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Alarde, historia y tradición
 

Luis-M. Puente.
Profesor. Pedagogo

GARA.-
18-3-00

 

 

 

No se puede recurrir a la Historia, como se quiere hacer entre los tradicionalistas, para demostrar que el Alarde es una tradición mantenida inalterada a lo largo de los siglos. Precisamente, lo que la Historia demuestra es que este evento tradicional no nació hasta finales del siglo XIX, porque los alardes de los siglos anteriores nada tuvieron que ver con la tradición. El hecho tradicional es voluntario, lo asume el pueblo por voluntad propia. Antes de esa fecha, son abundantes los documentos que hablan de multas impuestas a los hombres que no asistían al alarde. Es decir, hasta entonces se trataba de una movilización de hombres armados impuesta por ley. Y nada que se haga por imposición legal o natural alcanza la categoría de tradicional, aunque se repita de igual manera año tras año, generación tras generación. Lo mismo que no diríamos que es un hecho tradicional el que todos los años en noviembre los jóvenes se presenten en los respectivos ayuntamientos, para iniciar el servicio militar, no se puede decir que formaba parte de la tradición de ningún pueblo la movilización de hombres armados que constituía el alarde foral.

El Alarde que hoy conocemos es una fiesta instaurada hace cien años. Ya hacía más de otros tantos que los alardes forales iban desapareciendo. Cuando nació el Alarde, ni los más ancianos habían conocido las antiguas levas de hombres armados. La participación en él, como en cualquier fiesta, fue, desde el primer momento, voluntaria, no impuesta. Y, además, dicha participación ha tenido siempre como fin el disfrutar, y no la disposición a ofrecer la propia vida en defensa de intereses políticos, como ocurría en el alarde foral. Como acto festivo, se convirtió en un hecho popular, porque fue asumido por el pueblo (lo que no sucedió con el alarde foral, según prueba la existencia de las multas), razón suficiente para que perdurase en el tiempo, sin necesidad de imponer sanciones coercitivas.

El alarde foral fue una realidad (los hombres portaban armas preparadas para ser utilizadas) militar (en defensa de intereses políticos, o para escoltar a personalidades). El Alarde, en cambio, es una simulación (los participantes no se preparan para ninguna acción bélica) festiva (y desfilan con ánimo de divertirse). Son, pues, dos acontecimientos muy distintos en esencia y muy distantes en el tiempo, que no admiten la interferencia de uno en otro. Quienes se oponen a la integración de las mujeres en el Alarde, utilizan la Historia para demostrar que la mujer nunca formó parte del alarde foral.

Naturalmente, no formó parte de ningún ejército del mundo de aquellos siglos. Pero que no les quepa duda de que, si el ejército foral hubiera pervivido hasta nuestros días, hoy estaría abierto a la mujer por imperativo legal, como lo está el ejército español, sucesor de los muy masculinos Tercios de Flandes. No son comparables los momentos sociales de hace doscientos años y el actual: hoy, las sociedades avanzadas están de acuerdo en que privar de la Historia a la mujer produce injustos daños individuales, y en que privar de la mujer a la Historia ocasiona daños sociales que nos alcanzan a todos.

Partiendo de que son dos hechos diferentes, aplicar la historia del alarde foral para analizar el Alarde actual resulta un error. El primero tuvo sus propias leyes, porque fue un hecho histórico, surgido de determinados acontecimientos políticos y de determinadas circunstancias sociales. El Alarde, por su parte, es un hecho tradicional, nacido de la imaginación popular. Es cierto que la Historia y la Naturaleza pueden servir de fuente de inspiración para la imaginación popular o individual. Pero el fruto de esa inspiración sigue su propia vida, ajena a las leyes históricas o naturales del hecho inspirador. A nadie se le ocurriría aplicar las leyes de la Zoología a la creación de dibujos animados, para decir que Tom y Jerry no pueden hablar, ni andar a dos patas, ni portar pajarita. Como no se puede condenar los romances del ciclo de Roldán, porque cometan la inexactitud histórica de decir que los atacantes eran árabes.

Se podría argüir que, aceptando que no se aplique el criterio historicista al hecho tradicional que es el Alarde, tampoco caben las mujeres en él, porque cuando se imaginó, no se les hizo sitio. El Alarde nació hijo de su momento histórico, un momento que atribuía a los hombres los escenarios sociales, y a la mujer los domésticos. Hoy debe seguir esencialmente igual, es decir, respondiendo al momento histórico en el que vive, lo que significa que tiene que ser formalmente distinto, porque en el momento actual la sociedad reparte por igual entre el hombre y la mujer el espacio social y el doméstico. Tradición no es sinónimo de inmutabilidad (prueba de ello es que el Alarde de hoy no se parece en casi nada al primero, el de 1881). precisamente es característica del hecho tradicional el ir amoldándose a los cambios sociales para pervivir. ¿Quién negaría la posibilidad de disfrazarse de astronauta en el Carnaval, alegando que tal disfraz no se usaba en las fiestas saturnales (origen del Carnaval), o en los carnavales de hace cincuenta años?

Pero aceptemos por un instante que es aplicable al Alarde el criterio historicista (tomando como referencia el alarde foral). En este caso habría que suprimir la figura de la cantinera (porque no existió en el alarde foral) y la caballería (por la misma razón). Y no hablemos de la presencia de la Banda de Música Municipal. Serían discutibles los uniformes que hoy se usan (aunque se podría argumentar que el criterio que siguió el alarde foral fue el de usar las ropas que el progreso iba aportando, por lo que serían aceptables prendas como la corbata y la chaqueta). Pero ¿qué habría que decir de los uniformes de caballería (de inspiración napoleónica), que nada tienen que ver ni con el alarde foral, ni con el momento actual del progreso? Y no se podrían utilizar las armas con las que hoy se desfila, porque no son de guerra... Por tanto, si aplicamos el criterio historicista, que sea para todo, no sólo para prohibir la presencia de la mujer. De lo contrario, «criterio historicista» lo convertimos en sinónimo de «criterio machista».

La Historia sólo se puede aplicar en un sentido diacrónico al Alarde, dentro de los propios límites temporales de éste, como estudio de la evolución (es decir, sucesión de cambios) del evento tradicional que es. Porque, contrariamente a lo que quieren suponer los tradicionalistas, todo hecho que se transmita de generación en generación (desde la lengua, hasta el rito funerario) es permeable a los cambios sociales. El Alarde, como no podía ser de otra forma, lo ha sido, y se permitirá que lo siga siendo, si se quiere velar por su permanencia.

Permanencia que se está poniendo en peligro por parte de los tradicionalistas, pues se está atentando contra características esenciales del hecho tradicional. En efecto, los que se oponen a la presencia de la mujer están consiguiendo que el Alarde sea motivo de división social (cuando el hecho tradicional nace como elemento integrador de la comunidad), no están permitiendo que sea popular (pues impiden la participación de la mitad femenina de la población y de aquellos hombres que son favorables al Alarde mixto) y están atentando contra el carácter público de la fiesta (al pretender que sea propiedad de una Fundación privada). Atentados, todos ellos, que cuentan con la ayuda de los alcaldes Buen y Jauregui, con el irresponsable asentimiento del PSOE, y del PNV, y con el más o menos tácito laissez faire-laissez passer de los demás partidos que tienen representación municipal en Irun y en Hondarribia.

 

 

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