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"Desagraviando navarros, eliminamos mujeres". |
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Idoia Estornés Zubizarreta - Diario de Noticias de Navarra, 31 de marzo de 1996 - El Mundo del País Vasco, 21 de mayo de 1996 |
Como en cualquier otro país, existen también en Euskal Herria ciertos mitos fundacionales que, presentes en la historiografía, pretenden justificar un nuevo estado de cosas, muchas veces incómodas, desagradables o meramente pragmáticas. Algunos de estos mitos tratan de legitimizar una nueva relación de poder, y suelen conseguirlo. Así el de la pretendida separación voluntaria de Guipúzcoa respecto a Navarra y su sometimiento a la Corona castellana. O el de la unión aeque principal de Navarra a Castilla (búsquese el aeque principal en las Novísimas recopilaciones, por ejemplo). Se trata de una fórmula anestésica para olvidar un hecho de armas (la conquista) y de adaptarse a las nuevas circunstancias. En estos momentos, y desde las elecciones de 1977, asistimos divertidos -y aquí sí que no compete el adjetivo divertidas del lenguaje políticamente correcto - a la recreación de un mini-mito fundacional. El del Alarde de San Marcial que, creado, recreado, zurcido y aderezado, como todas las tradiciones (la tradición es una materia viva, no un fósil), ha sobrevivido a lo largo de varios siglos hasta nuestros días. De todos es sabido que nuestro folklore, fiestas incluidas, cobra cuerpo en el siglo XVIII y se formaliza, ritualiza y enriquece al socaire del movimiento romántico, primero, al de las necesidades turísticas, entre los dos siglos, y al de la nueva revitalización del tipismo, que es una de las preocupaciones del nacionalismo en el terreno nada despreciable de la estética, símbolo visible de la diferencialidad. Pero, ocurría que en el Alarde de San Marcial chirriaban determinados acordes, y no los menos importantes. Rememoraba, como lo explicitan las sucesivas ordenanzas desde 1773, una guerra fratricida entre vascos: "La guerra que hubo y batalla que tuvieron con franceses y alemanes" los guipuzcoanos, especialmente los de Irún, y que se saldó con la derrota de los primeros en las peñas de Aldabe en 1522. ¿Qué tiene esto de molesto? se preguntará más de alguno. ¿Acaso, matar enemigos representa un desdoro? Independientemente de que conmemorar batallas debiera, a estas alturas, ser algo bastante discutible, el caso es que dichos alemanes y franceses habían acudido a ayudar a los navarros a recuperar la independencia de su Reino invadido en 1512 por las tropas de Fernando el Católico. Y aquí nace la zozobra del nacionalismo. ¿Cómo conmemorar la derrota de los navarros en peña Aldabe mientras se celebra la contemporánea resistencia de los mismos en el castillo de Amayur, "último reducto de la independencia nacional"? Pues bien, mientras el nacionalismo fue testimonial, o minoritario, sé hizo la vista gorda. Pero, conforme avanzaba la Transición y las urnas removían las relaciones de fuerzas políticas, la antinomia fue revistiendo cada vez mayores proporciones. Dado que la Fiesta no podía suprimiese (no hay pueblo que acepte la eliminación de una fiesta, proceda de donde proceda), había que cambiar la tradición. Aquello que nació como "una muestra general de armas de todos los vecinos y moradores... en memoria de dicha batalla" (1773) y como alarde general de todos sus hijos" (1804), aquello que cristalizó en 1881 (por los mismos años de la Tamborrada donostiarra y tantos festejos populares) en el definitivo festejo popular (representación de los barrios del pueblo), de 1881, había que adaptarlo a la nueva ideología. Había que echar un piadoso manto sobre la batalla y buscarle una nueva justificación. Y se encontró (no fue mala idea) algo más acorde con el nuevo patriotismo: un desfile (alarde) de las milicias forales que, como es sabido, agrupaban a varones en sazón y capacidad de empuñar las armas. Se martirizó la historiografía y se la hizo parir algo más neutro, más acorde con los nuevos tiempos (búsqueda de raíces, reconocimiento de los derechos históricos en la Constitución, crecimiento del voto nacionalista, constitución del Gobierno vasco, etcétera)... Decía Caro Baroja que "en cuanto el historiador destruye una fábula, el folklorista o el etnógrafo tiene que recogerla y volverla a estudiar, partiendo de su criterio, parecido a veces al de aquel filósofo pragmático que sostenía que" las cosas son importantes no tanto por lo que tienen de verdad, como por lo que tienen de mentira". La instauración de las milicias forales como piedra fundacional del nuevo Alarde contradice la verdad. Pero incurre, además, en un deliberado intento de eliminar a las mujeres del espacio festivo ya que, según recoge Garibay, historiador casi contemporáneo de los hechos, las irundarras sí tomaron parte en la batalla de marras. Lo interesante aquí es la mentira que, por lo que a Navarra y al antibelicismo atañe, representa un hecho deseable. Pero ¿qué representa ese cerrar filas obstinado de determinados elementos ante la alegre presencia de mujeres desfilando como lo hicieran en 1522? |
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