|
|
|||
|
Luis Puente. Pedagogo. Profesor Instituto de Hondarribia Diciembre 1999 |
Una de las varias diferencias que existen entre lo histórico y lo tradicional tiene que ver con la vida. La Historia es un conjunto de hechos muertos, fosilizados, fotografías sin vida que nos sirven para conocer cómo fue cada uno de los momentos que construyeron el pasado de un pueblo. Pero la Historia es, o, al menos, debe ser, irrepetible en el presente. Todos hemos oído ese dicho que afirma que el pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. Es una forma de manifestar que la Historia no se debe repetir, y que, si se repitiera, sería un castigo. Porque cada momento de los que constituyen la Historia es único, unido a un también único estadio de la evolución de la persona. Recurrir a la Historia para defender el inmovilismo es ir contra la propia esencia de la Historia. Sólo existe porque ha existido evolución en el hombre, porque ha habido cambios. A nadie se le ocurriría estudiar la historia de las hormigas, porque no ha habido evolución alguna en su forma de comportarse. De manera que podemos decir que bueno es estudiar la Historia, sí, para conocer nuestro pasado. Pero, como decía antes, no para repetirlo, no para frenar el cambio. En pocas palabras: no lleguemos a la paradoja de utilizar a la Historia para frenar a la Historia. Partiendo de esta idea de que la Historia no sólo no obliga, no ata al presente, sino que exige que éste no repita el pasado, prefiero centrar mi intervención en el concepto de Tradición, elemento, por otra parte, que también se ha sacado a relucir a menudo al hablar del Alarde. La Tradición, al contrario que la Historia, es un conjunto de hechos vivos, de hechos del pasado que encontraron la manera de no morir con él: hechos del ayer que alcanzan el hoy. Como entidad viva que es, el hecho tradicional está sujeto a las mismas leyes que rigen a todo lo vivo: nace (porque no existe desde siempre), se desarrolla (es decir, cambia) y muere (porque es creación humana, y todo lo humano está irremediablemente condenado a la desaparición). De estos tres momentos de la vida del hecho tradicional, quiero destacar el último, el de la muerte. Y quiero subrayarlo, porque, en principio, lo tradicional podría tener una vida tan larga como la del pueblo en el que surgió, puesto que su muerte sólo tiene una única causa: el hecho tradicional desaparece cuando no sabe o no puede conjugar su contenido con las nuevas ideas que necesariamente tienen que ir surgiendo a medida que evoluciona la sociedad. Cuando esto ocurre, cuando el hecho tradicional no puede cambiar para hacer frente a nuevas exigencias sociales, muere y se convierte en un hecho histórico, en uno de esos acontecimientos muertos que ya sólo interesarán a los historiadores. Lo que estoy diciendo es posible que sorprenda a quienes creen que tradición es sinónimo de inmovilismo, a quienes creen que hay que mantener inmutables las tradiciones para que pervivan. Intentaré mostrar con un ejemplo lo desacertado que es confundir tradición con inmovilismo. En ninguna cultura de ningún lugar del mundo existe ningún elemento que sea más tradicional que la lengua. El idioma, cualquier idioma, se ha venido pasando de generación a generación, de padres a hijos, a lo largo de imprecisable número de siglos, y para llegar a sus orígenes sería necesario poder adentrarse en la oscuridad de los tiempos más remotos: cuando nuestros antepasados homínidos comenzaron a emitir sonidos con intención de que fueran signos identificadores. El Sr. Aramburu es capaz de darnos una idea de en qué punto del tiempo se sitúan los orígenes del Alarde. Nadie, en cambio, podría precisar cuándo nacieron las lenguas que hoy hablamos. Pues, bien, siendo el idioma el elemento más tradicional en todo pueblo, es un ejemplo claro de cómo la tradición cambia para pervivir. No hace falta conocer la historia