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Dime de qué alardeas

Xabier Kerexeta Erro

Historiador

 

 

Indice

  1. PRESENTACION

  2. EPISTOLARIO

  3. IRUN, CIUDAD FRONTERIZA

  4. FOLKLORE Y SOCIEDAD

  5. LA HISTORIA LOS JUZGARÁ... O AL REVÉS

  6. LA HISTORIA OFICIAL

  7. IZENA DUEN GUZTIA OMEN DA... BAI, BAINA ZER DA?

  8. CUANDO LA HISTORIA SE SUSTENTA EN PALABRAS, NO EN DATOS

  9. DE TOPONIMIA Y ALGO MÁS

  10. HISTORIA SAGRADA

  11. ¿Y DESDE LA PARTICIPACIÓN FEMENINA IGUALITARIA?

  12. BIBLIOGRAFIA

 

 

IZENA DUEN GUZTIA OMEN DA... BAI, BAINA ZER DA?

¿Cómo han llegado los “betikos” a este discurso histórico sin pies ni cabeza y tan peligroso? La clave está en una concepción instrumentalizada de la historia. Es un intento pseudo científico de prestigiar, de vestir con el ropaje que da el conocimiento histórico, una realidad sacralizada, un intento de sacralizarlo aún más, dotando al Alarde de un origen “noble” que no poseía. No pueden creer que el principal rito de autoafirmación colectiva que posee Irun, al principio y durante décadas mantenido por el apoyo de algunos particulares y sobre todo del ayuntamiento, fuera algo tan artificial y soseras como es hoy día la Euskal Jira de agosto o la llegada del Zanpantzar en carnavales. Lean lo que escribió Aramburu en el prólogo de su libro sobre los orígenes del Alarde:

            Cuando (...) comencé a indagar los primeros tanteos sobre la historia del alarde en el archivo local, me sentí bastante decepcionado. Hubiera preferido, entonces, encontrarme con que el Alarde era acto inmutable e invariablemente repetido, desde el año siguiente a la batalla de 1522 (OASM, 13).

Decepción, pero había encontrado algo mejor: Superado el primer desencanto (...) Fui descubriendo nuevas facetas, muy al margen de lo puramente folklórico, estrechamente ligadas con la historia de nuestro Pueblo Vasco. Mi inicial decepción se convirtió en entusiasmo. El origen del Alarde actual lo sitúa en 1881,[1] cinco años después del fin de la Segunda Carlistada. Fue entonces cuando la escolta que acompañaba a los cabildos y disparaba salvas de honor[2] fue totalmente transformada formal y conceptualmente, comenzando a reproducir un ejército ridículo en número, pero compuesto de los elementos propios de la época. Como ocurre con todas las manifestaciones folklóricas de este tipo, no se acertó con la fórmula definitiva la primera vez, sino que se le fueron añadiendo o eliminando caracteres según los criterios de quienes lo formaban. Los primeros años fueron de grandes cambios, hasta la consolidación de los elementos que resultaban viables por el motivo que fuera. Por ejemplo, la artillería de montaña estaba formada por un señor con un mulo en el que cargaba un pequeño cañón, seguramente utilizado en la Segunda Guerra Carlista. Un año le explotó la carga y quedó gravemente herido. A partir de entonces ningún sustituto se hizo cargo de la artillería de montaña y ésta desapareció. Nadie fue al archivo a comprobar si en la batalla de 1522 o en las revistas de armas forales existía esta sección militar y decidió que había de ser suprimida ante la evidente falta de rigor histórico. En aquel nuevo Alarde, que por lo menos durante sus primeros cuarenta años de vida fue muy criticado y hasta ridiculizado (OASM, 199),[3] no se encuentran connotaciones propias y exclusivas de las milicias forales (la presencia de infantería armada dirigida por capitanes, tenientes, sargentos, con pífanos, cajas, bandera, etc. existían en las milicias forales y en otras muchísimas milicias más, por lo que su presencia en los Alardes actuales no garantiza ninguna connotación foral), y menos aún se encuentran en los elementos que de año en año se van añadiendo. Pero es que ni siquiera se citan las milicias forales como origen del Alarde. Sí que se cita, una y otra vez, la batalla de 1522. Hasta el propio Aramburu reconoce: Que en contra de la realidad histórica, los irundarras, en su fuero interno, atribuían al Alarde cierto sentimiento antifrancés, es evidente (OASM, 211). Los irundarras lo inventan, lo organizan, lo protagonizan, lo critican, pero ni una vez citan el verdadero origen, y no sólo origen, sino tampoco el motivo por el que celebran el Alarde.

No conocían su significado histórico, pero una especie de ser inmaterial autoconsciente[4] influía en la voluntad de los irundarras y les hacía organizar todos los años e incluir nuevos elementos en ese acto histórico, el alarde foral. Casi un siglo después, los papeles del archivo justifican a posteriori todos los elementos existentes, casualmente todos los existentes que ha conocido Aramburu “de siempre”, y también justifican haber desechado los que Aramburu no conoció o fueron introducidos posteriormente a que él conociera el Alarde, como la Cruz Roja, o el cabo de txilibitos. Es decir, que el Alarde foral se había mantenido vivo en la “memoria colectiva”. Memoria, porque cuando alguien lo cuenta, no parece que se aprende, sino que se recuerda algo que ya se sabía, que estaba ahí esperando salir del letargo. No se trata de algo que se ha estudiado y que luego se repite mejor o peor, sino de algo que se asegura con rotundidad. En cuanto alguien lo cuenta, de repente parece comprenderse todo. Ese alguien no es historiador, más parece un sacerdote, un intermediario entre el ente autoconsciente inmaterial y el Pueblo; los datos que utiliza, aunque rescatados del archivo, parecen más una revelación. Y colectiva, porque es toda la comunidad la que cree la versión de ese alguien que revela una verdad escondida en las mentes (¿tal vez corazones?) de todos los miembros. De hecho, si alguien no la cree, es que no es de la comunidad, queda fuera de ella desde el mismo momento en que no comulga, no hace comunión con los creyentes. No cree porque no entiende de lo que se habla (yo, por ejemplo, en el tema del Alarde, no sé por dónde me da el aire), y el mero hecho de no entender, de no creer, lo deja fuera de la comunidad, aunque hasta ese momento hubiera pertenecido a ella. No es cuestión de metodología, ni de estudios, ni de documentación, por tanto, no queda espacio para la crítica: o estás dentro o estás fuera.

¿Qué es Alarde?

¿Cuándo se dio tal revelación en torno al Alarde? ¿De dónde surgió que su origen está en las milicias forales y que su función es rememorarlas? Detrás de todo esto hay un problema de nominalismo. La palabra alarde designaba en Gipuzkoa a la obligatoria revista anual de hombres armados, que en Irun, precisamente a raíz de la batalla de 1522, se solía realizar el día de San Pedro. Al día siguiente, día de San Marcial, se celebraba una procesión cívico-religiosa escoltada por unas decenas de mosqueteros que disparaban salvas de honor. Cuando las muestras de armas forales desaparecieron, se continuó con la procesión acompañada de la escolta honorífica, y por lo menos desde 1847 está documentada la presencia de músicos voluntarios. En aquellos años del XIX ya se llamaba Alarde a aquella manifestación cívico-religioso-folklórica (OASM, 163-167) y a la celebrada por la batalla de 1813 (Soraluce, Historia, 169). ¿Que históricamente aquel nombre no era correcto? Las palabras suelen matizar, modificar, incluso cambiar totalmente su sentido con el tiempo, mucho más cuando la acepción original se aleja de la realidad de los hablantes.

¿Cómo se produce esa confusión de conceptos bajo la denominación alarde? Es un proceso largo y complejo. Mientras las revistas de armas de época foral mantuvieron su vigencia, parece que se distinguieron bien el alarde por un lado y la escolta honorífica que precedía a los cabildos en procesión por otro. Lo de la escolta honorífica no tenía nada que ver con que se celebrara un hecho de armas. Así de categórico lo explica Aramburu (SBI, 622):

En el siglo XVI, no sólo en Irun, sino en toda Guipúzcoa, las procesiones, todas las procesiones, eran acompañadas por un grupo de paisanos armados, y esta (sic) de San Marcial no era una excepción. Ahora bien, personas que jamás se han detenido a estudiar mínimamente nuestro pasado, y hablando con la osadía que proporciona la ignorancia, y otras con manifiesta mala fe, atribuyen esta presencia de paisanos armados únicamente a que se debe a una victoria militar. Los primeros hablan por boca de la ignorancia. Los segundos mienten.

Estudiando las cuentas municipales del siglo XVI, comprobamos que el número de paisanos armados, mosqueteros y arcabuceros, que acompañaban a la procesión, se componían de cincuenta hombres, a los que el ayuntamiento invitaba a un sencillísimo “amaiketako”, que suponemos sería pan, queso y vino.

 En efecto, este tipo de acompañamientos honoríficos armados era muy corriente en las procesiones de Gipuzkoa, del País Vasco y otros lugares. También era corriente que el ayuntamiento pagase un refrigerio a estos acompañantes. Generalmente era una mujer que ya se dedicaba a ese menester[5] la que suministraba el condumio. Un ejemplo lo hallamos en la cita de Lanestosa el año 1869, en la que se pagan

tres escudos y doscientas milésimas que por orden del Ayuntamiento a suplido de su establecimiento Dª Casilda Lopez como de costumbre a los danzantes que asistieron a la procesión del Corpus Cristi y a los que llevaron en ella a la Virgen de Ntra Sra de las Nieves y otros individuos que asistieron al arreglo de la procesion y demas necesario[6]

¿Se imaginan que yo quisiera presentar a Dª Casilda como “cantinera” vizcaína? Pero no puede ser, porque ya dice Aramburu que las cantineras sólo tienen razón de ser en los Alardes (OASM, 195). Lo cierto es que en los alardes forales no existían, pero como el alarde reúne a una tropa, y la Enciclopedia Espasa dice que cantinera es la mujer que tiene por oficio servir licores y bebidas a la tropa, asunto resuelto. Este nominalismo (Alarde = tropa; cantineras en tropa à cantineras justificadas en Alarde y sólo en Alarde, pese a que en los alardes forales no existieran cantineras) es poca cosa comparado con el que voy a tratar después, pero un buen ejemplo. Porque lo cierto es que cuando Aramburu da ejemplos de “cantineras históricas” en el Alarde, entiende la palabra en su sentido más amplio, incluyendo en el término tanto las anuales revistas de armas como las escoltas honoríficas a una personalidad o una procesión. Es en estos actos donde las supuestas cantineras servían un refrigerio, igual que Dª Casilda a los danzantes y otros colaboradores. Al fin y al cabo, las “cantineras” de Aramburu presentaban cuentas muy parecidas a las de Dña. Casilda, o a ésta de Irun en 1617: cien reales que se gastaron en dar de comer a los danzantes con los que truxieron los toros para el dicho efeto de la fiesta de nra. Señora (8 de septiembre. Arrizabalaga, 34). No especifica si se pagó a una mujer o no, pero en la página anterior cuenta que se abonaron 30 reales a Pascuala de Sein por la qolaçion que dio a don Diego de Billalobos y Benabides el dia de San Marçal en acabando de qorer los toros. Luego comprobarán que Pascuala no hizo nada diferente a Escolástica Lecuona, pero ésta ha pasado a la categoría de cantinera (tras diez años de “maduración” de sus status, como ya se verá) y aquélla no, porque no sirvió a una tropa.

