluso las compañías creadas en los respectivos barrios no pueden tener su origen en la época foral, puesto que entonces se formaba una sola compañía, y en la segunda mitad del XVIII varias, pero no por barrios. De hecho, en aquella época los barrios sólo se citan de forma informal, no como entidades bien definidas y conformadas, sino como circunscripciones geográficas cuyos límites se alteraban según circunstancias coyunturales, y me refiero a documentación oficial del Ayuntamiento; compruébese si no en la obra de Aramburu “Los siete barrios de Irun”, publicada en el Boletín de Estudios del Bidasoa en 1998 que hay más excepciones que normas respecto a los barrios primitivos de Irun. Actualmente las compañías autodenominadas “de barrio” son muchas más, y no suelen respetar los supuestos límites tradicionales de los barrios.

El alarde entendido como revista de armas de las milicias forales duró hasta 1806, tras un siglo largo de decadencia. Desaparecidos éstos, los cabildos volvieron a ser escoltados por un reducido escuadrón. No es cierta, pues, la afirmación que hace la parte recurrente en la pág. 50 acerca de que las revistas de armas desaparecieron con la abolición foral de 1876, creando así la falsa impresión de que el actual Alarde de San Marcial sería la renovación de dichas revistas sin más interrupción que la Segunda Carlistada y su posguerra (realmente Tercera Guerra, pero el alzamiento carlista en 1846-49 en el País Vasco no suele ser considerado como una guerra por su poca repercusión).

En lo que respecta a milicias forales y presencia de las mujeres en ellas, existe constancia documentada de la participación femenina en dos revistas de armas celebradas en Hondarribia. Estas revistas de armas tuvieron como finalidad agasajar al rey Felipe V al entrar en España en 1701, y a su hija la infanta María Teresa Antonia al salir de ella en 1745. Era habitual en Irun y Hondarribia, localidades vecinas y fronterizas, celebrar este tipo de actos al paso de grandes personalidades. No eran alardes en el sentido de formaciones estrictamente locales, puesto que en estas escolta honoríficas podían participar paisanos de otras localidades (ver luego lo que dice Urteaga). Eso explicaría la mención a un número tan importante (hasta ochocientas, cuando la participación en los alardes anuales en Irun rondaba los cuatrocientos; de todos modos me parece una cifra exagerada, a confrontar con otros datos) y la referencia “montañesas”, genérico de las gentes de tierras cantábricas que posiblemente en este caso sea sinónimo de guipuzcoanas. El término puede ser una folklorización del “varonil” (fuerte, guerrero, sufrido, valiente, también colérico si se da el caso) carácter que desde los textos clásicos se atribuye a las mujeres del Norte de la Península.[22] Su carácter voluntario, festivo y honorífico, y en el caso del escuadrón de mujeres de 1701 “en traje enteramente militar” y contando con amazonas, las hace en ese sentido más parecidas a los actuales alardes que a las obligatorias revistas de armas de entonces.[23]

Por supuesto, en caso de enfrentamiento bélico, la presencia de la mujer era mucho menos colorista, no estaba regulada ni entrañaba obligación, como en el caso de los varones útiles de 18 a 60 años, pero no por ello era inexistente. Quien quiera hacerse una idea del protagonismo femenino en la realidad vasca del XVI, puede consultar en la bibliografía a Azpiazu.

En la pág. 36, la parte recurrente reconoce que el Alarde celebra la batalla de 1522, no mencionada explícitamente en la Ordenanza de 1980, y asegura que sólo los hombres acudieron al frente de batalla. Esta afirmación resulta jocosa, ya que los hombres atacaron por la retaguardia, y eran precisamente mujeres y niños quienes estaban frente al enemigo. ¿Admitiría la parte recurrente la presencia de mujeres desarmadas y de soldados del ejército español, legítimo heredero de aquellas tropas reales, en el actual Alarde? Entonces volvería a alegar que el Alarde es rememoración de las revistas de armas, sin mujeres ni ejército. Se recurre a uno u otro origen según sea más o menos favorable a las tesis de exclusión femenina.

La función que desempeñaron aquellas mujeres nada tiene que ver con las cantineras, que como el propio nombre indica, se encargaban de servir licores a las tropas, y que, en palabras de Antonio Aramburu, defensor del Alarde de San Marcial entendido como rememoración de las milicias forales, jamás existieron cantineras, ni en los alardes, ni en las milicias forales (OASM, 186) ...en este nuevo Alarde, que se instituye como continuidad de un hecho histórico y al que se le dota de unos elementos folklóricos -dentro de la lógica- de cara a su futura vistosidad, se le incorpora, a cada compañía de infantería, una cantinera (OASM, 196).

Sin embargo, la parte recurrente reivindica la participación femenina de la cantinera exclusivamente apelando a “la máxima correspondencia entre los hechos históricos que se rememoran y las formas contemporáneas a través de las cuales se organiza la rememoración” (pág. 37). Es decir, que las formas contemporáneas del Alarde no tienen nada que ver con los hechos históricos que supuestamente rememora, pero si esas formas no históricas actuales se modifican, ese supuesto origen histórico deja de ser rememorado, ya que se rompe esa máxima correspondencia que existe entre ellas, aunque no es correspondencia ni histórica ni formal. O sea, a ver si consigo que ustedes lo entiendan, porque yo reconozco que me cuesta mucho: si un hombre sudanés, o salmantino, caso mucho más frecuente en Irun, participa en el Alarde, no pasa absolutamente nada, se guarda la máxima correspondencia, pese a que sus antepasados ni participaron ni pudieron participar ni en la batalla de 1522 ni en las milicias forales. Sin embargo, si una mujer que puede demostrar que sus antepasados son todos hidalgos sin mezcla ni mixtura en su nobilísima sangre desde el XVI hasta hoy, decide que quiere participar en el Alarde en otro papel que en el antihistórico de cantinera, eso rompe de forma total y absoluta la máxima correspondencia que hay que guardar. Es decir, se quiere negar el derecho de la mujer a participar de forma igualitaria en el Alarde basándose en supuestos históricos falsos y afianzando los elementos incorporados para reforzar el carácter folklórico y de espectáculo público del nuevo Alarde de San Marcial (cantineras, recorrido, horario, vestimenta, música, etc.) que de ningún modo pretenden reproducir el acontecimiento histórico que dio origen al Alarde. Algo así como la parte contratante de la primera parte de los hermanos Marx.

