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Respuesta a la nota de la Iglesia Católica de marzo de 2000

Urbi et orbe

 

Luis-M. Puente. Profesor. Pedagogo

GARA.-
31 marzo 2000

 

 

 


Por fin, la Iglesia, por boca de sus ministros de la comarca, ha hablado a la población bidasotarra y al mundo entero sobre la polémica que envuelve a los Alardes de Irun y Hondarribia. Y, para seguir fiel a lo que ha sido una de sus señas de identidad a lo largo de la historia, lo ha hecho tarde y mal.

Tarde, porque en cuatro años se ha producido un sinfín de ocasiones en las que debió aclarar su postura. Es justo reconocer que el cabildo irunés ha dejado de participar en el que no era su espacio, el desfile, limitando su presencia a los actos que se celebran ante un altar. Pero esta discreción (que cede al César la fiesta, y a Dios la celebración religiosa) no ha sido seguida por el clero de Hondarribia. Este no sólo sigue pretendiendo dar un tinte religioso a un acto puramente civil, y no sólo no se ha manifestado contra las agresiones hechas en nombre de la Virgen, sino que, por acción u omisión, ha venido alentando permanentemente a los tradicionalistas.

Así, ante las manifestaciones que presentaban al Alarde como un hecho religioso (el propio alcalde llegó a decir que no se podía emitir juicios sobre el Alarde, porque «pertenece al mundo de las creencias religiosas»), el clero hondarribiarra no ha tenido el arrojo de precisar que en el credo que ellos representan ningún acto religioso lo organiza ni preside una junta de generales y capitanes. La misma callada cobardía para defender sus símbolos mostró en el verano del 98, ante la alegría que embargó a una parte del pueblo, porque la Virgen se había aparecido a una cono- cida tradicionalista para decirle: «Por favor, salvad mi Alarde». ¿Y cuándo va a hacer algo para borrar de la mente de su feligresía la blasfema superstición de que la Virgen y los Santos andan por el mundo ayudando a ganar guerras?

Decía que, además de tarde, se ha manifestado mal, porque ahora, cuando ve que los tribunales comienzan a pelar las barbas de Balza y de los dos alcaldes, pone las suyas a remojar en el agua bendita de la equidistancia. Y, así, ha impartido bendiciones y amonestaciones para todos y para todas. En lo que (gracias a la acumulación de sentencias judiciales favorables a las mujeres) empieza a perfilarse como la línea de salida del último tramo de la polémica, la Iglesia ha escogido la posición del centro. Si, como es previsible, triunfa la sensatez, le bastará con girar la cabeza a la izquierda y decir: «Yo siempre he estado con vosotras; ya decía yo que del innegable carácter histórico del Alarde no se deriva una intangibilidad del supuesto modo tradicional de celebrarlo». Si, por el contrario, se sigue imponiendo la sinrazón, volverá la cabeza a la derecha y dirá: «Yo siempre he estado con vosotros; ya decía yo que la innegable igualdad del hombre y la mujer en su dignidad personal no presupone la necesaria igualdad en el modo en que las mujeres han de participar en el Alarde».

Se agradece el reconocimiento de que también la mujer bidasotarra tiene alma (supongo que es ése el significado de la etérea expresión «dignidad personal»), aunque se haya hecho con varios siglos de retraso con respecto a las demás mujeres. Pero no es ése el problema sobre el que esperábamos la opinión de la Iglesia.

Queríamos saber si la Iglesia corrobora la afirmación de que la virgen lloraría si las mujeres desfilaran en el Alarde (afirmación aparecida en un insulto a la poesía publicado en uno de los panfletos de los tradicionalistas). Queríamos saber por qué el oficiante del acto religioso en el que Alarde Fundazioa presentó su ofrenda a su presidenta de honor, la Virgen de Guadalupe, se olvidó de estas palabras: «Si, pues, estando tú presentando tu ofrenda junto al altar, te acordares allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda, y vete primero a reconciliar con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda» (Mat. 5/23-24). Grave olvido, sobre todo si se tiene en cuenta que las pronunció el Hijo de la Presidenta (suena mal, ¿verdad? ¿Cómo puede colaborar un sacerdote en semejante falta de respeto? ¿Me organizarían a mí una celebración en la que nombráramos a Dios presidente del club de niños y niñas que dirijo, que, contrariamente a lo ocurrido con Alarde Fundazioa, ha sido legalmente reconocido y que no discrimina a nadie?)

Queríamos saber también si el clero bidasotarra ha puesto ya en marcha la cuenta atrás, para que, transcurridos los trescientos años preceptivos, sus sucesores pidan perdón, no sólo por el comportamiento medieval de algunos de sus feligreses, sino, incluso, por el papel jugado por la propia Iglesia. Queríamos saber, en fin, si, en su opinión, «la innegable igualdad en su dignidad personal» se puede practicar, o es sólo un título para enmarcar. Y es ésta última la única duda que nos han aclarado los sacerdotes de Irun y Hondarribia con sus declaraciones. Ahora ya sabemos que la respuesta de la Iglesia es «sí..., pero no..., según». Me viene a la memoria aquellas palabras de San Pablo a Timoteo, que dicen: «Conviene que los diáconos estén exentos de doblez» ¿Y los sacerdotes no?

Me queda una última duda, señores sacerdotes. Me pregunto si, viendo el poco cristiano odio que los tradicionalistas han vertido sobre la ya imposible convivencia, alguna vez han aprovechado el púlpito para recordar a sus feligreses las palabras, recogidas por S. Marcos (7/9), con las que Jesucristo clama a los fariseos: «En verdad que donosamente abrogáis el precepto de Dios para guardar vuestra tradición».

Nihil obstat. Leído y examinado detenidamente el presente escrito, no solo no he hallado cosa contraria á nuestros santos dogmas y buenas costumbres, sino que lo juzgo de la mayor utilidad é importancia, por la útil y sublime doctrina que contiene acerca de la conducta del eclesiástico en la sociedad actual, tan difícil y complicada por sus nuevas exigencias. Imprimatur (Censura de Guía del Eclesiástico, 1856).

 

 

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