¿Se puede considerar la escolta armada honorífica comparable a los danzantes? Tanto Ramon Sánchez como Ricardo Requejo, este último en el programa de ETB2 El tiempo lo dirá, conciben el Alarde, el actual, como una representación coreográfica. Sánchez daba gran importancia al movimiento de los participantes. Pero aún hay más concomitancias entre las procesiones de Irun y las de la encartada villa de Lanestosa. En 1727 ó 1728 se pagaron

trescientos y seis Rs Von y nuebe mxs en las festividades del Corpus y Nsa, Señora de las Nieves y San Pedro, con alardes, cohetes y luminaria, musica y danza (ib., 152)

¿Qué significa en Lanestosa la palabra alarde? Sinceramente, no lo sé, pero por el contexto se evidencia que no tiene nada que ver con las revistas de armas. ¿Tal vez con disparos de escopeta u otros gastos de pólvora que harían recordar las paradas militares? Se me ocurre esto porque aparece citado junto a cohetes. Y los cohetes han sido en muchos sitios los sustitutos de los disparos de escopeta de carácter festivo, no sólo en las procesiones. El viajero inglés Richard Ford nos habla de disparos de armas de fuego en las bodas en el País Vasco del primer tercio del XIX (Ford, 19). Itzaina asegura que también en Iparralde eran habituales, tanto en bodas como en la procesión del Corpus. No es costumbre exclusivamente vasca. Así describe André Pacher una boda tradicional en el Poiteau: Au sortir de l’eglise ou du temple, la mariée est “saluée” par tous les fusils de la commune.[7] Hoy día en pequeñas localidades navarras, sin salir del valle del Bidasoa, los cohetes siguen anunciando que hay boda. La utilización de armas de fuego con fines festivos no se limitaba a ratificar con salvas de honor desfiles más o menos alegres aun de marcada significación socio-institucional. Consta que en 1765 el Consejo de Navarra prohibe las cencerradas de víspera de Reyes en Pamplona, en las que

se ha esttilado en estta Ciudad y sus Varrios exttramuros el disparo de Armas de fuego, voladores, buscapies, ruedas y otros artificios de fuego, por las Calles, saliendo en quadrillas de noche por ellas (...) que ningunas personas de qualquier esttado, Calidad y Condicion que fueren, desde la publicacion de estta providencia, salgan de noche, y por las calles con musica, Armas, fuegos artificiales, ni en quadrillas, disparando en ellas, ni dentro de las casas, Armas ni cohetes con semejante mottibo, sin lizencia del Consejo...[8]

También en Irun encontramos relaciones muy parecidas a las de Lanestosa: en 1677, entre los gastos de agasajo a Juan José de Austria, hallamos: Tambores, Tamboriles, Pifanos, Corrida de Toros, Garrochas, barreras, Luminarias, Alarde, Polbora y Cuerda y otras cossas (Arrizabalaga, 42). Aquí la palabra Alarde designa la escolta honorífica al personaje. ¿Podría referirse en Lanestosa a la escolta honorífica de la procesión a San Pedro y la Virgen? ¿Sería tan raro que en Irun el sentido original de la palabra de muestra de armas se extendiera también al acompañamiento de las procesiones? Yo me inclino a pensar que fue así, y no sólo en Irun.

La presencia de la expresión alarde de muestra de armas el día del Corpus, está documentada en Ormaiztegi en 1818,[9] cuando en principio tales alardes y muestras ya no cumplían una función militar. Esto me hace pensar que se puede referir a la escolta armada honorífica de la procesión del Corpus, como en Lanestosa. Es cierto que en Gipuzkoa, como en Lapurdi, durante siglos el día del Corpus fue uno de los elegidos para las anuales muestras de armas concejiles. Así lo recoge, entre otros, Iztueta. Pero también es cierto que lo recoge porque lo enmarca en la celebración folklórica de la festividad, no ésta en la organización militar, que ya está en decadencia, hasta tal punto que lo menciona como algo que se pierde a fines del XVIII:

Orain 30 urte ingururaño, legezko usario zuten Gipuzkoan bizi oi ziraden gizon ezkondu guztiak,[10] ezpata luze anziña anziñako bana zuzenkiro gordakaikaiatzea, eta nor berearekin Gorpuz goizean erriko etxera aurkeztutzea. Baita, alardea zuten arratsaldean, zein bere eskupeta garbiarekin plaza agirikora bilzarkidatzea ere (Iztueta, 84).

También hoy día, en localidades tan poco forales como Toledo, la procesión  del Corpus se realza con escoltas armadas de fuerzas tan poco forales como la Guardia Civil o el Ejército Español. Y Aramburu es el primero en reconocer que la presencia de paisanos armados en procesiones no tiene por qué estar ligada a desfiles militares, forales o no forales. Como veremos un poco más adelante, el añadido muestra de armas ormaiztegiarra no es garantía de connotación foral. No creo, pues, que sea descabellado suponer que el alarde de Ormaiztegi acabara, pese al nombre, reducido a escolta honorífica de una procesión, una vez desaparecido, por lo menos una o dos décadas antes, su significado militar.

¿Qué no es Alarde?

Desde luego en Irun y antes del XIX, esto va a acabar pasando. Incluso a alguien que exige tanto tino en el uso del término alarde sólo para las revistas de armas, no para las escoltas de procesiones, sean o no por victorias militares, cae en el error que critica. Cuando Aramburu describe una procesión a la Virgen en 1769, nos cuenta que la precedían con sus mosquetes veinte y cinco vecinos bien vestidos, en forma militar, con la Bandera de la Universidad, Pífano y Tambor”, realizando las correspondientes salvas. El móvil de describir la procesión no es otro que explicar la participación de las milicias forales en estas funciones (OASM, 117). ¿Milicias forales? Aramburu no nos permite llamar Alarde a la escolta honorífica de la procesión de San Marcial pese a que es organizada por la Corporación municipal, ¿y se le puede llamar milicias forales a una la escolta honorífica que dispara salvas en una rogativa a la Virgen? ¿Acaso organizó aquella procesión que suplicaba buen tiempo la Diputación a guerra, el Coronel general o una Junta extraordinaria? A Aramburu no se le puede acusar de ignorante o mentiroso en este caso, pero sí de incoherente, puesto que él mismo lo dice todo.[11]

A fines del XVII encontramos en Irun otra acepción de alarde, concretamente la expresión de alarde de los muchachos (Arrizabalaga, 44). Como la autora no da  mayores explicaciones, es de suponer que pretendía ir aleccionando a los más jóvenes en el manejo de las armas, por lo que el sentido original de la palabra no varía. Pero hay una cita textual (para ayuda del gasto dela Polbora dela Capitania de su hijo para el Alarde que haçen los Muchachos) que me hace pensar que éstos alardes tenían un carácter festivo, al menos no puramente militar. Es la familia del muchacho elegido capitán la que corre con los gastos, y recibe ayuda municipal; pero no es el propio ayuntamiento el organizador, ni siquiera financiador en su totalidad, como con el alarde “de verdad”.

Esto me recuerda mucho a otras citas de esta misma obra, sobre los gastos de fiestas, en los que no sólo el Rey Cristiano, Rey Moro y Emperador agasajan a sus invitados con ágapes. También el Capitán del Alarde lo hace; pero él recibe una subvención municipal, para ayuda de costa del almuerzo que da a la gente que sale al alarde en la mañana del Sor. San pedro (Arrizabalaga, 29). No es un gasto totalmente financiado por el ayuntamiento, como parece que será luego, desaparecida la costumbre de elegir personajes que invitan a comer a mucha gente, se trata de una ayuda, posiblemente justificada porque el alarde, pese a hacerse en período festivo, era una obligación, y es posible que por ello el número de “convidados” fuera notablemente superior al de otros festines y ajenos a cualquier relación voluntaria entre anfitrión y participantes. Pero tampoco es pagado en su totalidad por el municipio, con lo que el Alarde adquiere un matiz festivo, de hospitalidad entre un vecino acaudalado y el resto de participantes, que va más allá de las meras obligaciones militares de cada vecino. Algo parecido al actual piscolabis que ofrece la cantinera a su compañía. ¿Qué les parecería si yo definiera con la palabra “cantinero” al señor de Aranzate? Absurdo, ¿verdad? No menos que considerar cantineras a las regentes de un negocio de hostelería que no hacían más que atender -y cobrar íntegramente más un beneficio- las peticiones municipales de comida y bebida a paisanos armados en un alarde, una guardia o una procesión, o a danzantes, boyeros, relojeros e incluso presos.

Sí es absurdo desde la perspectiva actual, ya que la cantinera cumple una función social muy vinculada al propio concepto de feminidad y al who is who local. Pero como no se puede reconocer oficialmente este argumento en la defensa del papel de la cantinera y negativa a cualquier otro rol femenino, se recurre a la historia. Pues sepa quien quisiera inventar en el Alarde, a saber con qué finalidad actual o futura, una presencia “histórica” de los cantineros, que constancia documental la hallaría, y no me refiero al señor de Aranzate. He aquí un ejemplo: El dia veinte y siete fueron presentados en el Cuartel general cuatro cantinéros ó vivanderos del Egército enemigo, los cuales fueron aprendidos iéndo en marcha á retaguardia de una columna enemiga. El dia anterior lo fueron otros dos.[12]

Ante la confusión de los conceptos revista de armas y escolta a la procesión de San Marcial, Aramburu se expresa con rotundidad: con el único objeto de demostrar que el actual “Alarde de San Marcial” nada tiene que ver con la batalla de 1522, relataré lo que se trasluce el acta del 12 de junio de 1718. Aquel año ocurrió lo mismo que el anterior, se suspendió el alarde por falta de medios para costearlo, pese a saber los corporativos de su conveniencia “para que la gente moza se enseñe y adiestre en el modo de tratar las armas”. En esa misma reunión se acordó que el día de San Marzial se disponga de la compañía de zincuenta mosqueteros, para que acompañen la procesión a la Hermita de Sn. Marzial, que en dicho día va añalmente en memoria de la vatalla que se ganó donde se halla dicha Hermita. Y añade Aramburu: Una vez más, quiero resaltar la diferencia y total falta de relación entre el alarde de armas y la procesión del 30 de junio, esta última como única conmemoración de aquella contienda, consistente, además de la procesión, en la celebración de una misa (OASM, 107).