En la pág. 38, reconoce que “el sentido del desfile que se celebra cada 30 de junio en Irún es el sentido que quieran darle colectivamente quienes participan en él, tanto activamente como en calidad de espectadores” y califica el alarde actual de representación simbólica. Como cuando hablaba de “la voluntad del pueblo”, presupone que la colectividad siente como si fuera un ente sólido: todo el mundo que participa lo hace por el mismo motivo y con la misma finalidad (las personas partidarias de la participación femenina son acusadas de “no sentir el Alarde”). La evidencia ha demostrado que no es así, es más, la evidencia ha demostrado que la mayoría de los componentes del Alarde han preferido hacer un desfile desligado del Ayuntamiento (sin participación municipal, una rememoración de las milicias forales no tiene sentido) y de los cabildos secular y eclesiástico (los depositarios del cumplimiento del voto por la victoria de San Marcial) antes que hacerlo junto a las mujeres y sus partidarios (algunos hombres fueron expulsados por su simpatía con la causa de las mujeres, discriminados por su opción ideológica). Es más, al considerar a los espectadores como parte del Alarde, está incidiendo en el fondo del asunto, ya que los varones pueden elegir su participación activa o pasiva, pero las mujeres no. Pretender que eso es así por el desarrollo de un hecho histórico que se representa simbólicamente, no se reproduce miméticamente, es falaz. Una cosa es el origen del Alarde y otra muy diferente los motivos por los que la gente participa en él, posiblemente haya tantos como participantes, o más. ¿Qué motivo impulsa a los africanos, o a los salmantinos, a tomar parte en el Alarde? Ciertamente, no el cumplimiento del voto hecho por sus antepasados, o sus obligaciones militares forales.

La parte recurrente reconoce que “las cantineras no participaban en las revistas de armas de las milicias forales” (pág. 39), pero no le parece que eso afecte a la reproducción simbólica de tales revistas. No explica por qué la incorporación de la mujer al Alarde de forma igualitaria y sin necesidad de ser elegida por grupúsculos de varones una sola vez en su vida y sólo si es “de reconocida belleza, hermosura y simpatía” (art. 23 de la Ordenanza de 1980), y tiene “gran amor y entusiasmo por el Alarde” (art. 24), requisitos no exigidos a los varones, sí afectaría a la reproducción simbólica de unas revistas de armas en la que no serían más extrañas históricamente que las cantineras. Los artículos arriba citados dan cuenta del modelo de mujer que promociona el Alarde. Que gran parte de la población no identifique la imposibilidad de la inmensa mayoría de las mujeres a acceder al “título de honor” que supone desfilar de cantinera, que no sea consciente de que la exclusión rebaja el status y dignidad de la mujer, no significa que esto no ocurra. La percepción que la mujer vasca tiene de sí misma, el supuesto igualitarismo y hasta matriarcado tradicional vasco y otros temas de gran interés se pueden consultar en Mujer vasca, imagen y realidad (ver bibliografía). Sólo una pista para quien intuya que hay mucho de falso en la aceptación generalizada de la igualdad femenina: el libro se editó en Barcelona porque las mismas autoridades vascas que habían becado el trabajo se negaron a publicar sus conclusiones.

El conflicto ha surgido porque el puesto que el Alarde concede a la mujer no corresponde al que, pese a todo, ocupa en la realidad; pero la violenta respuesta que ha recibido el intento de cambio manifiesta el prejuicio que existe contra la igualdad femenina, que un Alarde “tradicional” refleja y refuerza, precisamente por su carga simbólica. Por supuesto, nadie reconoce públicamente que sea contrario a la igualdad, muchas mujeres ni siquiera son conscientes de la discriminación que sufren y asumen con orgullo un papel secundario, consecuencia no de la necesidad organizativa del Alarde, sino de su rol tradicional. Una espectadora del Alarde de Hondarribia respondía a Margaret Bullen en 1995, antes del conflicto: “¿No participamos todas? Yo creo que sí. ¿Quién prepara la comida y las cosas?

Toda la argumentación jurídica “betiko” está basada en la intangibilidad del origen del Alarde, como si la evolución de éste en los últimos cien años no tuviera nada que ver con el conflicto actual. Cuando la gente habla del Alarde “de toda la vida”, se está refiriendo al de las últimas décadas, en los que ha sufrido un proceso de sacralización: presencia masiva, exaltación de la cantinera, lucha por ocupar los puestos de más prestigio, limitaciones para acceder a las unidades de élite, etc. El Alarde no es el eje de las fiestas de Irun porque hace cuatro siglos ocurriera una cosa o dejara de ocurrir otra, sino porque ha sabido evolucionar aglutinando y dando sentido de comunidad a una población que estaba cambiando muy rápidamente. La crisis se ha producido cuando un sector social se ha negado a reacomodar en este ritual de autoafirmación identitaria las nuevas sensibilidades con respecto a la igualdad femenina. El artículo de José Ignacio Homobono Fiesta, tradición e identidad local resulta muy orientativo para entender lo que está ocurriendo en Irun.