de ninguna lengua, para que todos sepamos que un idioma en su estado actual no es igual a la forma que tenía hace trescientos aos. Y si un túnel del tiempo me permitiera hablar con un antepasado mío de la Edad Media, me encontraría con que, aun hablando los dos castellano, sería imposible que nos entendiéramos. Pero no hace falta ir tan lejos. ¿Acaso no comprobamos hoy mismo que no hablamos como lo hacen nuestros propios hijos? Igualmente claro es el ejemplo de lo que nuestra generación ha vivido con el euskara. Gran diferencia la que hay entre el euskara de un aitona arrantzale y el que estudia su nieto en la escuela. Siendo estos cambios tan evidentes, ¿quién se atrevería a decir que cada vez que se introduce un nuevo término en la lengua, cada vez que se produce un cambio lingüístico (lo cual ocurre, por cierto, todos los días), se está destruyendo el elemento más tradicional de su cultura? ¿Quién exigiría mantener inalterable la lengua, para preservarla de la desaparición? Nadie, porque el cambio es garantía de vida, y las lenguas que no acompasaron sus pasos con los cambios sociales son precisamente las que han desaparecido. ¿Quién reivindicaría betiko hizkuntza? Y, por cierto, ¿qué significa "beti""siempre", si en la Historia cada momento del pasado es distinto al que le antecede y al que le sigue? Traslademos estas preguntas al tema concreto que nos ocupa, el Alarde. Cuando se habla de respetar la tradición, ¿a qué momento de la vida de la tradición tenemos que retrotraernos? Cuando se habla de betiko Alardea , ¿a qué momento del permanentemente cambiante siempre tenemos que volver la vista? ¿Al de las compañías de hombres armados de la etapa feudal? No había entonces cantineras, ni armas de fuego, ni su vestimenta era la que se utiliza hoy. ¿Al momento del voto del siglo XVII? Seguiríamos sin encontrar cantineras, y, por cierto, habría que prescindir de la cena de cuadrillas, pues el día 6 se estableció en el Voto hecho durante el asedio como día de ayuno. ¿Al alarde de 1881? No tenía compañía de veraneantes (ni tantas otras), ni se portaban escopetas de aire comprimido, lo formaron sólo ocho compañías, no había caballería, etc. ¿Habría que retrotraerse a los alardes de comienzos de este siglo, cuando algunas cantineras eran también escopeteras, es decir, portaban escopeta? Decía que todo hecho tradicional que tenga voluntad de pervivir tiene que tener en cuenta los cambios sociales. También tendrá que ocurrir así en el caso del Alarde. No creo que sea correcto remitirse a actas municipales del S. XVIII para negarse a la presencia de la mujer, aduciendo que entonces sólo se hablaba de compañías de hombres armados. Aquellas actas reflejaban el pensamiento y el comportamiento de aquella sociedad. Así tenía que ser. Hoy nadie, en cambio, alude a documentos que hablan de hombres armados en los Tercios de Flandes, para negar el derecho de la mujer a formar parte del ejército español actual. Las sociedades de otros tiempos tenían como norma un reparto muy específico de papeles entre hombres y mujeres. Sus comportamientos se correspondían con esas normas, y los documentos que los reflejan concuerdan necesariamente también con tales normas. Pero el pensamiento de la sociedad actual nada tiene que ver con el del pasado. Y, por tanto, nuestras normas y comportamientos tampoco pueden ser los del pasado. Hoy la sociedad considera injusto e ilegítimo limitar campos de actuación para hombres y para mujeres. Ni la Guardia Civil, ni el ejército españoles (por citar dos instituciones especialmente reaccionarias y conservadoras, cerradas a lo largo de su historia al respeto de elementales derechos humanos) han recurrido a la Historia o a la Tradición para impedir el acceso a ellas de la mujer. Es más, ni siquiera se ha planteado la posibilidad de celebrar un referéndum para decidir si la mujer puede ponerse el uniforme militar. Ni siquiera