En efecto, el año anterior, 1717, la Corporación decidió no celebrar el alarde del día de San Pedro para ahorrar gastos, aun a sabiendas de que era obligatorio. Sin embargo, al día siguiente se celebró, pese a la rotundidad de Aramburu para demostrar lo antihistórico de mezclar dos conceptos distintos bajo el mismo nombre, Alarde y Muestra de Armas que se hizo el dia de San Marzial en la procesion acostumbrado (sic). Por si a alguien le caben dudas de si ésta era la obligatoria revista de armas atrasada un día, sepa que la gente del dicho alarde fueron cincuenta hombres, igual que en la procesión, que Aramburu no considera alarde, del año siguiente (Arrizabalaga, 54).

Ya desde 1708[13] comienzan a espaciarse los alardes de San Pedro, alegando falta de medios (OASM, 106). No era un problema exclusivo de Irun, sino generalizado y anterior, como refleja la reiterada y manifiestamente poco efectiva legislación desde fines del XVII: Rilova (“Marte Cristianísimo”, 71-72) documenta ya en 1694 que algunas localidades han comenzado a abandonar los anuales alardes obligatorios. La Provincia no sólo es incapaz de consiguir que se cumplan sus mandatos, sino que cada vez van a ser más quienes los incumplan: Encárgase á las Repúblicas (se refiere a los municipios y concejos de la Provincia), que hagan alarde de Armas todos los años...1708. (...) Se mandan hacer como se há estilado...1732 (Egaña, 18). Así se expresa Larramendi en su Corografía de la Provincia de Guipúzcoa de 1754, pág. 196: Practíquense los alardes en todos los lugares, como se practican en algunos y está mandado en todos.

Sin embargo, la escolta de la procesión, ciertamente más reducida y más barata, sí se celebra. No creo que el costo fuera el único criterio para primar la procesión escoltada; las corridas de toros no eran baratas, pero no se renuncia a ellas por dar gusto al pueblo (Arrizabalaga, 52). Aunque ahora parezca mentira, observando el amor que el pueblo profesa al Alarde puro, al que sin mácula carnavalesca representa a las milicias forales euskaldunes de antaño, aquel sacrosanto alarde comenzaba una fase de decadencia imparable, un siglo antes de que finalizaran en 1808. Ahora algunos no dejan participar a quien quiere, y entonces obligaban a hacerlo, bajo penas de multa e incluso de cárcel, a quien no participaba (OASM, 105-107).

A pesar del empeño de Aramburu, en lo que respecta a la palabra alarde la documentación va reforzando su carácter de procesión rememorativa de la batalla y debilitando su original sentido de revista y muestra obligatoria de armas foral. Según las Ordenanzas de 1773 (OASM, 120), un largo y farragoso texto sobre la procesión de San Marcial habla así de la escolta armada:

con compañías formadas, Caja, pífano y Bandera que tiene ella al uso militar, y después acá siempre se ha ejecutado y ejecuta así, dando la misma Universidad las armas y munición necesarias para las salvas, ejerciendo el empleo de Capitán el primer capitular de su Regimiento (se refiere a ayuntamiento, formado por regidores, lo que hoy llamaríamos ediles), el de Alférez llevando la Bandera, el segundo cargo-habiente, y los cinco restantes, ocupando los puestos de Sargentos y Cabos con sus alabardas para arreglar las compañías y cuidar de ellas, y se ha guardado el mismo orden en las repetidas ocasiones que se ha hecho alarde y muestra general de armas por todos los vecinos y moradores, ordinariamente el día de los apóstoles San Pedro y San Pablo víspera de san Marcial, en memoria de dicha batalla...

Espero coincidan conmigo en que el texto se presta a interpretaciones dispares. ¿A qué se refiere en memoria de dicha batalla, a la procesión o al alarde? Posiblemente a los dos, si se confronta este texto con la Ordenanza de 1804. Diferencia el alarde como revista de armas del día de San Pedro y las compañías de la procesión, a las que no llama Alarde, pero que se ordenan igual, con participación del cabildo secular no precedido por esas compañías, sino dirigiéndolas... como en el alarde. Incluso se puede pensar que las considera alarde al decir que se ha guardado el mismo orden en las repetidas ocasiones que se ha hecho alarde y muestra general de armas. ¿Tal vez distinguían uno de otro con el añadido “general” para lo que antiguamente fue alarde y muestra a secas? No se puede afirmar ni negar con rotundidad, es sólo una interpretación, pero legítima ante ese texto. De todos modos, aunque se distinguen los dos conceptos se les dé el nombre que se les dé, para 1773 aquel obligatorio alarde anual cada vez menos practicado se subordinara al epígrafe  De la procesión de San Marcial y función que se hace. Me resulta significativo que el alarde no sólo no tenga encabezado propio, sino que queda supeditado a la procesión.

La Ordenanza de 1804, en su cap. XXI habla “de la forma en la leva de Marineros, u otra tropa, y del alarde de San Marcial, etc.” (OASM, 122). Antes de analizarlo, una puntualización: unas páginas más adelante (OASM, 185), Aramburu afirma que en 1881 se crea un nuevo “alarde”. Es lo que ha quedado con el nombre de Alarde de San Marcial. No sé si su nombre es muy correcto. Yo no voy a entrar en si es correcto o no, pero me parece muy importante resaltar que la Ordenanza de 1804 hable del alarde de San Marcial. Sobre todo porque el propio Aramburu, para reprochar a Estornés su poco rigor histórico por utilizar este vocablo cuando él no lo considera oportuno, escribe El Alarde de San Marcial no nace hasta el mes de Junio de 1881, sin que nunca anteriormente en la historia existiera tal nombre (Bidasoan, Fiestas de Hondarribia ‘96, pág. 55). Tal vez debería releer su libro. Por lo demás, parece que Aramburu no aprecia confusión en la redacción de la Ordenanza, a excepción de en memoria de aquella batalla, que nos aclara que no puede referirse al alarde. Una aclaración muy pertinente, pero que debería haber hecho a nuestros antepasados, que por lo visto no se enteraban de lo que celebraban y a santo de qué.

Un escrito dirigido por unos particulares al Ayuntamiento, recogido en acta de 25 de junio de 1804 (OASM; 124), afirma que Alarde general y procesión se hacían en memoria de la batalla. Ante esta afirmación, Aramburu dice que, sencillamente, es mentira. ¿En qué se basa? Entre otros muchos datos, en que lo desmienten rotundamente las Ordenanzas municipales de 1773 y 1804. No sabe a qué se debe la mentira. A continuación nos dice, no sé si a modo de posible explicación del infundio, que posiblemente, el alarde de armas no se realizara desde 1791 (OASM, 125). En 1796, Las Juntas Generales celebradas en Segura acuerdan el restablecimiento de los Alardes anuales. Es decir, que en la práctica no se realizaban (OASM, 125). Creo que es importante tener en cuenta este elemento de decadencia de los alardes de armas para entender la confusión documental al respecto.

En esa misma acta de 25 de junio de 1804 se decide, casualmente y sin que tenga nada que ver con la mentira, que

cada vecino asista por sí o embie sustituto para el alarde, muestra general y ejercicio de armas que se deve hacer y hace todos los años arreglado a la ordenanza por tal motivo en memoria de la ya referida Batalla (OASM, 125).

¿Pero no desmentían rotundamente las Ordenanzas esta confusión? De hecho, las Ordenanzas de 1804 fueron aprobadas por Carlos IV posteriormente, el 12 de diciembre (OASM, 122). ¿Cómo puede ser que el Ayuntamiento resuelva unificar los dos hechos por tal motivo y luego la Ordenanza los mantenga unidos, pero por otro motivo que no se cita, y en 1807 se realice un “minialarde” de 80 mozos? (Iguiñiz, 22; ¿minialarde o “tradicional” escolta honorífica de la procesión?).

Me llama la atención que Aramburu reproduzca el texto que nos habla de la ya referida Batalla, pero no reproduzca el texto completo, que nos aclararía a qué batalla se refiere y tal vez por qué, para qué y cómo se unen procesión y Alarde.

Lioso, ¿verdad? Pues presten mucha atención, porque en 1785 la Noble y Leal Universidad de Yrun,[14] rizando todos los rizos, no sólo creía que su alarde foral estaba motivado por la batalla, sino que también los que se celebraban en las otras localidades de la Provincia tenían su origen en el de Irun. Así respondían a la octava pregunta de un cuestionario remitido por la Real Academia de la Historia:

 Desde esta vitoria, del dia de San Marzial principio la costumbre, en éstavilla de Yrún, de hacer, anualmente, Alarde y reseña de Armas, desus vecinos, y moradores, la mañana del dia 29,, de Junio dia de los Santos Apostoles San Pedro, y San Pablo, aviendo nombrado, mientras viviese, por capitan dedhos Alarde, y Reseña al Capitan Lope de Yrigoyen, que tanto contribuió a desvaratar álos enemigos, y establecieron varias ordenanzas, para el Govierno de regocijos publicos, que en memoria de sus azañas quisieron azer y se han practicado, los dias de San Pedro y San Marzial 29,, y30,, de Junio de cada año. Depapeles de éstav.ª, pareze haverse adoptado, por ésta Provincia de Guip.ª la misma costumbre de Alarde y Reseña de Armas, para las demás Repúblicas. por haverse considerado que era mui conducente, para que sus naturales perdiesen el sobresalto, que causavan los tiros de polvora y para que mantuviesen en buen estado las Armas, para las demás Repúblicas (Aguirreche, 196).

Aramburu especula, ante la poca veracidad de que el Alarde fuera capitaneado por una persona que no pudo ser durante cuarenta años seguidos alcalde y por tanto capitán, que Lope de Yrigoyen capitaneara, no el alarde, sino el escuadrón de mosqueteros que escoltaba la procesión del día 30. Pero entonces la confusión de escolta y revista de armas bajo el nombre Alarde no es del XVIII, sino muy anterior, puesto que la atribución a Yrigoyen de capitán vitalicio del alarde irundarra la hace Isasti ya en 1625 (OASM, 38), y él no cita el voto ni la procesión.

¿Qué se puede sacar en limpio de este batiburrillo? Lo primero, que la confusión de dos conceptos bajo el mismo nombre viene de lejos. Ya en 1717 se denomina Alarde a la escolta de la procesión. Fuera o no fuera el alarde de armas lo que precedía a la procesión en 1773, se parecía bastante, hasta el punto de que el cabildo secular lo dirigía, en vez de ir en procesión junto al eclesiástico. En 1804-1807 la confusión ya no depende de las interpretaciones que se hagan de un texto farragoso. Incluso en la cita parcial que nos ofrece Aramburu y en el cuestionario de 1785 se evidencia, no que se unifican alarde y procesión, sino que el primero se creía motivado por la batalla, y no algo independiente. Abundaré en esto al tratar el caso hondarribiarra.