En la pág. 42, la parte recurrente se aferra a la conclusión del TSJPV de que el Alarde es una “rememoración” de las revistas de armas de las milicias forales para insistir en que en aquéllas sólo participaban hombres, lo que justificaría que no se incorporaran las mujeres como soldados. Ignora que el Tribunal da por bueno el informe pericial que demuestra la incorporación de elementos ajenos a las milicias forales. El Tribunal se limita a decir que la Ordenanza de 1980 habla de “rememoración”, mientras que la parte recurrente en su punto d) de la solicitud de informe pericial hablaba de “escenificación del hecho histórico tal como fue”, extremo que ahora ha reconvertido para este recurso en “rememoración simbólica”. No aclara qué criterio le impulsa a no reconocer el derecho de las mujeres a participar como soldados que no excluya también a las cantineras, ni si en los otros elementos no forales (banda, tamborrada, caballería, artillería, hacheros, Buenos Amigos; Real Unión) sí podrían desfilar mujeres sin desvirtuar la rememoración.

En el párrafo b) de esta misma página del recurso no se ve perjuicio material en el hecho de que la mujer no pueda participar vestida de soldado. ¿Y si no fuera vestida de soldado? Se llama vestir de soldado a vestir una ropa inspirada en el vestuario festivo de las clases populares vascas de finales del XIX y principios del XX, que no ha sido en ninguna ocasión utilizada en su conjunto por ninguna tropa, y mucho menos por las milicias forales, que no iban uniformadas en el momento de hacer el Alarde. Hace años que se han popularizado entre las mujeres el día de San Marcial la boina y el pantalón largo, prendas antaño masculinas que comenzaron a extenderse entre los vascos precisamente cuando decaían las revistas forales en las primeras décadas del XIX, y la faja, también masculina. La corbata roja y la chaqueta negra, prendas más recientes en el vestuario masculino, son menos corrientes entre las mujeres, pero también se usan sin el menor escándalo. La posición jurídica y social de las mujeres no se ve afectada por la vestimenta, sino porque ellas no pueden elegir su rol en el Alarde y los varones sí, pese a que los gastos son pagados por el Ayuntamiento, es decir, por hombres y mujeres. Se afirma que esto no es interpretado por la mayoría de la población como un atentado a la dignidad de las personas (pág. 36) ni como la perpetuación de viejos prejuicios (pág. 49). Ignora que algunos de los abucheos más oídos en el Alarde de 1996 y siguientes fueron las mujeres a la cocina, las mujeres a fregar; por no hablar de las referencias sexuales negativas (putas, machorras, lesbianas, maricones...). ¿Qué necesita la defensa “betiko” para considerar que se atenta a la dignidad de las personas y perpetúa viejos prejuicios? ¿La vuelta a la esclavitud o la Inquisición?

La parte recurrente alega una sentencia del Tribunal Constitucional (STC 126/1997) relativa a los títulos nobiliarios, y compara el mero símbolo de una realidad histórica que reflejan estos títulos con el Alarde, rememoración de la realidad histórica que fueron las revistas de armas de las milicias forales. El título nobiliario es una “prerrogativa de honor”, una vez que con el Estado Liberal se pierde la condición estamental o privilegiada que supuso en el Antiguo Régimen.

La comparación es muy acertada. La Ordenanza de 1980 considera en su art. 2º que La participación en el Alarde de San Marcial constituye para todo irundarra, por el carácter popular, votivo y eminentemente tradicional del mismo, un título de honor y un servicio voluntario, encaminado a dar cumplimiento a la promesa de nuestros antepasados. Las revistas de armas de las milicias forales y la batalla de San Marcial que evoca este artículo se dieron en una época y en un lugar donde todos los vecinos habían de pertenecer al estamento nobiliario. Una aplicación estricta de la STC 126/1997 al caso del Alarde de San Marcial respecto a las prerrogativas honoríficas de los participantes debería tener en cuenta que no afectaría sólo a las mujeres, sino a los varones que no pudieran demostrar su condición honorífica de hidalgos. Los artículos de carácter estamental de los Fueros no se abolieron en 1876, sino tras la modificación subsiguiente al “Convenio de Bergara”, que también supuso el traslado de las aduanas al Bidasoa.

Así lo afirma Gorosabel (Noticias, pág. 298) tras reconocer que la residencia (que no vecindad; el estatuto de residente vendría a ser como el actual de extranjero, sin derechos políticos) de los forasteros no hijosdalgo era ya bastante explícita en 1636:

Tal era la antigua legislación foral de esta provincia, cuyas prescripciones han desaparecido por completo en virtud de las modernas leyes generales del reino. Con arreglo á estas, no hay necesidad de hidalguía para avecindarse en cualquier pueblo, y todos los españoles son aptos para el desempeño de los cargos públicos, si por lo demas reunen los méritos, circunstancias y capacidad personal señalada por las mismas.

El flujo de emigrantes de varias provincias españolas hacia Irun comenzó en 1841 y fue en aumento, sobre todo con la llegada del ferrocarril. Los recién llegados no tenían obligación de participar en las revistas de armas, que hacía décadas que no se celebraban. Cuando 40 años más tarde comience a celebrarse el Alarde de San Marcial nadie va a apelar al requisito de hidalguía porque de hecho nadie reivindica el Alarde como una rememoración de las milicias forales, sino sólo y exclusivamente como una rememoración de la batalla de 1522.