se ha dicho que la presencia femenina las convertiría en un carnaval. Ni siquiera se ha preguntado si es un deseo de la mayoría de las mujeres. Las que quieren entrar en esas instituciones son clarísima minoría. Pero este dato no tiene importancia, porque a lo que hay que atender no es a si son muchas o pocas, sino al principio de que ningún espacio al que pueda acceder el hombre debe estar cerrado a la mujer. Pero volvamos al hecho tradicional del Alarde. Lo que hay de tradición en él es mucho. No obstante, dejemos claro desde ya que, como vamos a ver, no se trata de elementos tradicionales exclusivos de la población bidasotarra, ni de la guipuzcoana, ni siquiera de la vasca. El Alarde, por tanto, no refleja la esencia de ningún pueblo. Es una expresión folklórica (así la denomina J.A. Urbeltz) igual a muchísimas otras extendidas por todo el mundo (especialmente, por Europa). Igual en su forma de desfile militar. Igual también en los diferentes contenidos folklóricos que lo conforman. Veamos. Es elemento tradicional universal resaltar la propia valía de un pueblo, contraponiéndola a la derrota de un enemigo. Desde las danzas de los pueblos más primitivos hasta el desfile de la Orden de Orange, no ha habido pueblo en el mundo que no haya encumbrado su orgullo sobre los hombros de un enemigo vencido. Como elemento tradicional, ahí está. Y hay que aceptarlo en su aspecto lúdico, en lo que hoy pueda tener de juego. Pero no me parece conveniente dar aires de seriedad a un desfile de tintes militares, porque el pensamiento social actual no transcurre precisamente por derroteros militaristas. También es elemento tradicional que alcanza a todos los pueblos el considerarse elegido o favorecido por Dios. Pocos pueblos debe de haber en el mundo que no posean leyendas que narren cómo su fundación fue un deseo del dios de turno, o cómo surgió la población alrededor de la ermita construida en el lugar en el que la Virgen o tal santo mandó edificarla, o cómo un ser divino le ayudó a ganar una guerra o a acabar con una peste. Son leyendas creadas por mentalidades simples, propias de épocas teocéntricas, de tiempos en los que todo giraba en torno a la figura de un dios temible, con el que había que mantener buenas relaciones, por si ello ayudaba a librarse de las calamidades características de aquellos siglos. Afortunadamente, hace ya mucho tiempo que el ser humano ha aprendido a explicar la marcha de la Historia sin tener que recurrir a la superstición. Hoy, esas leyendas hay que oírlas con una sonrisa en los labios, y guardarlas (porque sí merecen ser recordadas) en el baúl de los cuentos tradicionales. Una sociedad secularizada, como es la sociedad moderna, no puede sacralizar esas leyendas tradicionales e imponerlas para discriminar en nombre de Dios o de la Virgen. Lo hizo el pueblo judío, y alto precio le cobró la Historia por tal error. Ejemplos de este tipo de sacralizaciones aún nos ofrecen hoy muchos pueblos musulmanes, cuyos efectos discriminadores recaen fundamentalmente sobre la mujer. No es bueno, pues, que el Alarde sacralice la leyenda de la intervención de una Virgen o de un santo, y basándose en que lo sagrado es intocable, se discrimine a la mujer. Aunque estoy seguro de que, en el caso de Hondarribia, nadie cumple el Voto hecho con ocasión del asedio, acepto que alguien quiera ver elementos religiosos en el Alarde y creer en ellos. Vívalo religiosamente donde se debe vivir lo sagrado: en la intimidad de la conciencia de cada cual o en el recinto de la iglesia. Pero que nadie quiera imponer sus creencias religiosas en la calle, porque la calle es patrimonio de todas y de todos, y en un día de fiesta debe quedar para ser escenario del regocijo, en el que tienen derecho a participar todas las mujeres y todos los hombres que lo deseen. Siguiendo con lo que hay de tradicional en el Alarde, llego a la cuestión que está en el