Tiene razón Aramburu cuando argumenta que históricamente fueron dos cosas independientes. Pero yo no diría que en 1804 se unifican, al menos Aramburu no lo documenta. Más bien me parece que, ante la evidente decadencia de las muestras de armas, en Irun y Hondarribia son fagocitadas por un previo, la escolta honorífica, que ya había tomado casi un siglo antes el nombre de Alarde, y parece que desde la segunda mitad del XVIII un nuevo sentido, más “al uso militar”, como rememoración de una batalla, no como mero acompañamiento honorífico de cualquier procesión.

A partir de 1807 ya no hay duda, la palabra Alarde no puede designar un acto desaparecido, y en Irun se encuentra documentada en 1847 para designar a las escoltas de salvas honoríficas de actos conmemorativos de la batalla de 1522, así como la de 1813. Soraluce denomina en 1870 con la palabra alarde a la escolta para salvas de esa última batalla (Historia, 169). Todavía hoy se celebra misa en la ermita de San Marcial el día 31 de agosto, festividad de San Ramón Nonato, en memoria de la batalla de 1813; pero al no haber procesión ni salvas, hoy la palabra alarde no se relaciona para nada con este día.

En 1880 (OASM, 184) la palabra “alarde” designa a esos actos del 30 de junio, pero en conmemoración de las dos batallas. Es de pensar que el año anterior el ayuntamiento daba el mismo sentido a la palabra cuando acordó se celebre la fiesta popular de San Marcial, según era costumbre antes de la última guerra civil (1872-76)  excepción hecha del alarde (ibidem).

En 1881 (OASM, 185) se da la organización más “militar”, en el sentido que se organiza como los ejércitos coetáneos. Aramburu pretende hacernos creer es una rememoración de las forales muestras de armas y revistas de gentes, aunque nadie lo cite.

En 1882, sin embargo, el programa de fiestas dice que El día 30 se verificará el alarde acostumbrado, en la forma siguiente... (OASM, 196) y da detalle de cómo se realizará. Curioso que diga acostumbrado si se refiere a un acto realizado por primera vez el año anterior. A no ser que se refiriera a que sí era acostumbrado hacerlo, entendiendo por Alarde lo que previamente se conocía, la gente armada y sus evoluciones, que no eran reminiscencia de las milicias forales, sino la escolta honorífica de la procesión. Precisamente señalar en el programa los detalles de esas evoluciones de un acto acostumbrado sí puede responder a la necesidad de dar a conocer los novedosos cambios formales.

Ésta es mi hipótesis, que merecería un estudio más profundo para ser ratificada, matizada o rechazada. Me parece legítimo que Aramburu o quien sea mantenga otras posiciones al respecto, pero de ningún modo se puede admitir la siguiente afirmación: Y esta determinación fue la causa de que con posterioridad -77 años después- se formara lo que en la actualidad llamamos Alarde de San Marcial (OASM; 125). Primero, la determinación de unir alarde y procesión en 1804 no es tal, sino que se hace todos los años. Segundo y principal, hace falta documentación de 1881 que demuestre que el nuevo Alarde se hizo como se hizo porque 77 años antes se había hecho como se había hecho. Y en todo caso, llegaríamos a la conclusión de que en 1881 quisieron rememorar la batalla y no el alarde de armas, puesto que éste en 1804 se realizó el 30 de junio con ese fin y no otro. Incluso, por lo menos desde 1773, el cabildo secular participa en la procesión comandando esa "tropa", como hacía en los alardes de armas. Y en 1881 parece[15] que el cabildo secular desfila junto al eclesiástico, con lo que el carácter de muestra de armas que había adquirido la procesión a fines del XVIII -y perdido a partir de 1807- queda definitivamente separado hasta hoy. No parece que tras 1808 el cabildo secular "dirija" la escolta honorífica a modo de alarde. ¿Por qué querrían recuperar en 1881 el espíritu pero no la forma foral del Alarde basándose en un hecho que sólo demostraba lo débil que ya era, hasta el punto de celebrarse por un motivo distinto del originario? Si realmente eran foralistas; ¿por qué no se basaron en el posterior ordenamiento militar foral, mucho más cercano a la experiencia de los “inventores” de 1881? ¿Sólo porque se llamaba Alarde? Eso no es prueba documental, sólo nominalismo. Izena ez da izana.

Interpretaciones a la carta

No es de extrañar que se haya caído en este nominalismo, ya que el propio ayuntamiento llegó a confundir los dos conceptos bajo una sola palabra cuando los alardes entendidos como muestras de armas en teoría seguían vigentes. El historiador Fausto Arocena, según cita Aramburu (OASM, 195), lo considera reminiscencia de las milicias forales. ¿Es esta observación fruto de un estudio de los motivos y circunstancias de ese nuevo Alarde a partir de 1881? Aramburu no indica nada parecido, pese a que avalaría su tesis. Por tanto, yo me inclino a pensar que se trata de una nota erudita de historiador, mucho más leído que la inmensa mayoría de los participantes.[16] De todos modos, no olvidemos que el concepto de milicias forales no se limitaba a las tropas que hacían un anual alarde, sino a todas las tropas dependientes de la Provincia, y que dichas milicias pelearon en 1522 junto a las tropas reales, con lo que estamos como al principio.

Aramburu se queda solo en su afán de demostrar que el actual “Alarde de San Marcial” nada tiene que ver con la batalla de 1522. Es el propio Ayuntamiento de Irun quien celebra el Alarde por este motivo por lo menos desde el XVIII, y las investigaciones de historiadores cuyas obras y conclusiones -tratando de juzgar imparcialmente- son algo más conocidas que las suyas, insisten en éste y no en otro origen del Alarde de San Marcial. Debería comenzar por los más destacados, Serapio Múgica y Luis de Uranzu, pero los dejo para después porque Aramburu los interpreta a su gusto.

 Comencemos por los más cercanos a la innovación. No se observa foralismo y sí amor patrio español, que sin ninguna contradicción se conjuga con el amor a Euskal Herria, o Euskaria, por utilizar un término corriente en aquellos años de fines del XIX. En 1883 Enrique Irabien escribe lo siguiente:

¡San Marcial!! Al evocar este nombre acuden a las mentes recuerdos de gloria imperecederos, sangrientos combates en el que quedó victorioso el estandarte de la pátria: mas, dejemos por ahora los bélicos alardes, puesto que las guerras afortunadamente son cada vez más difíciles (pág. 23).

¿Pero no eran los alardes rutinarios ejercicios militares en tiempos de paz? De las muchas contiendas internacionales y civiles que cita, ¿a cuál se refiere al hablar de San Marcial?: el basco hace más por ruegos que por mandatos, como lo ha demostrados siempre y una vez mas en San Marcial en 1522 (pág. 26). Ese preferir el ruego y no el mandato, referido al Capitán General D. Beltrán de la Cueva, me recuerda mucho a la disposición foral de que las autoridades militares del rey se dirigieran a la Provincia “por vía de aviso o advertencia y no por orden” (OASM, 18). ¿Interpretación foralista como reacción a la violenta imposición del servicio militar obligatorio a los jóvenes euskaldunes, etc.? Decídanlo ustedes. Yo tengo mi propia opinión tras leer el siguiente párrafo en la misma página:

Por lo demás, San Marcial es una fiesta puramente nacional y sobre todo euskara; el recuerdo de muchas victorias para la pátria y sangrientas pero evidentes pruebas, primero de que cuando España ha querido defender su independencia, con muy pocos hombres ha bastado.

El término euskara no se refiere a la lengua, es el femenino de euskaro, sinónimo de vasco. Lo que sí está en euskara es esta explicación del Alarde que hace Endarlaza’ko (pág. 148):

Urteoro-urteoro egiten diran jaiak ere gertaera artatik jaiotakoak dira. Orain Irungo kalietan oñez ta zaldiz ibiltzen diran gizon oek, 1522’g. urtean mendian iblli ziran gudari bulartsuen izena ospetzeagatik dabiltz.

Por el seudónimo, parece de Irun. No es de Irun, pero sí un reconocido historiador, Carmelo de Echegaray, quien en un texto recogido por Aramburu (OASM, 205; lo firma, siguiendo la grafía de la época, como Etxegarai’ko Karmelo’k) recoge el aspecto rememorativo del Alarde. ¿Qué rememora, las revistas de armas, o la batalla? Sin duda, la batalla:

Lengo gauza gogoangarriak, oroitzaren bitartez berrirotzea, guraso zarrak egin zituzten egitako aundiak lurperatzen utzi gabe, urteoro gaztien begien aurrean jartzea, benetan ongi egiña dago. (...) Orregatik urteoro barriztatzen dute orain iya laureun urte Aldapeko inguruetan gertatu ziran jazarraren oroitza. ¡Bejondakiotela!

En parecidos términos se expresa Rafael Ugalde, citado por Aramburu en la misma página. Expresiones como Aitorren zeme (sic) jatorrak, erriaren alde, Aitorren odola bere zañetan daramana, eta Euskalerriaren alde bear danean aterako dana, etc. pueden hacernos pensar que cuando describe el Alarde de San Marcial y lo considera una renovación de la victoria (aurretiko guraso zarrak, erriaren alde irabazi zituzten garaipen gogoangarriak urtero berrizten dituzten beren San Martzialetako pesta sonatuetan) sólo se esté refiriendo al pueblo de Irun, o como mucho al vasco. Seguiría sin mencionar los alardes anuales. Pero la frase que encabeza el texto no deja lugar a dudas de que la batalla se enmarca en la defensa de la entrada de España. La descripción de Irun encaja perfectamente en el vasquismo no nacionalista[17] de entonces: Irún, Euskalerriaren biotzean, eguzkiaren sortaldetik Españako atetan, Gipuzkoa eder onen erriberarik aberatzenean.  

A partir de aquí, el discurso tiene ligeras variantes, pero se mantiene igual en lo básico. Sin desconocer ni ocultar la existencia de los anuales alardes militares obligatorios, éstos se supeditan a la rememoración festiva de la batalla por el hecho de que se traslade su fecha de celebración al día de San Pedro. Y la celebración del día 30 se refiere a la batalla sin duda ninguna. La presencia de armas se encuentra natural por al considerarse un acto ligado a una batalla, no a revistas anuales o escoltas honoríficas de procesiones por cualquier motivo no bélico.