De todos modos, esa batalla fue ganada exclusivamente por iruneses varones, según la parte recurrente, pero debería añadir que varones hidalgos, puesto que si no lo eran no tenían ni los derechos ni las obligaciones militares de los vecinos, mientras que las mujeres hidalgas transmitían con su sangre la nobleza. Teniendo en cuenta la STC 126/1997, y teniendo en cuenta que desfilar en el Alarde no es un derecho sino un título de honor que renueva el voto de unos antepasados hidalgos, y teniendo en cuenta que hoy día la nobleza se sigue heredando, aunque sin más efecto que el honorífico, ningún vecino de Irun tendría derecho a alegar menoscabo material o de su status jurídico y social si se le vedara la participación en el Alarde por su origen foráneo, o porque sus antepasados autóctonos hubieran “ensuciado y hecho mixtura” una sola vez en varios siglos.[24]

¿Es el travestismo histórico un delito?

Por lo visto, a los defensores de la causa “betiko” las incongruencias de su defensa “histórica” del Alarde, que admite toda modificación menos la participación femenina igualitaria, les parecían pocas, y decidieron poner otros ejemplos más reconocibles fuera del Bidasoa. Si estos ejemplos han influido en la decisión del tribunal, todavía no se sabe; pero a mí me reafirman en la idea de que para recurrir a la historia más vale atrevimiento que conocimiento. Las mujeres soldados no pueden desfilar por respeto al carácter histórico de un Alarde que en nada mantiene las características de los históricos alardes. Cuando un tribunal evidencia esta contradicción, reacomodan su discurso: lo importante no es la forma, si la voluntad es la de celebrar un acto foral. No voy a insistir ahora, bastante lo he hecho, que si esa voluntad niega la participación femenina, en su criterio no incide el peso de la historia sino otras consideraciones sociales. Ahora prefiero el ejemplo de cómo algo es lo que es porque sus autores deciden que es eso y nada más, pese a que no hay en ello nada de lo que había cuando eso que es, era. Pág. 38 del recurso:

Si en una representación de Shakespeare los actores visten de manera muy distinta de como Shakespeare había pensado, podemos criticar la representación, pero no podremos negar que lo que pretenden quienes llevan a cabo la obra es representar una obra de Shakespeare.

Con la de dramaturgos que hay en el orbe y han tenido que elegir para su ejemplo a uno de la Inglaterra del XVI, aquella Inglaterra en cuyas obras teatrales tanto los papeles masculinos como femeninos eran interpretados exclusivamente por varones; las mujeres tenían vedado el acceso a los escenarios. Sin embargo, hoy día disfrutamos de versiones libérrimas de Shakespeare, como el film dirigido por Keneth Branagh, Mucho ruido y pocas nueces, en las que no sólo los papeles femeninos son interpretados por mujeres, sino que el rey de Aragón es el afroamericano Denzel Washington, mientras que un paliducho Keanu Rives hace de hermano suyo. Y todo el mundo disfruta de la película o se aburre con ella, pero nadie duda de que se trata de una obra de Shakespeare.

En el Alarde, podemos transformar todos sus aspectos formales sin que deje de ser una representación de las forales revistas de armas. Pero si las mujeres participan en él, el escándalo es mayor que si verdaderas actrices y no actores travestidos hubieran irrumpido en el estreno de una obra de Shakespeare. Bastante escandaloso fue en su tiempo que el novedoso papel de las cantineras lo interpretaran mujeres, haciendo gala sus introductores de un sentido de modernidad[25] que las tradicionales “kantiniersak” suletinas, interpretadas por varones hasta hace un par de décadas, no tenían. Coincidirán conmigo en que la defensa “betiko” no ha estado muy inspirada a la hora de buscar comparaciones históricas. Al fin y al cabo, si en un alarde foral lo importante es la voluntad y no la forma de representarlo, ¿por qué es menos apropiada una mujer soldado de Irun que un Tambor Mayor judío de Baiona? Si ni al judío ni a la mujer les importa participar en un acto del que habrían sido expulsadas durante siglos, ¿por qué les ha de importar a los varones de Irun de Toda la Vida, o a las mujeres que sólo quieren ser espectadoras?

Esto no es más que una chanza, y ni siquiera me habría tomado la molestia de hacerla si el tema del travestismo y su confrontación con el "rigor histórico" no hubiera provocado el furibundo artículo de J. Gabriel de Mariscal, “De Alardes y otras zarandajas” (Deia, Opinion 23/9/00).

De Mariscal, que no es de Irun ni Hondarribia, no conoce el tema del que habla más que cualquier ciudadano corriente y moliente: Según mis noticias (...) según se ha informado en los medios de comunicación (...) De los Tribunales no voy a hablar en esta ocasión, porque no he tenido aún posibilidad de leer las sentencias. Cuando las conozca espero poderlas comentar. Me parece, sin embargo, asombroso que, al parecer, hayan dado hasta ahora la razón a Jaizkibel... ¿Para qué se las va a leer si ya sabe lo que tienen que decir? Pero es que de Mariscal tiene algo que por lo visto escasea entre el resto del paisanaje, sentido común. Y eso le basta para hacer  afirmaciones categóricas, ya se habrán dado cuenta a favor de qué opción.

Ojo, no se vayan a confundir: Conste que soy un convencido y decidido defensor del feminismo, no sólo de boca, sino en todo lo que mi capacidad me permite en la vida de relación. Pero el feminismo es algo muy serio y el tiberio montado con el pretexto de los Alardes, no. Por ejemplo, cuando un vecino se dirigía a Ixabel Alkain, capitana de la compañía Jaizkibel, no el sagrado día del Alarde, sino en unos ensayos, con un Ixabel, puta zorra, el año es largo, no hay que tomarlo en serio, era una broma propia del ambiente festivo que se estaba viviendo Hondarribia en aquellos días (Castells, Vivir aquí, pág. 2) y que el susodicho vecino pretendía hacer extensible al resto del año. Para eso son los ritos de autoafirmación colectiva, para estrechar los lazos de interrelación vecinal.

