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La dispar Hondarribia

 

 

 

 

 

 

 

Pedro MĒ Esarte Muniain Historiador

Soy vecino de la cuenca del Bidasoa y por tanto cercano a esta villa, ciudad, puerto pesquero con faro, plaza fortificada, residencia turística de verano, aeropuerto mirando al mar y zona hortícola y montañosa, a pesar de la segregación de Irun. Acogedora y apetecible para el visitante, no obstante sus contrastes chocan a un observador atento y detallista. Pueblo pesquero y marinero que se pierde en los tiempos, salida al mar de los productos navarros y plaza fuerte ambicionada por su posición, constituye la punta sobresaliente del valle de Oarso u Oiartzun con su idiosincracia propia dentro del mismo.

Es un pueblo merecedor de un mayor estudio en todos sus órdenes. Sociológicamente sería interesante un estudio de por qué se ha conservado mayormente el euskara en la zona marinera, más abierta a entrecruzarse con otras culturas, que en el casco amurallado. Aunque todos podamos suponerlo si nos lo planteamos.

Divergencia también entre el hecho real y su traspolación al tiempo actual lo constituye el castillo construido en el siglo X por el monarca navarro Sancho Abarca y de posterior nominación aplicada por el municipio (o cuando menos mantenida), como de Carlos V de Alemania, emperador castellano-alemán que vivió en el siglo XVI.

Tampoco entiendo la estatua colocada a la entrada de Hondarribia, que recoge a un pastor del señor de Oropesa, caído de un caballo, y que vino con su señor como tropa al servicio del emperador contra la plaza de Fuenterrabía (1522-24). El hecho fue que robó el caballo y se montó para llevárselo, cuando éste decidió volver con su dueño y para ello descabalgó al ladronzuelo de su grupa.

Pero aún se encuentran más contradicciones. Es difícil entender que el matón que controlaba la población civil de la plaza de Fuenterrabía en 1638, su alcalde Diego de Butrón, tenga dedicada a su nombre la mejor avenida o paseo de Hondarribia. Su actuación en aquellos momentos es reveladora de que dicho premio fue inmerecido. Cuando ­entre los cercados en dicho año­ las mujeres alternan el arma con la pala de enterrar a los muertos y hasta los niños disparan desde las murallas, alcanzándolas subiéndose en los muertos, y la población se halla a falta de todo aquello que no fuera su propia supervivencia, Butrón, exaltadamente, los amenazó en coserles él mismo a puñaladas: "Al primero que averigüe que me anda soltando especie alguna que suene a entregarnos, lo coso a puñaladas"... Este personaje, a quien la ciudad le encomendó y pagó para conseguir apoyos en la Corte de Madrid con que poder reconstruirla, obvió su encargo y empleó sus gestiones en el encumbramiento y medro personal.

Otra investigación que se echa en falta, de cara a encuadrar la historia hondarribitarra, es el estudio de los trastornos traumáticos y sociales que la población hubo de sufrir, en la permanente militarización a que se la sometió, dentro de una región que como la guipuzcoana, a pesar de alardes y otras exaltaciones militares, fue insumisa y contraria a aportaciones militares, tal como lo constatan acuerdos de las Juntas, reacias a aportar contingentes de tropas.

Porque aun a falta de una profundización detallada al respecto, resulta de una evidencia total que el pueblo vasco visto en su conjunto socialmente, nunca fue imperialista. Y ello no obsta e incluso es independiente, de que el aumento de su población, superior a las posibilidades de abastecimiento de la época, propiciara que los secundones asumieran los cantos de sirena y las promesas de medrar y encubrimiento, que les prodigaron desde la idea imperial de dominar las Indias y sus provechos. Es a quien excita dicha ambición, a quien juran lealtad y obediencia, a quien se entregan y no a la sociedad que hasta entonces han constituido. La sociedad vasca se rige hasta ser dominada por la llamada al apellido como conjunción vecinal, y es adoptada para rechazar agresiones. Pasadas éstas o acabado el peligro, se procede a la deposición de las armas y a la disolución de las partidas.

De ahí que las jerarquías que ejercieron el dominio de las regiones vascas admitieran ciertas concesiones, como la de que se decidiera en sus Juntas las aportaciones de hombres o admitiera que fuera su jefe o capitán a guerra, un natural de ellas. Otra cosa es que las Juntas fueran presionadas para levantar gente armada o que los capitanes nombrados fueran adeptos al poder militar y su jerarquía. Son las abundantes protestas vecinales y de Juntas provinciales contra el reclutamiento, las que constatan la voluntad por encima del pos- terior posicionamiento.

El posterior "Alarde", como referencia militar nos retrotrae a su primer promocionador, el cardenal Cisneros. Fue este ínclito y maquiavélico consejero de Fernando El Católico, quien lo concibió para mantenerse en el poder tras la muerte de dicho Rey. Se encontró el citado cardenal con oposición de la nobleza castellana y optó por armar milicias populares. Para ello fomentó la afición de las masas populares a los desfiles militares, permitiéndoles usar armas en ellos (hecho sólo permitido a la nobleza hasta entonces), y exaltando la marcialidad militar. Fue todo un éxito y la experiencia se hizo extensiva como método fácil de embaucar, para servirse de las masas y tenerlas preparadas para batallar en guerras, sin que sus componentes fueran pagados. El quid y el engaño están ahí.

Expuesta esta aclaración previa sobre el origen del Alarde, recordaremos que la ciudad de Hondarribia (por merced real del monarca que no optó por ayudar ni contribuyó a su reconstrucción), celebra el Alarde el día siguiente al final del cerco y primero de sus fiestas patronales. Nuestra confraternización con el acto festivo, pero nuestra discrepancia histórica del motivo "tradicional" dado a su celebración. Para mí, la celebración es que fue el final de una calamidad, más grave que cualquiera de las pestes de la época. Y como hecho militar, y menos como hecho libre de acudir a las armas, tiene tampoco nada bueno que rememorar.

No obstante, el hecho de la participación de su desarrollo de una compañía de madrileños, desde cuya Corte se acordó en 1638 mandar la flota y tropas disponibles a defender el dominio sobre la isla dominicana, en contraposición a destinarlas al apoyo del descerco de la plaza de Fuenterrabía, resulta contradictoria, al mantenerse por contra la oposición a la participación de las mujeres hondarribitarras. Lo que constituye una absoluta aberración.

Los "méritos" madrileños, pues, no pueden ser vistos como "tradición", ni mucho menos como preferibles a los o las naturales de Hondarribia. La participación de una compañía foránea frente a los oriundos, no es ni equivalente ni comparable ni competible. Las mujeres de Hondarribia son las descendientes, o en su caso las representantes, de aquellas que murieron durante los cercos habidos en la Plaza, mientras Madrid miraba a otras partes o a otros intereses.

 

 

 
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