En 1943, el sacerdote irunés D. José Manuel Estomba, en su obra Echepare Diseño de un joven audaz,[18] considera el Alarde una fiesta popular cuyo origen estaba en los obligatorios alardes de armas de la Provincia que se realizaban el tercer día de Pascua de Pentecostés, pero que en el caso de Irun, y con motivo de la victoria de 1522 contra los franceses, se trasladó al día de San Marcial. No al de San Pedro, sino al de San Marcial.

En 1951 Juan Antonio Lecuona publica Batalla y Alarde de San Marcial. El mismo autor lo explica en la pág. 2: Bajo el título “Batalla y Alarde de San Marcial” ofrecemos, pues, el Hecho de Armas propiamente dicho, del 30 de Junio de 1522, y lo que encierra en si (sic), el emotivo Alarde para todos los iruneses y Guipuzcoanos.

La obra es básicamente la recopilación de textos de autores anteriores. Tras citar al inevitable Garibay y otros autores cercanos a los hechos, como Sandoval o el propio rector de Irun, D. Juan de Rivera e Irigoyen, engarza estos testimonios y posterior relato basado en Múgica por medio de los siguientes párrafos:

Y sobre todo, la tradición misma, constante y no interrumpida, renueva todos los años el recuerdo de aquella batalla que se conmemora con el alarde de San Marcial, que, por su carácter típico y por la relación que tiene con los sucesos a que venimos refiriéndonos, bien merece ser descripto en este lugar. (...)

La víspera del citado día, o sea el 29 de Junio, se hacía el “Alarde” o reseña de armas, siendo el primer Capitán que mandó dichas fuerzas por espacio de 40 años, el mismo Lópe (sic) de Irigoyen que tanto contribuyó a la derrota de los franceses (ib. 15)

En 1960, Leonardo Urteaga ve en el Alarde de San Marcial una exaltación elegante y triunfal de lo que fueron aquellas milicias de naturales de cada pueblo y que los ayuntamientos de Guipúzcoa mantenían con carácter permanente hasta 1577, en que se impuso el servicio de reemplazo como a las demás provincias de España (El Bidasoa, nº 777). Seguro que Aramburu suscribe la primera parte del enunciado, pero no la segunda. Por lo que se deduce del título, “La compañía que envió mi pueblo a aquel Alarde”, no parece que Urteaga conozca muy a fondo el tema, puesto que se refiere a la compañía de Villafranca de Oria (actual Ordizia) que en diversas ocasiones acudió a la frontera, a combatir o a formar parte de las tropas que recibían y maniobraban militarmente ante personajes ilustres. Es decir, se denomina Alarde indistintamente a la revista de armas anual de cada localidad, a las escoltas honoríficas a personalidades y al sistema foral de defensa en su totalidad.

Ricardo Izquierdo, en su monografía histórica de 1970, pág. 53, utiliza la palabra Alarde para referirse al voto y también a la revista de armas anual y algunas extraordinarias. Utiliza la misma palabra, pero no confunde las dos acepciones, hasta que en la página siguiente, ya en el último párrafo, se refiere a las figuras del Emperador, Rey Cristiano y Rey Moro como los personajes centrales del Alarde, entendido aquí no como revista ni como procesión votiva o simplemente su escolta, sino como sinónimo de la fiesta que se celebraba en los días de San Juan, San Pelayo, San Pedro y San Marcial.

 Por lo que yo sé, el primero en plantear el actual desfile llamado Alarde como supervivencia, no simple origen, sino rito renovador de aquellas muestras de armas perpetuadas anualmente, ha sido el hondarribiarra Javier de Aramburu, y referido a su localidad. El voto de los cabildos, añadido a aquel anual alarde, ha permitido su continuidad mientras se perdían en otras localidades:

Así es el Alarde de Fuenterrabía. El recuerdo vivo de una ordenanza foral que mandaba prestar servicio de armas a todos los naturales de Guipúzcoa cuando lo exigieran las circunstancias y que para estar prevenidos y entrenados establecía hacer, al menos una vez al año, revista militar o alarde (Alarde de Fuenterrabía, pág. 64).

El carácter festivo atribuido al Alarde por Estomba, que hablaba de las revistas de gentes como origen, no como realidad actual, va siendo sustituido por un sentido más trascendente. Hasta ahora, la renovación anual que mencionan Etxegarai, Ugarte o Lecuona se refería a la batalla. El libro de Javier Aramburu finaliza con estas palabras: Los guipuzcoanos, con sus Fueros en vigor, hacían el servicio de las armas. Creo que ha quedado claro (ib. 65). ¿En qué se basa para afirmar tal continuidad? En que en 1639 los paisanos en edad de portar armas subieron a Guadalupe en orden militar, capitaneados por el alcalde. Allí recibieron a la procesión y dispararon salvas de honor a la Virgen. Sí que en el aspecto formal recuerda a los alardes, pero no sé si mucho más que cualquier otro acompañamiento de cualquier otra procesión. Desde luego, recuerda al modo de hacer la procesión de San Marcial según las Ordenanzas de 1773 y 1804. El carácter armado de acompañamiento a la procesión y la propia evolución tendente a supeditar las muestras de armas a dichas procesiones en Irun y Hondarribia han favorecido la confusión actual. Pero me parece muy poco riguroso afirmar el carácter foral del actual Alarde sobre la base de que en la procesión de 1639 participaron...

todos los vecinos en procesión los de edad que puedan manejar armas y los que no hachas con velas encendidas y los niños cantando loores de la santisima imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, y todos, asi hombres como mujeres, politicos y militares... (Alarde de Fuenterrabía, págs. 48-50). 

Que yo sepa, hoy día no participa gente con velas, tampoco niños cantando loores a la Virgen, ni militares. Ni en 1639 hubo hacheros, ni cantineras, ni caballería ni artillería, ni banda ni tamborrada, ni veraneantes... Eso no impide escribir a Javier Aramburu que han pasado más de tres siglos y el actual alarde de Fuenterrabía es casi idéntico al que acabamos de leer (íb. pág. 52)

Origen no es motivo

Un profesional de la historia que analice estos datos podría llegar a la conclusión de que la manifestación folklórica que reproduce un pequeño ejército y sustituye en 1881 a la escolta honorífica y a los músicos tiene su origen en esos mismos elementos que sustituye. ¿Por qué esa “revolución” formal y conceptual? A mí me viene a la cabeza el siguiente contexto histórico: Tras una Segunda Guerra Carlista que en Irun fue especialmente dura, el nuevo Alarde constituye una reunificación simbólica de vencedores y vencidos. ¿Qué es lo que unía entonces a todos los iruneses? Su españolidad, reforzada por su propio carácter fronterizo, como tantas veces demostró la historia, y anualmente la celebración de la victoria de1522.[19] El traslado de las aduanas en 1841, pese a los inconvenientes que acarreó y que con tanta viveza nos describe Aramburu (SBI, 430-431 y 646-652) supuso también el desarrollo económico muy importante de un amplio sector social.[20] Irun crece demográfica y económicamente, y socialmente se va transformando con rapidez, sobre todo tras la unión del eje ferroviario Madrid-París en 1864. Irun es cada vez más urbano, más hispanófono, con una proporción de inmigrantes del interior de la Península cada vez mayor. En 1881 la españolidad de Irun no se cuestionaba, todo lo contrario, estaba reforzado por el carácter fronterizo con un país que durante siglos había sido el enemigo por antonomasia, convertido en aliado desde hacía décadas,[21] modelo a seguir y refugio de españoles de uno y otro bando en las numerosas ocasiones de confrontación interna, incluidas dos guerras carlistas con graves consecuencias en Irun, lugar de gran importancia estratégica. De hecho, la última de ellas había acabado cinco años antes, en 1876, y la derrota carlista acarreó la pérdida de los Fueros, pese a la defensa de éstos por gran parte de los liberales vascos.

La españolidad no estaba cuestionada, pero sí herido el orgullo nacional[22] ante los franceses, que contemplaban cómo sus vecinos se enzarzaba constantemente en guerras civiles.[23] Por otro lado, el turismo entre Biarritz y San Sebastián está en auge, de lo que se beneficia la comarca del Bidasoa,[24] principalmente Hondarribia. El nuevo Alarde es más vistoso y atractivo para los forasteros. Esto no es más que una hipótesis, pero cuanto más releo los datos que Aramburu aporta sobre esta época, más convencido estoy del poco fundamento de su teoría del origen en las milicias forales, ni formalmente, ni como rememoración, ni como reivindicación foralista, algo que en principio habría tenido sentido en el contexto político del momento, pero que nadie cita, ni siquiera los directamente interesados.

Pero Aramburu no es historiador, es un abertzale que ha acudido  a la historia en busca de los orígenes de su sacrosanto Alarde[25] y, aprovechando -inconscientemente lo más seguro- el doble significado que históricamente ha tenido la palabra Alarde en Irun, ha llevado la sacralización a su punto más alto: la rememoración de las milicias forales echa por tierra el sentido antivasco y concretamente antinavarro que en ocasiones se ha dado al Alarde fuera de Irun (por ejemplo Azurmendi, pág. 198; Martiartu, pág. 4; el foro de debate del Diario Vasco se centró en el origen de la batalla y su significado antinavarro); al contrario, la autogestión militar foral es un excelente ejemplo de la personalidad jurídica vasca, y cuando los españoles suprimieron los Fueros contra la voluntad del Pueblo Vasco, el Alarde se convirtió en reliquia viva de aquel pasado foral.

Hasta tal punto ha calado el discurso foralista que Fermín Muguruza, vilipendiado por Iñaki Oyarzabal en varios medios de comunicacón por su favorable actitud hacia el Alarde igualitario, envía una carta al director de Bidasoan (Fiestas de Fuenterrabía ‘99, pág. 2) en la que afirma, entre otras cosas, que el Alarde no lo ha podido concebir nunca como españolista, ni franquista la conmemoración de nuestras milicias forales. Esto no tiene nada de extraño en un nacionalista vasco. Más extraño es que BAE, cuyo “estudio histórico” critica Aramburu en la misma revista (págs. 74-75), defienda que el motivo por el que en 1.881 el pueblo de Irún se inventa el alarde de san Marcial actual, y seguidamente añada que la añoranza de “todo” un pueblo, la pérdida de los derechos forales y el apego a las costumbres hará surgir de entre las brasas una fiesta foklórica de gran vistosidad.

Ante esa asunción del discurso foralista de BAE, no puedo más que reñirlas severamente. Y para ello nada mejor que apropiarme de las palabras de un ilustre amigo de la historia local: ¿Apego a qué costumbre?, si los alardes de armas habían desaparecido hacía muchísimos años, y el pueblo no se acordaba en absoluto ni de su formación, ni posiblemente de su existencia. (...) Lo de la “gran vistosidad” es otro “invento” que se sacan de la manga, ya que los comentarios de prensa son contrarios a su celebración, por considerarlo poco serio para acompañar a la procesión (...) Será en la década de 1.890, cuando comenzamos a leer las primeras y tímidas frases laudatorias al mismo, refiriéndose a la marcialidad de sus movimientos militares y a la unuformidad (sic) de sus descargas. Nada de aspecto foral en las alabanzas, nada de reivindicación foralista en los primeros Alardes.