Humboldt, en 1801, ya reparó en la especial importancia que daban los vascos a las representaciones coreográficas, que no quedaban al albedrío de iniciativas privadas, ahora tan de moda entre los amigos de la tradición, sino que se institucionalizaban, en cada localidad con sus características propias:  cosas (como danzas y diversiones), que en otras partes quedan abandonadas a la inclinación privada de cada uno, allí en cierto modo se hacen parte de la organización del país, están bajo la inspección pública, y tienen una forma fija consuetudinaria genuinamente patria, y hasta diferente según el lugar de origen de cada una (Humboldt, 131). ¿Qué se consigue con ello? Ya lo decía Urkiaga, reforzar la salud psíquica de la comunidad. Humboldt lo expresa así: Afianza los lazos, que le ligan a su país y a sus conciudadanos, y nada puede reemplazar a la firmeza de estos lazos en la bienhechora influencia sobre el vigor y la honrada rectitud del carácter (ibidem). Ixabel Alkain y sus compañeras podían reafirmar su sentido de comunidad hondarribiarra de dos modos, como meras espectadoras o como protagonistas en paridad con sus conciudadanos varones. Y su actitud, aunque se manifiesta el 8 de septiembre, tiene consecuencias en sus relaciones intervecinales durante todo el año.

De Mariscal no parece apreciar, como Humboldt, el valor de reafirmación colectiva del Alarde, sino sólo el valor histórico, y esa autoridad moral de saberse defensor de la igualdad de la mujer en cualquier ámbito permite a de Mariscal poner en el mismo plano a feministas y machistas, o exigir la no presencia igualitaria en el Alarde porque El sentido común más elemental impide considerar discriminación el hecho de que los personajes históricos, individuales o colectivos, sean representados por personas de su mismo género. El género, ya lo hemos visto con Shakespeare, está por encima de cualquier consideración ideológica.

Pone algunos ejemplos, a primera vista más acertados que el de la defensa  “betiko”, concretamente de representaciones religiosas. Que para la religión católica el género (Dios es Padre e Hijo, mientras que la madre es la esclava del Señor, y el castigo a las mujeres por el pecado original, el de parir con dolor) no es accidental, no tengo que explicarlo. Pero de Mariscal parece apreciar en las representaciones de Semana Santa sólo su valor histórico, no el religioso.

Ya puestos a pedir rigor a unos hechos de cuya autenticidad histórica se podría debatir bastante, me llama la atención esa insistencia en que de Virgen haga una mujer y no un varón, sin ir más allá y exigir que sea mujer virgen y mujer madre a la vez. O que Magdalena sea representada por una prostituta arrepentida, o Pedro por un pescador, o Cristo por un judío, al menos un varón de raza blanca circuncidado, para que dé el pego si al actor de turno en un descuido se le desliza el paño de pureza. Y por supuesto, que la representación no se haga en otra lengua que no sea la del Nazareno, el arameo, con excepción de los romanos, a los que se exigirá hablar en latín.

La raza, la religión, la lengua o la nacionalidad, no son criterio inamovible en una representación histórica, sólo el sexo. Por eso un francés, o un veraneante madrileño, o un inmigrante argelino, pueden desfilar, como de hecho desfilan, en los Alardes, pero las mujeres deben abstenerse. Porque Aquí no puede hablarse de «evolución»: la mera tradición evoluciona; la reproducción de hechos históricos sólo puede modificarse sin falsificar la historia a base de los resultados de una investigación seria. Y me costa que en Hondarribia son maestros en esto de investigar los hechos pretéritos y recoger el material sobreviviente. Saber, no sabe nada, pero constar, le consta todo. Lamentablemente, no cita a los maestros de historia hondarribiarra. A mí me encantaría conocer los datos y argumentos con los que construyen su discurso histórico.

Debe ser mejor que el de los “betikos” de Irun, porque si algo dejó claro la sentencia del TSJPV es que en Irun el Alarde no se trata de una “escenificación del hecho histórico tal como fue”, extremo reconvertido para el recurso en “rememoración simbólica”. Y de Mariscal justifica la exclusión porque el Alarde trata de reproducir sustancialmente un hecho histórico no de unas fiestas sino de un acto privado (en la vía pública, con participación de la corporación municipal y su bandera portada por un particular en una de las compañías/sociedades privadas; pero que sea de Mariscal quien explique la privacidad de tal acto).[26] Y claro, si se trata de representar hechos históricos o de raíz histórica, lo que importa, y lo exigible, es ajustarse a la historia en todo lo posible.

Teniendo en cuenta el profundo amor y conocimiento de la historia que ha demostrado el pueblo de Hondarribia, es lógico que en Hondarribia se opongan prácticamente todos a una pretensión tan infundada y, para la gente del pueblo, ofensiva. Tal vez el que increpaba a Alkain no lo hacía en broma, tal vez iba en serio, tal vez se trataba de uno de los muchos ofendidos maestros historiadores hondarribiarras; porque la historia no admite interpretaciones; en este caso el pueblo la conoce, y una ínfima minoría o la desconoce o la desprecia. Y los de fuera no tienen derecho a inmiscuirse. ¿O acaso ustedes creen conocer la historia de Hondarribia mejor que sus propios habitantes? Por eso, cuando reproducía la airada increpación a Alkain, El Mundo no estaba siendo un medio neutral y objetivo, sino que estaba en plena campaña de desprestigio contra el vecindario de dos pueblos. ¿Por qué tal campaña? De Mariscal no conoce los motivos, pero se huele falsa progresía y una frivolidad pasmosa, aun cuando, en realidad, sea un desvarío, como ocurre con la acometida al Alarde, si es que, además, no sirve para encubrir otros propósitos disolventes y antidemocráticos.