origen del acto que nos reúne en este momento: el carácter carnavalesco del Alarde. Escribía el Sr. Aramburu en un periódico que la presencia de la mujer como escopetera convierte el Alarde en un carnaval. Quien haya leído el estudio de J.A. Urbeltz sobre los alardes, habrá visto que en varias ocasiones se refiere al Alarde como una fiesta de fuertes connotaciones carnavalescas. Urbeltz, al hablar de los rasgos carnavalescos, centra su atención en la figura del hachero (aunque también ve caracteres carnavalescos en la del Tambor Mayor). Aun no sabiendo qué representa esa figura, bastaría observar la compañía de hacheros de Hondarribia, para concluir que su vestimenta es un auténtico disfraz. Se trata de una figura que mezcla la función del zapador con la representación del hombreoso, el temible hombre salvaje. La figura del hombre salvaje es, pues, otro elemento tradicional contenido en el Alarde. Pero una vez más tenemos que decir que no es un elemento tradicional privativo de nuestros pueblos. El basajaun euskaldun es hermano de una multitud de hombres salvajes, presentes en otras tantas tradiciones de la Europa septentrional, en las que simbolizan el mal. Y, además, esta figura está presente también en numerosas fiestas europeas semejantes a nuestros Alardes. Pero incluso se podría decir más en relación con el aspecto carnavalesco del Alarde. Quienes participan en el desfile se disfrazan con ropas que sólo usan para esa ocasión, con idea de aparentar un papel que no les corresponde en la vida real (soldado, sargento, general o cantinera), con un fin lúdico, de diversión. Pues ésas son, precisamente, las características del carnaval. ¿Es carnavalada que la mujer aparente ser lo que no es, un soldado? Sí. Es una carnavalada idéntica a la que realiza el hombre en su juego por aparentar lo que tampoco él es: un soldado. Pero no lo digo en sentido peyorativo, porque no entiendo por qué carnavalesco tiene que ser un insulto, cuando el carnaval es la más democrática de las fiestas, la más popular, seguramente la más antigua de las fiestas actuales, la más alegre. Es la fiesta por excelencia, hasta el punto de que todas las demás fiestas, desde el cotillón de Nochevieja, hasta la fiesta de cumpleaños de un nio, toman rasgos del carnaval. Incluso lo carnavalesco no está lejos del Alarde en los propios textos de agosto y de setiembre de 1639, en los que se redacta la forma del Voto: se pide que en las noches del 7 y del 8 se salga "haciendo fiestas de máscaras" y que "los vecinos e infantería de la Ciudad saquen todos los disfraces que pudieran inventar y que aquella noche (la del 8) se prosigan las mismas luminarias y fiestas que el día anterior con las máscaras que quisieran". ¿Era un carnaval lo que se proponía para el 7 y el 8? No. Eran fiestas. Y, como todas, con sus caracteres carnavalescos. Si el Alarde es una fiesta, ¿por qué iba a ser una excepción en lo de dar cabida en su contenido a lo carnavalesco? Observaréis que vengo resaltando el carácter universal, no exclusivo de nuestros pueblos, de ciertos atributos del Alarde (la exaltación propia, por medio de la derrota del enemigo; la idea del pueblo escogido por la divinidad; la figura del hombreoso, etc.). Lo hago para recordar a quienes consideran el Alarde como sagrado e intocable, en cuanto que es (dicen) manifestación de la esencia de nuestros pueblos, que se trata de una fiesta igual a tantas otras de lugares muy distantes y muy distintos a los nuestros. Y aún podríamos decir más. Urbeltz afirma que este acto festivo que es el Alarde, en su conjunto de contenidos y formas, es un tipo de fiesta que se extendió por Europa durante el S. XIX. No parece, pues, que represente ninguna esencia de ningún pueblo concreto. Al adoptar este tipo de fiesta, en otros lugares de Europa se procuró darle un aire de verosimilitud histórica, arropando el desfile con uniformes realmente existentes