¿Quién firma esas palabras? Nada más y nada menos que Antonio Aramburu, en la revista arriba citadaLa necesidad de descalificar á BAE por todo acaba descalificando su propio discurso. Ahora parece que Aramburu no cree en la existencia de un ente autoconsciente, llámese Pueblo o Alarde, que se adentra en la memoria colectiva y hace revivir un hecho histórico. Atribuye la novedad de 1881 a los hermanos Balzola, dos intelectuales y grandes conocedores de nuestra historia, quienes idearon el Alarde de san Marcial, con una fidelidad asombrosa a la historia local (ib). ¿Fidelidad en los uniformes, las cantineras, la artillería y caballería, los músicos, etc.? No voy a insistir ahora en eso. Sólo quiero hacerles notar que, pese a la reprimenda a BAE, este colectivo no ha hecho más que dar por bueno lo que popularmente se considera historia del Alarde, una mezcla de milicias forales y voto de agradecimiento por la victoria. ¿De dónde ha sacado BAE tal mezcolanza? Porque, si de verdad fueron los hermanos Balzola los promotores de la novedad y si de verdad conocían la historia local y de verdad pretendían que el nuevo acto tuviera un carácter de antiguo alarde municipal, sin preocuparles la vistosidad, no lo podían haber hecho peor, en el sentido de más alejado de la realidad histórica. Y sobre todo, ¿por qué lo hicieron en secreto? ¿Acaso creían que una reivindicación foralista no tendría aceptación? ¿No era acaso todo el Pueblo Vasco foralista?

Pero me temo que el problema de interpretación foralista del Alarde no es de los hermanos Balzola, ni siquiera del estudio histórico de BAE, ni tampoco mío cuando creía ver cierto esencialismo en la defensa “histórica” del Alarde. El mismo que ahora parece no apreciar carácter foral explícito en aquellos primeros Alardes de fines del XIX, afirma a continuación: Muy poco a poco el Alarde de San Marcial va prendiendo en el alma irundarra, hasta convertirse en una de las señas de identidad de sete (sic) pueblo, hasta que Bidasoa Aldeko Emakumeak y sus escasos seguidores intentan convertirlo en un carnaval, lo que es una vieja tradición euskaldun y una reivindicación de nuestro Pueblo Vasco.

Alma, vieja tradición euskaldun -aunque el Alarde, hasta la carnavalada igualitaria, haya sido un ritual hispanófono-, reivindicación del Pueblo Vasco. Es cierto, mucho esencialismo, pero no foralista. ¿O sí? Sólo les pido una cosa, que si continúan leyendo, al llegar al lamentable susedido de Joshe Mari, el recio mocetón baserritarra, o al recordar el revoltijo alarde-procesión entre 1804 y 1807, recuerden también que en 1881 el pueblo de Irún no se inventa nada, ya que desconocían cómo eran los alardes, que tras la victoria de Napoleón desaparecieron y hacía la friolera de 74 años que no se hacía alarde, y ya no lo recordaban ni los ancianos. Y llegados a este punto, me gustaría saber entonces por qué Aramburu tituló su obra de 1987, Orígenes del Alarde de San Marcial. Las milicias forales. La coherencia no parece una de sus muchas virtudes.

Son muchos los seguidores de esta tesis que Aramburu parece ahora desmentir. Antonio Loidi Bizkarrondo[26] llega a afirmar de las compañías de infantería del Alarde que son precisamente -según se afirma por unos y otros- una reminiscencia de las antiguas milicias forales: símbolos o recuerdos, en cierto modo de libertades perdidas por nuestro pueblo”. Por lo demás, su aportación es realmente novedosa porque no plantea la historia para huir del problema, sino para abordarlo con una propuesta integradora, aunque sea parcialmente: juntas, pero no revueltas, ya que las compañías de infantería, la esencia de la tradición, permanecerían sin “escopeteras”. Ante la evidencia de que hay elementos de origen posterior, admite que las mujeres puedan componer un nuevo elemento, por supuesto también de "base histórica", e insinúa un “cuerpo sanitario”, con este argumento: En todo ejercito (sic) existe un cuerpo de sanidad, y no cabe duda que en las milicias forales habría. Para ello ofrece un dato histórico, la sección de la Cruz Roja documentada en 1903. No explica si estaba compuesta por mujeres - si no lo estaba, ¿por qué podría estarlo ahora?-. Tampoco aclara por qué la presencia de mujeres rompería la esencia de la tradición en las compañías de infantería si no lo hacen las cantineras, los “sucios de sangre”, o las compañías Real Unión o Buenos Amigos.[27] Loidi, aun reconociendo que su intención es dar respuesta a un problema actual, cae en la trampa del discurso oficial “betiko” y propone una solución de “base histórica”, como si el conflicto fuera realmente histórico, sólo histórico o ante todo histórico.

No todo el mundo comparte la nueva versión foralista, ni en general ni a la hora de proponer soluciones al problema presente. Por ejemplo, María Elena Arizmendi no se plantea tal origen en su libro Vascos y trajes, y, en respuesta a una pregunta de Álvaro Bermejo (DV, 96/08/05) argumenta, cómo no, históricamente su postura contraria a la participación femenina: sugiere a las mujeres que “recuperen” el papel de las antorcheras en la noche del 29 al 30 de junio de 1522. Esta actitud es interesantísima, más que desde la perspectiva histórica, desde la antropológica, ya que pretende de las mujeres un respeto histórico que ni recibe ni espera de los hombres. Por otro lado, les propone algo que está fuera del Alarde, por lo que éste permanece intacto. También dice algo muy significativo, aunque no sé si era consciente de su importancia -sin olvidar que las palabras pueden ser la interpretación del articulista- al reconocer que se puede crear un espectáculo nuevo hermoso y que con el tiempo puede llegar a tradicionalizarse... “como le ha pasado al Alarde”, añadiría yo, pero dudo que Arizmendi lo considere un acto folklórico más desde el momento en que no admite innovaciones en nombre de la historia. Otro ejemplo de sacralización. Aunque su propuesta evita las descalificaciones personales, desvía el conflicto de base social a un problema de interpretación histórica.

A humo de pajas

De hecho, las “antorcheras/lastargidunak” son una propuesta que los “betikos” reconocen haber creado como solución al problema de integración femenina (Diario Vasco, 01/05/16). Tal vez tenga razón Arizmendi en que puede llegar a tradicionalizarse, pero hoy por hoy es algo minoritario y que se sostiene no por el apoyo popular sino por respaldo económico del Ayuntamiento, es decir, como aquellos primeros Alardes de fines del XIX y principios del XX. Y como aquellos Alardes, “rememoran” un hecho histórico configurando un espectáculo que da patadas a la historia se mire por donde se mire. La propia palabra “antorchera” no es la más apropiada, puesto que en la documentación (Garibay, 533) no se habla de antorchas, sino de “hachas de palo”, es decir, teas. Por tanto, y teniendo en cuenta la pasión por la historia que casualmente ha prendido en el corazón de algunas mujeres irundarras justo después, no antes, de que algunas otras mujeres bidasoarras reivindicaran la participación en el Alarde, el nombre histórico correcto para estas amigas de las representaciones históricas sería, no antorcheras, sino hacheras. Claro que eso podría provocar cierta confusión entre las “lastargidunak” y las mujeres que junto con sus compañeros varones desde 1998 encabezan el Alarde. Y me da la impresión de que a algunas de las mujeres de cada formación les molestaría ser confundidas con las de la otra. Esto tendría remedio aplicando a las antorcheras el más correcto término de “hacheras de palo”. Pero como lo último que me apetece ahora mismo es recibir de Aramburu siquiera la mitad del palo que en su día sufrió Arizmendi por causa del término “hachero”, mejor me dedico a hablar de “lastargidunak”.

Tengo la costumbre de mirar con lupa los vocablos vascos que se insertan en textos castellanos o que son evidentes traducciones de esta lengua. En este sentido los “betikos” me dan mucho quehacer. ¿”Lastargidunak”? Diseccionemos: “dunak” es evidente, los y/o las -en ente caso las- que tienen lastargi. ¿Qué es lastargi? Según Azkue[28], antorcha en Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa, es decir, en casa del enemigo que combatían aquellas mujeres armadas de teas y de valor. Pero no seamos chinchorreros. Si en vascuence antorcha es lastargi, problema resuelto. Pues no, yo soy chinchorrero y no me conformo. El término lastargi lo oí por primera vez en el caserío Gamioko Borda de Almandoz de boca de los primos de mi difunta madre para referirse al sistema de iluminación (argi = luz) que habían utilizado hasta no hacía tantos años para volver del pueblo a casa. Consistía en unos haces de paja (lasto) a los que daban fuego. María Moliner recoge la acepción de hacha como haz de paja liado o atado como fajina; se usa alguna vez para cubiertas de chozas y otras construcciones de campo.[29] No son haces de luz. Y la documentación no engaña: “hachas de palo”, no de paja. Pero no hace falta tener familia en Baztan ni interesarse por los ya caducos modos de vida rurales, ni buscar etimologías, ni siquiera ser un chinchorrero sacafaltas. Basta con tener un poco de conocimiento o, a falta de éste, una pizca de curiosidad y sentido crítico, virtudes que por lo visto no deben ser de siempre. ¿Cuántos euskaldunes, betikos o no, habrían entendido la palabra “lastargidunak” si no hubiera estado acompañada de “antorcheras”? Yo mismo la recordé porque casualmente la había oído hacía muchos años, pero si me hubiesen preguntado antes, no habría traducido antorcha lastargi, sino zuzi, término mucho más corriente. Lastargi sólo se puede aplicar a la antorcha de paja.  Así lo he recogido en los diccionarios y enciclopedias consultadas,[30] tanto en vertiente vasco-castellano, como en castellano-vasco. En esta última vertiente, que es la que presumiblemente han consultado quienes han decidido traducir “antorchera” por “lastargiduna”, al menos en lo que yo he consultado no hay rastro de duda: Antorcha: zuzi, tortxa; de paja: lastargi; ANTORCHA zuzi, eskuzuzi. // Antorcha de paja lastargi.[31] Sea cual sea la fuente consultada, ni el rigor histórico ni el lingüístico han inspirado a quienes pretendían dar un papel a la mujer acorde a su condición en los actos festivos de San Pedro y San Marcial.