Semejante falta de respeto a la historia no puede quedar impune. Por eso, el mismo que asegura no querer echar más leña al fuego, el mismo que reconoce no saber qué argumentos jurídicos alega cada parte ni los jueces en sus sentencias, ya sabe cuál es la única solución justa, y desea que se lleve a los promotores de esta «movida» ante los tribunales. Es lo que exige, a mi entender, su peligrosidad y su falta de fundamento, unida al desprecio a la libertad y a la voluntad de la práctica totalidad de los vecinos que supone.

¡Caiga todo el peso de la ley sobre quienes no respetan la historia de su pueblo!



[1] Aunque se trata de un documento oficial de 1980, se publicó exclusivamente en castellano. En mayo de 1999 hallé la traducción en Internet, muy discutible a mi entender. ¿Se entiende lo mismo al leer Cabildo eclesiástico y secular que “apaiz eta herrigizon”? El diccionario Adorez 2 define así herrigizon: "herrian guztiz ezaguna den gizona nahiz erakunde batetan agintea edo ardura duen pertsona”. La traducción aporta a los cabildos un matiz más popular y menos institucional, además de sexista; ¿o acaso una mujer concejal también es herrigizon?. En lo que respecta a la decisión de unir revista de armas y procesión, más neutra en castellano, la versión vasca marca un carácter consciente y con perspectiva de futuro, un carácter de decisión “histórica”. Más notas sobre traducciones después.

[2] La prueba pericial que tanto ha denostado Aramburu la solicitó la parte demandada. BAE no se basó en la historia para defender sus argumentos.

[3] Otro ejemplo de utilización capciosa del castellano, tan propia de los “betikos”. A veces resulta imposible traducirlos, ya que, además de jugar con el doble sentido de muchos términos, un análisis riguroso de sus frases nos lleva a la conclusión de que no tienen sentido, por lo que son intraducibles. ¿Qué significa en este caso "populares", herritar o herrikoi? Es difícil adivinar hasta qué punto es una manipulación consciente, ya que los propios “betikos” traducen indistintamente “El Alarde del Pueblo de Irún” como Irungo Herriko Alardea e Irungo Herriaren Alardea.

[4] Rilova (“Marte Cristianísimo”, 60-70) documenta, a veces con testimonios muy gráficos, las diferentes formas de servicio militar foral: alarde anual de cada localidad, sin presencia de forasteros -tan habitual en los actuales Alardes festivos sin que los escandalizados por la antihistórica presencia femenina igualitaria digan media palabra al respecto-, escoltas honoríficas formadas por paisanos de distintas localidades al paso de ilustres personajes, refuerzos de tropas del interior en las guarniciones del rey o la frontera, presencia de guipuzcoanos fuera de su territorio a cambio  de una paga, obligaciones y exenciones militares inherentes a la calidad noble de guipuzcoanos y laburdinos y consecuentes relaciones entre ellos en tiempos de paz y guerra, etc.

[5] Quien quiera saber cómo vestían las tropas que participaron en 1522, que eche un vistazo a Vascos y Trajes t.I. págs. 77-85 de Arizmendi, y comprobará que no tienen absolutamente nada que ver con la indumentaria actual. Arizmendi se equivoca al situar entonces los primeros Alardes de San Marcial, pero lo cierto es que los contendientes sí vestirían, en lo fundamental, de aquella guisa.

[6] Sin entrar a valorar la aportación bélica de la mujer en la Edad Contemporánea, por ejemplo en el monte San Marcial en 1936, hallamos abundantes ejemplos en el período de crisis del Antiguo Régimen.  En Lekeitio se formó una compañía femenina proliberal al mando de una teniente, varias subtenientes, sargentos y cabos, para realizar labores auxiliares como cuidado de heridos y transporte de municiones. Boletín del ejército de Nro. Sr. D. Carlos, nº 65, enero de 1835. En Plentzia se formó otra, organizada con bandera, armas y tambores. Pirala, Historia de la Guerra Civil..., pág. 439.

[7] La captura de botín era uno de los principales objetivos de los combatientes. Si hemos de creer a Garibay, fue cosa muy de notar, que en batalla, donde huuo tanta efusion de sangre, que solo un Español muriese, el qual aun no fue muerto de los enemigos, sino de los suyos, pensando ser enemigo, por auerse vestido las ropas de un Alemâ de los muertos (Garibay, 534). Otras referencias al secuestro para cobrar rescate del señor de Semper y reparto de despojos de guerra en la misma página y siguiente.

 

[8] Pese a los profundos cambios que había sufrido el llamado arte de la guerra, todavía en 1833 la formación de los primeros batallones carlistas recordaba a la organización militar foral: Esta corta expedición fue suficiente para enseñar a los jefes carlistas el error que habían cometido al admitir tantos hombres casados en sus filas; no habían conseguido deshacerse de las mujeres, que marchaban por veintenas al lado de sus maridos en cada compañía (Bacon, pág. 211). A lo largo de la obra se aprecia el importante papel subordinado a las autoridades militares que jugaron las mujeres en cada bando.

[9] En el sitio de Bilbao por las tropas carlistas en junio de 1835, la descripción de la aportación  femenina es parecida, y añade: las bilbainas tranquilas y aun placenteras iban á los fuertes, y hubo varias que desde ellos dispararon tiros al enemigo. Ver en bibliografía Reseña histórica..., pág. 17.