en épocas pretéritas. Los alardes bidasotarras, por contra, conscientes de que no eran nada más serio que una fiesta, no estaban por la labor de ser especialmente respetuosos con la Historia (y con esto no quiero decir que no lo fueran en absoluto), y no buscaron equiparse de elementos formales que hicieran creíble que tenían una base histórica. De ahí que estos alardes mezclen elementos tan modernos como la corbata o armas modernas (que, lógicamente, nada tienen que ver con las milicias forales del pasado), con uniformes de aire napoleónico (que tampoco tenían que ver con las milicias), con la figura de la cantinera (que tampoco tiene nada que ver con las milicias, y sí con los ejércitos napoleónicos), con un cuerpo de caballería (que tampoco tenía nada que ver con la Historia). Si no es más que una fiesta que sigue una moda europea, ¿cómo es que el Alarde aparece íntimamente ligado a hechos bélicos sucedidos en nuestra comarca? Porque, y así lo dice Urbeltz, como se hizo en todos los pueblos europeos donde se extendió esta fiesta, una vez adoptado el desfile festivo se buscó relacionarlo a posteriori con algún hecho de armas del pasado, con la finalidad de sustentarlo en la historia de la localidad. No era una labor difícil, porque, como ya hemos dicho antes, no hay población que no tenga una batalla y un milagro que contar a sus nietos. Dicho de otra manera, el Alarde de 1881 no nace como una consecuencia de la Historia, sino que nace como un elemento festivo y después busca una justificación en la Historia. Dato éste que inicialmente no pasaría de ser anecdótico, pero que resalto, no sólo porque desliga al Alarde de la causalidad histórica, sino también por lo que tiene de antecedente de la situación actual. En efecto, cuando Bidasoaldeko Emakumeak reivindicó el derecho de la mujer a desfilar, se produjo una masiva reacción en contra, que, desde luego, no se debía a que nuestros conciudadanos conocieran la Historia y quisieran defenderla. Después, cuando se dieron cuenta de que no era políticamente correcto oponerse sin razón a una exigencia de igualdad de la mujer, vino el buscar en la Historia razones que justificaran el rechazo de la presencia femenina. Es el vicio que en Metodología de la Historia se conoce con el nombre de historia ad demostrandum , el uso espurio de la Historia, para demostrar lo que a priori ya se ha fraguado a sus espaldas. ¿Es el Alarde un evento que cumple con los requisitos del hecho tradicional? Fundamentalmente, sí. Posee contenidos arraigados en el pasado, aunque varios de ellos no sean privativos. Ha pervivido en el tiempo (aunque habría que decir a algunos que sólo el paso del tiempo no convierte un hecho en tradicional). Posee otra característica de lo tradicional, y es que se ha abierto a los cambios, que lo han enriquecido, lo que es prueba de que tiene vida y de que no ha dejado que el pasado histórico frenara su evolución. Pero también hay que decir, por el lado contrario, que para que un hecho sea tradicional tiene que ser popular. Y hoy existen tres factores que son incompatibles con el carácter popular y, por tanto, con el carácter tradicional. En primer lugar, la peligrosa orientación que se le quiere dar hacia la privatización, cuando lo tradicional es público. En segundo lugar, el hecho de que se está convirtiendo en algo que no une al pueblo, sino que lo divide, cuando el hecho tradicional tiene como finalidad fundamental la de unir a la comunidad. En tercer lugar, la evidencia de que no está abierto al pueblo, a todo el pueblo, del que también forman parte las mujeres. De ahí, la gran responsabilidad que todos tenemos en la permanencia del Alarde, pero, especialmente, quienes afirmando querer defender la Tradición, no respetan ni la apertura al cambio, ni el carácter popular, público, que son dos características que se tienen que dar en todo hecho tradicional.
|
||
|
|
|
|
|