Por cierto que el vestuario que se les propone, según he podido ver en una imagen fijada a la pared de una tienda de telas, es el vestuario propio de las mujeres campesinas de finales del XIX o principios del XX. ¿Acaso piensan las defensoras del “Alarde de siempre” que sus abuelas iban vestidas igual que las tatarabuelas de las tatarabuelas de sus tatarabuelas? Harían bien repasando la ya citada obra de Arizmendi, Vascos y trajes. Para finalizar, si creen, como imagino que creen muchas, que el Alarde es la rememoración de las forales muestras de armas, ¿qué hacen rememorando una batalla en la que participaron soldados del rey, paisanos de otras localidades además de Irun, clérigos -quien compró las más de 400 hachas y organizó la nocturna maniobra de distracción fue el clérigo de Rentería mossen Pedro Hiriçar, “por orden que se le auia dado”- mujeres y mozos? A no ser que reconozcamos que el sistema de defensa militar en la Gipuzkoa foral iba muchísimo más allá de la organización de compañías armadas masculinas por municipio, y que esta organización incluía a toda la población civil que podía colaborar, siendo su edad, sexo y/o estado civil (mujeres, mozos, clérigos) condicionante, pero no determinante a la hora de realizar unas u otras tareas. Esto es lo que Estornés llama “de cómo las mujeres tomamos parte en los hechos históricos más relevantes, pero luego no salimos en la foto”.

Una vez más, va a ser un texto de Aramburu quien me dé pie a incidir en este aspecto. Se trata del ya citado artículo “A quien miente por sistema, se le llama mentiroso, o mentirosa” (Bidasoan, Primavera 2001, 65-66).  No sólo niega Aramburu que la añagaza nocturna que ahora rememoran las antorcheras formara parte de la batalla, sino que añade que la interpretación y contextualización de BAE es mentira. No es una interpretación a su juicio errónea, o descabellada, o fuera de la realidad, es mentira. Luego incido en este aspecto. Lo que ahora me interesa resaltar es que, al calificar de mentirosas a las integrantes de BAE, también debería hacer lo mismo con las antorcheras. ¿Eran de Irun las antorcheras?: 

Pero, además, da la casualidad de que tales “mozos y mujeres” nada tenían que ver con el voto realizado por los de Irún, ya que eran “de Oyarzun y la Rentería” (Garibay, y “el feliz suceso que tuvieron sus hijos el día 30 de junio de 1522” (Ordenanzas de Irún de 1804) se refiere a los hijos de Irún, y no a otros, y así leemos en la misma Ordenanza “haciendo voto la villa y todos sus vecinos de ir ambos cabildos en procesión... etc” Y aquí no entraban ni los milicianos de Oyarzun y Rentería, ni los “mozos y mujeres” de ambos pueblos, ni las tropas de D. Beltrán. A ver si lo dejamos claro de una vez, y dejamos de inventarnos cuentos (ib., 66).

Antes de entrar en las consideraciones que me sugiere este párrafo, quiero hacer pública mi gratitud a los varones, mujeres y jóvenes de ambos sexos de aquellas localidades vecinas de Irun que aquella noche del 29 al 30 de junio, en vez de quedarse ricamente en la cama durmiendo, sacrificaron cuando menos su sueño y pusieron en riesgo su vida para recuperar el territorio de unos vecinos ingratos... si la afirmación de Aramburu fuera cierta. Afortunadamente para mi orgullo irundarra, creo que no lo es. Pero si lo fuera, que sepan que por lo menos uno de 55.000 habitantes no desprecia a los antepasados ni a los actuales habitantes de Oarsoaldea.

Tal vez sea por este prejuicio mío, pero me cuesta creer que mientras las mujeres del valle contiguo colaboraban en la recuperación de Irun, las irundarras se dedicaban a dormir o a jugar al puntto, tradicional juego de naipes femenino bidasoarra, o a cualquier otra actividad exenta de riesgo. ¿No sería que Garibay no las cita porque era evidente que también ellas participaron, y lo que le resultó digno de reseña fue la participación de personas no directamente implicadas en esa lucha concreta? Lo mejor es acudir a la fuente que cita Aramburu. He releído el cap. IX, titulado De las batallas de San Marçal, que los naturales de la frontera de Guipuzcoa alcançaron de las gentes del Rey de Francia, cerca del castillo de Beoyuia, y venida del Emperador a estos reynos. Lo más cercano a la referencia de Aramburu –que no cita página, ni capítulo, ni tomo- que he hallado, es lo siguiente:

Toda esta noche mossen Pedro, por ordê que se le había dado –es decir, las mujeres y mozos se encuadran en el dispositivo militar, su acción no es fruto de una ocurrencia de espontánea-, por dar a entender a los enemigos, que cargaria gente por la parte de Yrun, y hazerlos descuydar por la que el daño se les armaua, anduuo por el camino Real, que diuide los caminos de Ojarçun y la Renteria, hasta la plaça de Yrun, que es distancia de vna legua...- (Garibay, 533).

O Aramburu presenta el texto que explicita que las mujeres y mozos eran de Ojarçun y la Renteria y no de ningún otro sitio, o mucho me temo que las acusaciones de mentira por una contextualización errónea se volverían contra él. Pero tampoco es esto lo que más me interesa. Supongamos que sí, que nuestras antepasadas realmente se quedaron durmiendo o jugando al puntto, y fueron las errenteriarras y oiartzuarras las heroínas de la noche. Para mí lo serían; para Aramburu tal vez también, aunque no les reconozca el derecho de libar las copas de la victoria. ¿No serían entonces las actuales antorcheras, que se presentan como “solución histórica” del conflicto, unas mentirosas? ¿Con qué derecho interpretan el papel que sólo las de Oarsoaldea podrían representar? Que yo sepa, Aramburu no ha clamado contra esta falsificación de nuestra historia. Porque el problema es que él descalifica personas, no argumentos.



[1] Hablando de sí mismo en tercera persona (Bidasoan, Fiestas de Fuenterrabía ‘99, pág. 74): Y Aramburu no sólo no ha rectificado, sino que ha sido el primero que nos dijo que el Alarde comenzaba en 1.881, cuando era opinión generalizada que databa del año 1.523.

[2] Sobre la presencia de hombres armados en las Besta Berris de Iparralde y la percepción histórica que actualmente se tiene de ellos, así como del significado socio-político de esta fiesta, resultó muy ilustrativa la conferencia ya citada de Xabier Itzaina, Erlijio herrikoia eta nortasun kolektiboa. En Iparralde, donde el sentimiento nacionalista mayoritario es el francés y no el vasco, la percepción popular atribuye el origen de hombres armados en la procesión a la presencia del ejército napoleónico. Itzaina, sin embargo, ha constatado la presencia de esta escolta armada en épocas anteriores, cuando los paisanos vascos colaboraban arma en mano con el ejército real, como en Irun se pudo comprobar repetidas veces. También los laburdinos hacían muestras de armas y revistas de gentes en fechas tan señaladas como el día del Corpus o el de San Juan. En Hegoalde, donde el sentimiento nacionalista vasco está más extendido, la percepción popular ha tendido a lo contrario, vinculando los actuales alardes a la presencia de paisanos armados de carácter foral y despreciando la influencia de ejércitos extraños en nuestro folklore. Esa percepción es relativamente reciente. Luis de Uranzu, en los años 50,  halla el origen de los hacheros o archeros en los medievales archers laburdinos de origen inglés. También la percepción está variando en Iparralde, y la tesis “foralista” comienza a hallar adeptos, seguramente por influencia de la interpretación de los alardes de aquende el Bidasoa, según Itzaina. Sería muy interesante que folkloristas se dedicaran a estudiar la relación existente entre algunos componentes de los Alardes y sus correspondientes figuras en Iparralde. Una pista: por lo que me dijo Itzaina, los zapadores están documentados a mediados del XIX, antes que nuestros hacheros.

[3] El semanario El Bidasoa, entre otras perlas, le dedica la siguiente: “cada vez acude menos gente a presenciar el carnavalesco alarde” (OASM, 199). “Carnaval” es el término que utilizan las emakumes irundarras en su panfleto Alborada para referirse al Alarde con participación femenina igualitaria. Lo mismo hace Aramburu (DV Cartas al Director 99/08/03). He de reconocer que esta coincidencia me llena de esperanza, además de hacerme reflexionar sobre la escasa perspectiva histórica del pensamiento “betiko”.

 

[4] Un cartel sin firma de ningún tipo pegado en la calle llamaba a una concentración para el 26 de noviembre de 2000. Motivo: El Alarde no quiere más promesas. Ya ni el Pueblo convoca a sus  miembros, sino directamente el Alarde, por supuesto para defender la causa excluyente.

[5] Independientemente de que el propietario fuera varón o hembra, normalmente eran mujeres las que servían en las tabernas. El oficio de ventero y similares eran considerados "viles" en Navarra. Popularmente se les consideraba sucios, especuladores, tramposos, encubridores de delincuentes y gentes de mal vivir que frecuentaban sus tugurios. En el caso de las mujeres se les atribuían otras cualidades que ya se están ustedes imaginando. Las órdenes de cierre de tabernas por escándalos de distinta índole son frecuentes en las sociedades de Antiguo Régimen. Encontrarán algunos ejemplos en SBI de Aramburu; también de peticiones de apertura de los mismos u otros antros. A quien le interese la función que cumplía este oficio de indeseables/indispensables, le recomiendo la lectura de Peru Abarka, de Juan Antonio Moguel, escrito en estos mismos años de crisis del modelo foral.

 

[6] DUEÑAS, Emilio Xabier: “Condicionamiento festivo y tradición de danza. Estructura y celebración en Lanestosa y zona oriental de Cantabria”, pág. 153. Ver en bibliografía Fdez. de Larrinoa, editor. Todos los trabajos de los distintos autores son muy interesantes para entender el valor social de las danzas tradicionales como ritos de autoafirmación colectiva.

 

[7] Ver en bibliogafía Le Poiteau eternel. La procesión del Loup-Vert del día de San Juan en Jumiéges, Normandia, se realizaba au son de la mousqueterie, y la de la víspera, au bruit des pétards et des mousquetades (Langlois, 287-288).

[8] RAMOS, Jesús: “La danza en las fiestas y ceremoniales de Iruña a través de la historia. Los Sanfermines de Pamplona en la superación de fronteras interiores”, pág. 455. Ver en bibliografía Fdez. de Larrinoa, editor. El control y prohibición de manifestaciones populares de música y baile en espacios públicos y privados se va acentuando por parte de autoridades civiles y eclesiásticas a lo largo de la Edad Moderna hasta el XIX. En lo que respecta a mujeres, una nota más adelante.

[9] Extractos de documentación del archivo municipal de Ormaiztegi recopilados por el que fuera secretario municipal Serapio Letamendia. La cita del alarde es de un documento del 10 de enero de 1818.