En el sitio de San Sebastián, Pirala nos relata la atención de las mujeres a los heridos en el propio campo de batalla en 1836: No atendieron menos solícitas las liberalas de San Sebastián a los ingleses, (...) su oportuna y amorosa asistencia dio la vida a muchos y el consuelo a todos. Lacy Evans se conmovió profundamente, y se conmovieron todos a la vista del cuadro que presentaban las mujeres de San Sebastián, que adquirieron aquel día una gloria inmarcesible. Lo recoge Zavala como explicación a un bertso-paper  titulado Mayatzaren bosteco salidaren gañean verso berriac (págs. 211-218 de Karlisten Leenengo Gerrateko Bertsoak; hay un ejemplar expuesto en el Museo Zumalakarregi), ya que el 7º bertso ensalza el trabajo de aquellas donostiar señorac eta señoritac. ¡Cómo son las cosas! casi siglo y medio después, sus descendientes se tuvieron que disfrazar de aguadoras para dar un carácter histórico, ergo legitimidad, a la reivindicación de tomar parte en su principal rito de autoafirmación colectiva, la Tamborrada. Y ni aun así consiguieron convencer a los sumos pontífices de la Tradición, que en ningún lugar faltan.

[10] Sitio de Fuenterrabía..., pág. 45: Insigne expresión de las mugeres de Fuenterrabia. Pág. 117: Fuerte expresión del príncipe de resulta del peligro

. 

[11] Es muy interesante la presencia ilegal pero frecuente de esclavos en Irun mismo. Ver en bibliografía Azpiazu, págs. 158-161.

[12] Morate, pág. 2.  Me resulta significativa esta aclaración, sobre todo el profundo valor antropológico que nos descubre con el concepto integrarse. Sólo un inmigrante acomplejado se plantearía la incorporación al Alarde como un posible lugar de problemas de integración. A alguien de Irun de toda la vida ni se le pasaría por la cabeza pensar si va a ser o no integrado en la compañía de su barrio, se incorpora a ella con la misma naturalidad con la que participa en cualquier otro acto festivo. El gran valor social del Alarde ha sido el de ayudar a la mayor cohesión de una comunidad en constante renovación por la llegada de foráneos. Alguien puede pensar que estoy magnificando una simple frase. Pero Lacambra, conscientemente o no, demuestra que la integración en el rito de autoafirmación de la comunidad de acogida no es algo incuestionable.

Cuando el PSE quedó como primera fuerza en las elecciones municipales de 1983, la candidatura ganadora en el pleno de elección de alcalde fue la del PNV, con Ricardo Etxepare a la cabeza. Todas las fuerzas políticas, desde los franquistas reconvertidos a la democracia hasta los independentistas “de la metralleta” -expresión utilizada por los medios de comunicación estatales, escandalizados con la coincidencia-, a excepción del PSE y los concejales de EE, que apoyaron a sus respectivos candidatos, votaron a favor del vasco “de verdad”. ¿Que ése no fue el gran argumento? Seguro que fue algo más complejo, pero también hubo mucho de eso. Mientras el presidente de la gestora municipal previa a los ayuntamientos democráticos fue el socialista Julen Elgorriaga, cuyo nombre y apellidos garantizaban su vasquidad por encima de las siglas que representaba, y sin el historial que actualmente se le conoce, no hubo problema. Pero cuando el candidato fue, en palabras de uno de la lista Uranzu Candidatura Independiente, mantxurriano bat, egurrezko maletakin etorriya (y añadía, para dar más fuerza a su argumento: soka batekin lotua!) el ya conocido Pueblo de Irun no pudo soportarlo, y el escándalo resultó mayúsculo. Un defecto de forma en la votación, a mano alzada, permitió a Odón Elorza recurrirla judicialmente, y el rapapolvos de los dirigentes de AP a sus concejales obligó a éstos a abstenerse en la siguiente sesión, no llegaron a la ignominia de votar a favor. Tal vez no todo fuera racismo, tal vez hubiera bastante de clasista en el rechazo. Pero a mi entender, esto no sería atenuante.

¿Que qué tiene que ver esto con el Alarde? Mucho, mucho más que la historia de hace siglos. La historia del Alarde está plagada de apellidos no vascos,  pero ¿cuántos de ellos hacen referencia a recién llegados con maleta de madera atada con una cuerda, y no a gentes que desde mediados del XIX se incorporaron a importantes puestos de gestión o negocios en aduanas, ferrocarril, etc.? Un estudio prosopográfico del Alarde, cuyo resultado bien podría titularse ...y te diré de qué careces, sí que resultaría interesante para entender el conflicto actual.

 

[13] “O antroido en Liñares” (Liñares/Avión- Ourense). Informantes: Aurentina Estévez; Sara Paz, Celsina Paz, Ermita Vázquez, Inés Justo y Orestina Justo. Ver en bibliografía Música tradicional galega.

[14] En Irun mismo, el día de San Pedro de 1707 se formaron dos compañías, española y turca, ambas organizadas por el Ayuntamiento (SBI, 23-24.).

  

[15] De todos modos, en la cinta de vídeo Irun (1912), juraría que los cuatro jinetes que abren la escolta de caballería son militares de verdad. Por lo que se puede apreciar en las imágenes, es evidente que sus uniformes no corresponden a los de los otros jinetes ni a ninguna otra tropa foral y sí recuerdan a cuerpos de caballería del ejército español de principios del XX. Si fuera así, cabría preguntarse en calidad de qué participan como escolta del jefe nato de una representación de los antiguos alardes forales. La respuesta que la dé quien defiende semejante tesis.

[16] José Antonio Quijera, en Pautas culturales y dinámica social en el Alto Ebro: La danza tradicional en La Rioja, pág. 405, habla de la creación de estructuras folklóricas que se representan en clave de enfrentamiento entre los pobladores de una zona y la opuesta, quienes asumen simbólicamente el papel del bien y el mal (...) ritualidad que surge en torno a la tensión del límite. Allí la tensión coreográfica la aportan los navarros, genérico que se concreta en localidades ribereñas del Ebro. Al final la sangre no sólo no llega al río, sino que se suele acabar en comidas de confraternización. Una especie de anual amen: zu hor ta ni hemen. Ven en bibliografía Fdez. de Larrinoa, editor.