[10] La obligatoria revista militar no se limitaba a los casados. Tampoco en Lapurdi, pero en Besta Berri, a diferencia del Corpus en Gipuzkoa, son los mozos los que participan. Incluso aunque reconociéramos un origen militar en estos actos foklorizados, a lo más sería un origen, una referencia, pero no una rememoración y mucho menos una representación de aquellos actos militares. Por eso sus reglas responden a otros intereses, coreográficos, sociales, institucionales... Pretender ajustarlos a supuestas normas de “autenticidad histórica” es ir contra su naturaleza. De hecho, eso no funciona, y es a posteriori cuando se justifica con interpretaciones forzadas de documentos lo que ya se ha asentado, aunque sus orígenes y finalidad nada tengan que ver con su “verdadera historia”.

[11] Siendo los alardes una organización seria, responsable, y única forma de milicia foral euskaldun (OASM, 113). Se aprecia una constante confusión entre alarde municipal obligatorio anual y el sistema de milicia foral por parte de Aramburu. Sin salir de Irun, los capítulos que supeditan el alarde a la procesión de San Marcial en la Ordenanzas de 1773 y 1804 comienzan con largos párrafos sobre levas de marinería. El alarde no sólo es un parte más de todo el sistema militar foral, sino que en el XVIII hasta la escolta armada de procesión se incluye en el capítulo militar, me inclino, pues, por la hipótesis de que era el alarde lo menos importante ya en aquellas lejanas fechas. Lo de euskaldun lo dejo aparte, porque independientemente de la lengua o lenguas en que se expresaran los afectados por las disposiciones militares forales, éstas han dejado constancia documental en latín, romance navarro, castellano, gascón o francés, según territorio y época.

[12] Boletín nº 34 del Ejército del Rey N. S.D Carlos V.º 29 de julio de 1834.

[13] En 1707, el día de San Pedro, reservado al obligatorio alarde, aun con matiz festivo, el segundo regidor dio la orden a todos los mozos de disfrazarse y formar dos compañías, una de españoles y otra de turcos. Los que no se disfrazaran serían prendidos (SIB, 24).  Teniendo en cuenta el carácter obligatorio para todos los mozos, no es descabellado pensar que estas compañías sustituyeran a un cada vez más débil alarde.

[14] Así aparece, aunque en el texto reproducido inmediatamente podrán leer que se le denomina villa.  Villa es título que se concede a otras localidades que no fueron fundadas con carta puebla, una vez que se desanexionan totalmente de la jurisdicción de localidades que sí tenían tal título desde que se les otorgó carta puebla fundacional, como puede ser el caso de Ormaiztegi respecto a Segura o Andoain respecto a Tolosa. En Irun posiblemente se comience a utilizar el nuevo título desde la desanexión, aunque no automáticamente, según se desprende de la contradicción anterior. Para quien quiera abundar en el tema, puede consultar a Aramburu en “Bandera, títulos honoríficos y escudo de armas de la ciudad de Irun”, págs. 168-169. Ver bibliografía.

[15] No dispongo de documentación nítida para hacer afirmaciones rotundas. La descripción de Múgica de 1901, pág. 27, dice que la procesión sale de la iglesia con cruz y estandartes. Detrás, va el párroco, revestido de capa pluvial encarnada, acompañado del clero y una comisión del Ayuntamiento. En el vídeo Irun (1912), cuando la tropa sale de la plaza San Juan hacia la iglesia -en busca del cabildo, como reza el capítulo del vídeo-, la corporación municipal no se incorpora desde el Ayuntamiento, sino que el público sigue a la artillería, que cierra el desfile. En la subida de la iglesia, tras el cabildo parroquial se aprecia a unos pocos hombres vestidos de traje cerrando la procesión. De 1931 a 1934, en plena efervescencia republicana y polémica sobre la presencia de las instituciones laicas en los actos religiosos, cuando incluso se discutía el derecho de éstos a ocupar espacio público, las actas municipales de Irun abordan todos los años el tema de la participación del Consistorio en el Alarde, la misa del día de San Pedro o la de San Marcial (Ver en bibliografía Navas, Cinco años... los epígrafes Funciones y Festejos). ¿Alarde = manifestación folklórica fuera del contexto sociopolítico en el que se desarrolla? ¿Por qué ahora sí y hace 70 años no?

[16] El ya citado Quijera, pág, 404, habla de sabios extraños a la fiesta explican a los oficiantes la naturaleza de sus ritos, hasta hacer variar las creencias anteriores sobre las que estos (sic) se asientan. Al Alarde no le han faltado eruditos desde antiguo, pero al final ha sido un sabio local el que ha ofrecido una  reinterpretación histórica que ha modificado la creencia sobre los orígenes de la fiesta, y por tanto de su trascendencia, a los oficiantes. Quijera asociaba las reinterpretaciones -las procesiones de doncellas de algunas localidades riojanas se creen ahora rememoración de la batalla de Clavijo- a una ideología nacionalista española; en nuestro caso la ideología es nacionalista vasca. Ver en bibliografía Fdez. de Larrinoa, editor.

[17] No nacionalista vasco, sí español, como demuestra la importancia que conceden estos autores a celebrar la victora contra las armas las armas francesas por encima de cualquier otra consideración religiosa o festiva del ritual, y como demuestra el propio acto, cuya escolta honorífica no militar en origen ha adquirido el aspecto de un pequeño ejército que recoge y deposita la enseña municipal a los acordes del himno de España.

[18] Párrafos textuales reproducidos en los boletines de la sociedad Buenos Amigos nº 1 (1 de diciembre de 1999) y nº 2 (1 de junio de 2000).

[19] Dice S. Múgica que en los primeros años de celebración del nuevo Alarde en Hondarribia prendían fuego a una bandera francesa. (Portu, 1989: 441). En la pág. 347 de Cartografía antigua y paisajes del Bidasoa una imagen de la procession de Guadalupe -no aparece la palabra Alarde- encabezada por los hacheros en 1896, se aprecian dos banderas juntas, una blanca, como la de Hondarribia, y otra que podría ser la de una compañía, o la española. ¿Que no sería lógico en una rememoración foral? Tampoco quemar banderas francesas, pero lo hacían.

[20] Es interesante contrastar la percepción del traslado de la aduana de Aramburu con la de Luis de Uranzu. Sólo un ejemplo de este último, en su obra Un pueblo en la frontera, pág. 54: En 1882 se pusieron los cimientos del actual edificio de la aduana, junto al complejo ferroviario del Norte. Con la primera paletada de mortero inició Irún su prosperidad.

[21] En 1864 el consistorio irundarra solicita tambores a los de Hondarribia, Hendaia y Biriatu. En ese escrito concreto no se menciona que el Alarde celebra la victoria sobre las armas francesas y alemanas, lo que hace exclamar a Aramburu: ¡Zorrería baserritarra! En su candor de mero aficionado, llega a imaginarse que el poder municipal podía recaer en las gentes del campo.

[22] Irabien, en referencia a ingleses y franceses, tras asegurar que el solar euskaro ha salido siempre mal librado de alianzas y auxiliares y que nuestras alianzas casi siempre fueron perjudiciales, exclama: ¡Qué vergonzoso contraste! por la quema de San Sebastián a manos británicas mientras nuestros pobres soldados luchando heróicamente en la montaña y entre los recortes de Saroya y San Marcial, consiguen rechazar y derrotar á las mejores tropas del Imperio (págs. 26-27).

 [23] Cuando el 17 de mayo de 1837 la Legión Auxiliar Británica atacó Irun, la resistencia carlista provocó gran cantidad de muertos de ambos bandos y de la población civil, sometida a brutal saqueo por parte británica. Finalizado el ataque con laderrota carlista, se le preguntó al comandante Segura por qué no se había rendido, evitando un baño de sangre ante la evidencia de que no podía mantener la posición y por tanto no comprometía su honor. Respondió lo siguiente: Nos atacaban ingleses, los franceses nos miraban y éramos españoles (Burgo, 251).

A mayor abundamiento: Las pequeñas colinas verdeantes del lado francés abundaban profusamente en grupos de militares y paisanos, que habían acudido de todos los rincones de la región vecina para contemplar el interesante espectáculo del asedio y la batalla a una milla de la frontera (Wilkinson, 140).

También en la Segunda Carlistada sufrió Irun fuertes ataques, esta vez de los carlistas. También los franceses acudieron esta ocasión al espectáculo fratricida: ...trenes extraordinarios, blindados, para conducir curiosos á la orilla francesa del Bidasoa. Muchas han sido las personas que ávidas de contemplar una escena horrorosa y sangrienta, se han aprovechado de tal comodidad. Se vá como á un teatro (...) El conjunto era tan vario, animado, alborozado y afanoso, que nadie pensaria sino que el pueblo francés no tiene otra mision ni otro cuidado que el de divertirse y gozar con todo y a costa de las lágrimas de un pueblo vecino y desgraciado (Bartolo, 1). Ver también Múgica, S. págs. 199-200;  Matxiñena, Boletín de Estudios del Bidasoa nº 16.

 [24] El semanario El Bidasoa, entre otras puyas contra el Alarde, se llega a quejar de su poco atractivo turístico (OASM, 199)

[25] Entonces concejal de EE, a él se le debe la versión foralista de la Ordenanza Municipal de 1980. En la propaganda electoral de la coalición municipal PNV-EA de las elecciones de junio de 1999, aparece en la foto junto a los candidatos.

[26] Boletín de Estudios del Bidasoa XV, pág., 17-34. Es tristemente ilustrativo del nivel de discusión sobre el Alarde que un errenteriarra afincado desde hace muchas décadas en Irun comenzara disculpando su “intromisión” ¡porque era de fuera!. ¿Será porque aportaba una solución que permitía desfilar a las mujeres? ¿Cuántos de los contrarios se han disculpado por no ser originarios de Irun?

[27] En el programa municipal de fiestas de 1989, Loidi firma un artículo, “Konpañien izenaz”, en el que afirma lo impropio del nombre de Buenos Amigos para una compañía foral. Sólo el nombre le parece poco apropiado, no el origen o fundamento de tal compañía; curiosamente, considera la compañía Real Unión como desaparecida, al igual que Renfe o Casino, nombres de cuya desaparición se felicita por desfiguradores. La compañía Real Unión durante unos años tomó el nombre de Mendibil, antigua casa solar en cuyos terrenos se asienta actualmente una barriada. Pero a los pocos años recuperó el nombre inicial, perteneciente al “glorioso” equipo de fútbol local.

[28] Diccionario vasco-español-francés, pág. 684.

[29] Diccionario de uso del español, tomo II, pág. 16

[30] Euskal Hiztegi Entziklopedikoa, pág. 2041; Hiztegia 80. pág. 281.

[31] Hiztegia 80. pág. 540 y Diccionario general y técnico, pág. 84 respectivamente.

 

 
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