[17] En texto de 1943 reproducido en el boletín nº 1 de Buenos Amigos, se considera que el origen del Alarde de San Marcial estaba en los alardes de época foral. Se desarrolla el comentario a este texto en el apartado correspondiente.

[18] El libro de Sagrario Arrizabalaga Festejos de toros en Irun, siglos XVI-XX, de gran interés para observar la evolución de los acontecimientos festivos en general, no sólo los taurinos, recoge dos veces la siguiente expresión que utilizan las autoridades irundarras para referirse a los alardes de armas forales: por ser un servicio más a su Majestad, en 1595 (pág. 30) y por ser del servicio de su Magestad, en 1700 (pág. 45). ¿Es esto lo que pretendían ocultar los franquistas en Irun?

 

[19] Informe histórico elaborado por Idoia Estornés, 97/06/16.

[20] La petición municipal de corazas a los donostiarras, que éstos no proporcionaron porque no las tenían, la cita Aramburu (OASM, 200) y añade: hoy tenemos que agradecer a aquellos buenos donostiarras que en aquellos momentos carecieran de “corazas”, pues de otra forma se hubieran hecho tradicionales, perdiendo la indumentaria de “paisano” que deben tener los componentes del Alarde. Lo de “paisano” lo dejo para después; pero no quiero pasar por alto que en 1883 el Ayuntamiento, organizador del Alarde supuestamente foral o siquiera foralista recién iniciado en 1881, pida corazas. Una de dos, o no se pretendía reproducir, reivindicar o rememorar un alarde foral, o para ello no se le concedía la menor importancia a los aspectos formales, sólo a su intención. Por otro lado, es muy significativo que Aramburu reconozca que para que algo se tradicionalice no hace falta que tenga un sentido histórico, sino que basta el mero paso del tiempo. Es decir, historia y tradición no son lo mismo. Pero, casualmente, las tradiciones que le gustan acaban encontrando justificación “histórica” gracias a alguna referencia documental convenientemente distorsionada.

[21] Citada en 1903 por Múgica, pág. 108. En el vídeo Irun (1912) se ve al último soldado de una compañía portando un brazalete con una cruz.

[22] Julio Caro Baroja analiza en Los pueblos del Norte, entre otras cosas, el papel de la mujer en aquellas sociedades tradicionales, y cómo ha sido percibida por los autores clásicos y otros posteriores.

[23] Búsquese el documento que Jenaro Alenda y Mira, director de la Biblioteca Nacional, numeró como 1.561 en su publicación de documentos sobre festejos y acontecimientos reales. La otra referencia, la del Conde de Llobregat, es bibliográfica y está también recogida por Arizmendi, pág. 205 del t. I. Ver en bibliografía.

[24] Aparte de las leyes ya citadas del XVI, podemos abundar en los acuerdos de las Juntas Generales en los siglos XVII y XVIII respecto a los alardes, citados en OASM, 113:

Método que debe observarse, de los que no pueden vivir, o habitar en Pueblo alguno de esta Provincia, como también de los que no pueden ser admitidos, según las mismas leyes municipales, en Concejo, Ayuntamiento ni Alardes, ni obtener Cargos y Oficios honoríficos, para que en el caso de poner algunos de los de esta última clase Demanda, sobre su filiación y Nobleza, no se le admita ni a los de primera se les tolere su residencia, o morada en esta Provincia.

Los de la clase primera

Son los cristianos nuevos y descendientes de ellos. Los negros, negras, mulatos y mulatas y descendientes de ellos, ni persona alguna de cualquiera calidad y condición que sea, puede traer ni tener en esta provincia a ningún negro, negra, mulato o mulata, ni por esclavo ni por libre. Los gitanos, agotes y descendientes de ellos y los demás de raza sospechosa o de alguna nota.

Quienes conformes a las leyes del Reyno, no fuere noble o Hijo-Dalgo.

Los de la clase segunda

Son los hijos de clérigo de Orden Sacro, que no pueden entrar en Concejo, Alardes, Juntas.

Las misma exclusiones tienen los nietos y demás descendientes de ellos como derivado de raza infecta.

[25] Tampoco tanta modernidad. Un ejemplo: en la rural población de Hacinas, provincia de Burgos, se mantuvo hasta los años cincuenta la costumbre de elegir una reina entre las cuadrillas de mozos. La elegida, como la cantinera, era agasajada en las rondas de Navidades. Dato recogido por Ramón Marijuán y Gonzalo Pérez Trascasa en sus encuestas etnomusicales para Radio Nacional de España en Burgos, y difundido el 24 de diciembre de 1992 en el programa Tradición Oral de Radio Clásica.

[26] Se han publicado ya las ponencias de las Jornadas organizadas por el Casino de Irun (ver varios en bibliografía). En ellas se aborda-justifica la discriminación desde su aspecto jurídico. No voy a entrar en ellas porque no soy jurista. Sólo les adelanto que los organizadores han insistido, a modo de conclusión, lo que defiende de Mariscal, la inviolabilidad de un acto privado, en el que participan sólo aquellas personas que los organizadores consienten. Yo creía que para hacer uso de espacio público, sea o no el acto de organización privada, se necesita permiso de las autoridades públicas, y que éstas no tienen obligación de favorecer actos discriminatorios, al contrario. La Ilma. Audiencia Provincial de San Sebastián, en apelación del Juicio de protección derechos fundamentales, Nº 232/98 del Juzgado de Primera Instancia Nº 3 de Irun, ha ratificado el carácter de espectáculo público del Alarde y por tanto la prohibición de que sea discriminatorio, aun si es de organización privada. De todos modos, a mí particularmente me parece muchísimo más preocupante la privatización de un acto estrictamente municipal. Pero esto también se escapa del presente estudio. 

 
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